Las veces que oí decir que la naturaleza se manifiesta sin previo aviso, pensaba que era parte de la exageración de quienes me lo decían, y es que sinceramente nunca antes viví un hecho que me lo confirmara. Hasta que llegó el preciso momento en que fui testigo de cómo de un segundo a otro todo puede desaparecer y desvanecerse. Recuerdos, imágenes, momentos, todo, en un abrir y cerrar de ojos se esfumó. La naturaleza me acababa de mostrar frente a mis ojos, que no perdona, que para ella no hay lugar y menos tiempo. Un terremoto sacudió todo lo que tenía a su paso, sin detenerse ni siquiera en aquellos que más lo necesitan.

Así fueron transcurriendo los días, entre lamentos, historias de vidas sepultadas, y una angustia que se fue instaurando poco a poco en el corazón de muchos. Los más grandes veían su lucha de años convertida en fragmentos de polvo, y los más pequeños; en ellos fue desapareciendo la característica sonrisa de niños, aquella llena de inocencia, de paz y de amor. En su lugar había miedo, mucho miedo.

Sin embargo, eso hizo tanto sentido en mí, que me propuse volver a hacer sonreír a esos niños o al menos a contribuir en ellos. Teníamos de nuestro lado la esperanza, la alegría y la capacidad de querer conseguir la felicidad, teniendo eso, ni el más fuerte de los movimientos podría con nosotros. Y digo nosotros, porque junto a un grupo de esforzados amigos y amigas quisimos devolver la esperanza a quienes más necesitaban ponerse de pie, sonreír y enfrentar el largo camino que debíamos recorrer.

Un mes desde aquel fatídico día, era el tiempo que teníamos para hacer que esos niños, que tanto lloraron, pudiesen pasar la Navidad más feliz de toda su vida. Y así comenzó lo que hoy llamo el camino a la reconstrucción.

Durante día y noche levantamos piedras, a esa altura el dolor pasaba a segundo plano. De a poco, fuimos construyendo la casa en la que Santa Claus llegaría para hacer feliz a cientos de tristes ojos. Las mañanas eran intensas, y cada nuevo detalle era una gota más que sudar. Fue así que en un abrir y cerrar de ojos, ya era 24 de diciembre, y teníamos frente a nosotros el lugar perfecto para recibir las 12 de la noche.

Desde ahí en adelante, entendí que las veces que la vida te sitúa en lo más bajo, la esperanza y las ganas de querer contribuir a mejorar y a sacar una sonrisa son mucho más importante. Sin duda, el mejor regalo de la vida, y que jamás olvidaré es a esos dos pequeños recorriendo la nueva casa, que sería el albergue de todos.

Lo importante de esta navidad está en entregar de corazón regalos que sean para el alma, que puedan construir el bien, y con ello entregar ilusión, alegría y gratitud. Como lo hace Maestro al visitar el vaso de leche Virgen Milagrosa para darles a todos el mejor regalo. No fueron juguetes, sino algo valioso, que cambiaría su vida para siempre, Maestro se propuso reparar este lugar y dejarlo hermoso para que todos los niños que acudan diariamente a él puedan disfrutar.

Construir bien es un regalo que protege vidas. Regala lo más importante en esta Navidad.