Ahora tengo que aprender a llevarte en el corazón y no de la mano…

De repente ya son casi cuatro años. Sin saber de ti, sin escribirnos, sin siquiera escuchar tu voz. A diferencia de lo que pensé que sucedería, no he encontrado a nadie más, como de un impulso te lo prometí el día que todo acabó. No ha transcurrido un sólo día que no te haya pensado, y eso es algo que a mí mismo me asombra, porque no hablamos de semanas ni de meses, sino de años. Así, esta nostalgia se queda conmigo, como un tesoro, porque no es una situación típica en estos tiempos, que todo es tan fugaz y vacío.

Y aunque hubieron días duros, depresión, lágrimas, hoy algo es distinto. Ahora puedo mencionarte con cierto orgullo, pasear por aquellos lugares sin dolor o volver a ver nuestras fotografías y sonreír. A estas alturas, cuando el amor se aferra a respirar a pesar de la ausencia, llega a ser incondicional porque no tiene nada que esperar a cambio; ya no es dramático, sino liviano, y por lo mismo no superficial, sino profundo. Quizás lo que pone a prueba el amor es la distancia, el olvido, la tragedia ¡qué ironía! ya que aquel sentimiento exige todo lo contrario. Hoy puedo aceptar que te extraño, puedo alegrarme por lo vivido y decir que fue hermoso. Me es posible perdonarte, porque estoy sano, y agradecerte, tan sólo porque sucedió.