Colaboración por Elizabeth Chavarín
Sensible a la libertad, a lo cotidiano y lo sencillo de la vida, emprendedora empedernida y divertida.

¿Algún problema?

Un día mi papá me dijo: hija, estudia, realízate y hazte una mujer fuerte, tan fuerte que nadie pueda hacerte daño, hazte esa mujer independiente para cuando te llegues a enamorar y casar y tu matrimonio llegue a fallar sepas salir adelante… Después de esa plática a los 15 años; mi vida se convirtió en un esfuerzo constante por agradar a todos menos a mí.

Heme aquí, a los 30 años, sí, una mujer independiente, realizada de cierta manera, fuerte como una roca en sus momentos, pero frágil a veces… Heme aquí, esperando al príncipe azul, aquel que me hicieron creer que existía y que de cierta forma es el molde de mi padre.

Aquel príncipe, que me llenaría de flores (aunque no me gustan) que me daría un gran anillo, de grandes brazos, ese hombre perfecto, guapo y de familia.

En la primaria, la profesora me dejó de tarea que dibujará un árbol con mi futuro; en él decía que a los 25 años me casaría, que a los 30 tendría hijos, y que viajaría por todo el mundo…. De eso, sólo tengo sobrinos y conozco 5 ciudades…

Es como una menopausia juvenil, lloré tanto cuando toqué el tercer piso, me costó tanto trabajo dar ese brinco tan doloroso, pero, aquí estoy, más madura, más inteligente, más astuta, más precavida, más interesante.

Lloré, porque seguía dándole atención a lo que la sociedad está acostumbrada a ver, porque todas mis amigas estas casadas y con hijos y yo…. yo soltera y tan aventurera. 


Soy feliz, después de 30 años lo puedo decir y entender, de repente un balde de agua fría cayó sobre mi caliente y ajetreada cabeza, estoy en un punto de mi vida en donde valoro lo que tengo, y lo que he logrado.

He logrado mi paz espiritual, mi independencia, he recuperado mi amor propio. Ya no busco agradar sino que me agrade lo que hago y con quien comparta mis días.

Ya no busco al príncipe azul, no busco nada… Entendí que algún día, no sé cuándo, cómo, dónde pero llegará ese hombre tan libre, que me haga reír a cada minuto, por lo bueno y por lo malo, que no tenga dinero, pero que pueda sostenerse por sí solo, que no me reste, sino que me complemente, que me ame, así, con mis errores y con mis dudas y temores, que le guste la playa, la música, la comida, que ame a su familia, que se ame él y me ame a mí.

Y si no llega, pues tampoco hay problema.