Por Vicente Quijada
9 abril, 2018

El «Maradona del Golfo Pérsico» clasificó a Arabia Saudita a 8vos de final de la Copa del Mundo y se convirtió en una celebridad. Pero escándalos y el fundamentalismo musulmán no lo dejaron progresar y su carrera acabó antes de brillar.

Sólo van 5 minutos del encuentro entre árabes y belgas en el RFK Memorial Stadium de Washington. Arabia Saudita, que sólo sumó un triunfo ante Marruecos y perdió ajustadamente con Holanda, se juega la vida, mientras que Bélgica, semifinalista el 86′, es puntero con 6 y está casi seguro en octavos de final.

El talentoso Saaed Al Owairan, del árabe Al-Shabab, toma la pelota en su campo y empieza a cabalgar a toda carrera hacia el arco belga. Quedan dos, tres, cuatro, cinco en el camino, y cuando ya lo iban a derribar, marca por encima del portero Michel Preud’homme. Sí, el mejor arquero de dicha edición del certamen.

Tras el tempranero gol, Al Owairan corrió hacia una esquina de la cancha, con sus dedos haciendo una «V», mientras el estadio se rendía a sus pies. Había hecho historia, lo sabía, más cuando tras los 90′ Arabia Saudita aguantó el resultado y clasificó por primera -y única vez- a los octavos de final de la Copa. En cuanto al magnífico gol, fue elegido como el sexto mejor de la historia según la FIFA, por delante de anotaciones como las de Baggio a Checoslovaquia o Carlos Alberto a Italia.

«Fue el mejor gol que he marcado en toda mi vida. Lo marqué para todos los saudíes del mundo, para todos los árabes», exclamaba el mediapunta, quien se convirtió en un ícono nacional a pesar de la posterior derrota ante Suecia en octavos.

A su regreso a Arabia Saudita recibió un Rolls-Royce, fue premiado como el Mejor Jugador Asiático de 1994 y se ganó el apodo del «Maradona del Golfo Pérsico», en referencia al recordado gol del argentino a Inglaterra. Con 26 años firmó contratos con Coca-Cola, Ford y Toyota, mientras seguía jugando en el local Al-Shabab y llevando el deporte saudí a todo el mundo.

Imago

Ahí se presentaría su primer obstáculo: las autoridades nacionales, movidas por una estricta norma islámica, no le permitieron emigrar a un club europeo, coartando su eventual crecimiento.

Dos años después vendría otro peor. El jugador, siempre seguido por los medios, fue fotografiado en un club nocturno compartiendo con unas rusas mientras estaba con su elenco en El Cairo. El severo castigo fue una suspensión por 8 meses sin jugar, decretada por la realeza saudí, la cual también controla el deporte rey en dicho país. Por ende, estuvo casi un año sin fútbol, no participó de la Copa Asia de ese año ni de las clasificatorias para el Mundial de Francia, el cual para su suerte dejó con vida a la selección árabe.

Las autoridades hicieron una excepción y le permitieron participar de la Copa del Mundo. Sin embargo, Al Owairan, ya de 31 años y con una carrera estancada, no era el mismo de antes y su país quedó fuera en fase de grupos, con un pobre rendimiento -sólo rescataron un empate a 2 con Sudáfrica, sin goles del «10-.

Un año después, y con la sensación de nunca haber cumplido con las expectativas que en él se depositaron, se retiró.

AFP

«Al situarme en el centro de atención, todo el mundo se fijaba en mí», comentó el jugador en una conferencia durante el Mundial del 98′. «En algunos aspectos estaba genial; en otros era horrible. Vi ese gol más de mil veces. Ya me aburrí de él», confesó.

Lo sentimos Al Owairan, nosotros nunca lo haremos.

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