Colaboración por Natali Ortiz
Dormir, comer, abrazar, besar, viajar. Esa soy yo.

Hay veces en las que simplemente es mejor separarse. Y no porque ya no hay amor.

Las cosas suceden sin que se planeen y muchas veces encajan a la perfección con nuestras necesidades. Él llegó cuando más lo necesitaba y sin saberlo curamos uno a otro nuestras heridas, estuvimos juntos en el proceso de recuperación y un día al abrir los ojos nos dimos cuenta que nuestros corazones nuevamente estaban de una sola pieza, que habíamos terminado de armar ese rompecabezas de 1.000 partes que nos habían dejado esos seres que fueron parte de nuestra vida pero que decidieron marcharse de ella para no volver.

Y comenzamos nuestra travesía juntos, con la seguridad de que estábamos uno para el otro y podríamos enfrentar todas las cosas que pudieran presentarse. Poco a poco fuimos avanzando en ese viaje lleno de alegrías, risas, felicidad, tristezas y momentos amargos…

Pero un día las cosas cambiaron, nos dimos cuenta de que nuestros objetivos en la vida eran diferentes y que si ninguno cedía íbamos a terminar estancados en una relación insatisfactoria. Y entonces hubo que renunciar a aquellos planes juntos, a aquella boda frente al mar con globos elevándose al cielo, con luces de colores  y las personas más importantes de nuestra vida acompañándonos. Dijimos adiós a aquellos hijos imaginarios que ya contaban con un nombre para el día en que se hicieran realidad, y pasó, nos alejamos.

Hoy, 2 años después ya no hablamos ni para saludarnos. Sé que él sigue con su vida, que profesionalmente le va muy bien y busca su felicidad. Yo por mi parte estoy tranquila, aún buscando a aquella persona con quien compartir mi vida, mis metas, mis objetivos. Esperando y deseando que en donde quiera él esté pueda ser más feliz de lo que yo soy.