Colaboración por Verónica Bermudez
Verónica Bermudez Estoy enamorada la ciudad donde vivo, Barcelona, y de los viajes. Decidí empezar un blog para compartir mis anécdotas no sólo con los aventureros, sino que con todo aquel que quiera entretenerse con historias de una modesta viajera.
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6. Hacer la maleta.

«La ignorancia puede ser curada, pero la estupidez es eterna», Matt Arson. Pues así me siento yo con respecto a ciertas cosas que soy incapaz de hacer o dejar de hacer cuando viajo. He perdido toda esperanza en que se cure mi ignorancia, por lo que me declaro eternamente estúpida.

Me he puesto a pensar en aquellas cosas que no sé hacer cuando viajo y me he asustado de la cantidad que se me han venido a la cabeza. Algunas ya van mejorando y otras empiezo a resignarme de que nunca cambiarán. Leyendo la entrada donde Irene contaba las cosas que no sabía hacer, se me dibujó más de una sonrisa en el rostro porque me sentía bastante identificada con algunas de sus confesiones. Esto también me ayudó a tranquilizarme, ya que pensé: «uf, menos mal que no sólo me pasa a mí«. Así continué leyendo entradas sobre las cosas que otros viajeros tampoco sabían hacer y coincidí con algunas de ellas, lo que me trae a la selección de la que les hablo hoy:

1. Sin mi mapa no soy nadie

No importa si tengo mi viaje muy planificado, con mil anotaciones e incluso cuento con un acompañante como guía, porque aún así yo NECESITO un mapa en mis manos. Pero no me conformo con uno cualquiera, sino que debo tener uno de la ciudad con sus calles y puntos de interés perfectamente identificados. Y si el viaje es en coche, por supuesto que quiero uno que muestre todos los pueblecitos del camino.


2. Dejar de comprar un souvenir

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Aunque no soy muy buena para comprar regalos por razones muy sencillas como el presupuesto de viaje o la falta de espacio en la maleta, no puedo evitar comprar un recuerdo del lugar, aunque sea para mí. Con la era de la fotografía digital he abandonado el hábito de comprar postales, y al no tener tantas llaves para usar llaveros distintos también he dejado de adquirir este artículo. Pero si veo imanes para la nevera o las modernas bolsas de tela, no hay quién me pare.


3. Salir sin mi paraguas

Aunque la previsión del tiempo sea un sol radiante, no puedo hacer la maleta sin meter un paraguas (de hecho, en septiembre creo haberlo llevado a Sevilla cuando habían 30ºC). Pero es que por alguna extraña razón, en mi pasado viajero siempre he tenido lluvia involucrada. Si bien ya no me enfado por esta situación, prefiero poder seguir la ruta con algo más de comodidad (si es que no olvido el paraguas en el hotel).


4. Creer que los ruidos del avión son algo normal

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«¡Qué miedo me da el avión!», le digo a mi madre antes de salir de viaje. Y por suerte mi amor por viajar es mayor a mi miedo a volar. Pero es cierto que no hay manera de evitar que cada ruido pequeño del dichoso aparato logre sobresaltarme. Sólo me tranquilizo cuando miro a la tripulación y veo que parecen calmados. ¡Pero olvídense que me quito el cinturón! No me importa lo que diga la luz de la cabina, aunque debo decir que cada vez aguanto más tiempo con el cinturón desabrochado.


5. Dormir

Y no me refiero a la noche anterior por los nervios, sino que no hay manera de que descanse durante el viaje. No importa si es en avión, automóvil o tren, ya que en todas partes me cuesta demasiado dormir. No sé dónde poner la cabeza, cómo poner los brazos, si dejar mi ropa a modo de almohada, cómo superar el frío aire acondicionado o sobrevivir al sofocante calor. Da igual si me dan una manta, antifaz o me cantan, aunque últimamente consigo dar alguna cabezada por puro agotamiento, ¿será la edad?


6. Hacer la maleta

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Me sobra espacio o me falta; esto es imprescindible o esto no lo es. Antes de salir de viaje hago y deshago mi equipaje como unas 15 veces. Pero aún así nunca recuerdo lo que finalmente metí en ella.


7. No beber un cocktail

Aunque soy fiel a la cerveza y donde me encuentre debo probar una (o dos), desde hace algunos años también me sucede que tengo un «momento de cocktails». No importa si es en una playa cubana dentro de un coco, en el bar más moderno de Nueva York o en una terraza en Roma, el caso que ya no sé abandonar una ciudad sin probar uno (o dos).


8. ¿Para qué llevar lápiz y papel?

Pues eso digo yo si todo lo apunto en el teléfono móvil, pero aún así no aprendo a ir de viaje sin lápiz y papel.


9. Recordar lo que pruebo

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Me encanta comer los platos típicos, pero en ocasiones -casi siempre- a mi memoria le cuesta recordar de qué está hecho aquello que tengo frente a mí. Si no lo apunto en el momento es imposible recordar su nombre o sus ingredientes. Eso sí, fotografías de comida tengo para empapelar un castillo.

En otro momento les dejaré más cosas que no sé hacer en los viajes, quizás cuando aprenda algunas de estas.