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No es fácil ser padre, mucho menos uno que intenta romper paradigmas. Lo más sencillo hubiera sido enseñarles a mis hijos que el azul es para niños y el rosa de niñas, que los carritos son para él y jugar a las princesas es perfecto para ella. Dejarlo en clases de fútbol y pasar por ella a ballet. No me hubiese complicado y las cosas serían mucho más simples, pero no hubieran tenido la capacidad de elegir.

Tengo la suerte de contar con una esposa que tiene la misma filosofía y siempre hemos ido por el mismo camino aunque nos ha costado mucho trabajo, muchos tropiezos.

Para empezar, lidiar con nuestra propia educación. Nacimos en un mundo mucho más cuadrado en donde no había otra opción que adoptar roles. Yo por ejemplo, soy aficionado al fútbol, crecí para convertirme en ingeniero, apenas sé cocinar y admito que nunca se me exigió cumplir con tareas de la casa. Una vida bastante “típica” para un hombre de mi edad, pero no quería eso para mis hijos.

No quería que la Jose (11) se frustrara si le prohibían practicar boxeo, o que Pablo (9) no comprendiese por qué los hombres no pueden llorar.

El mundo evoluciona y la educación de los niños también tiene que hacerlo, aunque en el camino las personas que no entienden, te juzguen.

Una vez, cuando la Jose tenía 6 años, ella nos pidió un favor muy sincero: “no quiero llevar falda a la escuela.” La razón era simple: se sentía incómoda cuando estaba jugando con sus amigos. Nosotros no teníamos ningún problema con eso, pero, ¿cómo le explicas a tu hija que en el colegio es obligatorio para las niñas llevar falda por el simple hecho de ser mujeres?

Negociamos con el colegio e increíblemente aceptaron. Para nuestra grata sorpresa, entendieron que NO HAY NADA DE MALO en que una niña lleve pantalones, es sólo una prenda más. Pero no todo fue tan fácil, los otros padres criticaban y mucho. Nos llegaron a calificar como pésimos padres, que estábamos metiéndonos en la mente de nuestros hijos, un sinfín de cosas sin sentido, sólo porque los dejábamos ser lo que ellos quisieran.

No era su culpa, es muy difícil salirse del molde, pero tampoco era la nuestra, así que simplemente seguimos probando.

Sintiéndose ellos más libres, aprendieron jugando en la arena, ensuciándose, literalmente cayéndose al barro y volviendo a levantarse. Nadie los encajó en un lugar así que compartían los juguetes, fueran camiones o muñecas. A veces Pablo se viste de rosado y la Jose de azul, y son felices con ello.

Y aunque el camino no ha acabado, veo a mis hijos más libres, más tolerantes, más abiertos a las oportunidades. Veo que ellos no tienen ese límite que te imponen los prejuicios y estereotipos como los demás. Tal vez ahora parezca cualquier cosa, pero en el futuro sé que el abanico de posibilidades va a ser muy amplio para ellos, sin pensar en el qué dirán.

Mi hija hizo clases de danza por un tiempo y a Pablo también le gustó así que hubo un tiempo en que los dos pequeños bailarines eran la pareja perfecta de la clase. Ellos van por la vida sin prejuicios y no entienden por qué las otras personas sí los tienen. Tal vez ni yo tengo la respuesta, pero lo único que quiero es que ellos tengan la libertad de decidir.

En pocas palabras, trato de que crezcan libres de los sellos y moldes que existen.

Un perfecto ejemplo de lo que digo son estos 3 niños chilenos que están rompiendo estereotipos de mano de sus padres, quienes los apoyan en cada decisión aunque no sea nada convencional. Para lanzar sus nuevos Kekitos sin sellos, Ideal los juntó para que así contaran su testimonio al quebrar paradigmas. Se trata de dos niñas de 4 y 9 años y un niño de 7. La más pequeña practica Taekwondo y ha ganado muchas medallas. La de 9 baila y juega rugby y el niño es patinador artístico.

Tienes que conocerlos tú mismo:

Me gusta esa idea de darles algo rico a los niños, y que no sea solo una manzana, sino que también pueda ser un regaloneo pero sin sellos. Así como ellos.

¿Y tú, liberarás de sellos a tus hijos?