Porque aunque te rompan el corazón, la vida sigue.

Después de una muy mala ruptura amorosa, de la que suelo pensar como de esas experiencias que te cambian la vida, de esas que llegan, te ponen el mundo de cabeza, revolucionan tu mente, alma y corazón, y así sin más logran marcar un antes y un después, decidí que era momento de recordar quién era yo antes de que él me pasara, decidí reconocerme.  Luego de un buen tiempo de no sentir nada, quería volver a experimentar las cosas que me hacían sentir viva, decidí volver a mis básicos, a mis raíces, a esas cosas que sin mucho esfuerzo te llenan el corazón de magia y la mente de felicidad, así que me armé de determinación, desempolvé mi brocha y el bastidor y me inscribí a clases de pintura.

Habían pasado ya muchos años desde el último cuadro que había pintado y sentía cierto temor por no ser lo suficientemente buena. En fin, busqué intempestivamente inpiración, iba de una imagen a otra, pasando por miles de webs de arte, cuando de repente encontré un perfil izquierdo que me miraba fijamente, de cierta manera me hablaba y entendí que “ella” era mi inspiración.

Tomé mi lápiz y dudando hice el primer trazo, con ese temor de arruinarlo que no dejaba mi mente, así seguí trazo tras trazo hasta que estuvo completa. Tomé el pincel y dudé todavía más, con la primer pincelada ya no había vuelta atrás. Así pasaron los días y las clases, poco a poco “ella” fue tomando forma y con cada pincelada yo dudaba un poco menos. Me equivoqué decenas de veces por lo que tuve que volverme creativa para enmendar mis errores, tuve que cambiar colores y formas. Increíblemente, con cada error “ella” se volvía más única y bella a mis ojos. Era una vasta mezcla de colores desde negros y grises a violetas y fucsias. En cada clase buscaba más detalles que agregarle, más colores, siempre algo más, hasta que un día casi sin darme cuenta la terminé, así sin tiempos forzados ni pautas marcadas.

Cuando ella por fin estuvo lista continué cuestionándome si de verdad estaba terminada, si habría algo más que pudiese cambiar o mejorar. Me quedé observándola unos minutos y ahí fue cuando me di cuenta. Todo el tiempo estuve trabajando en mí, yo también era una mezcla de oscuridad y luz, de colores vivos que habían estado escondidos por que yo había permitido que aquella vieja relación los apagara. Entendí que cada vez que levantaba el lápiz o el pincel, me estaba pintando el alma, que cada vez que tuve cometía errores y los enmendaba también lo hacía en mi vida, y así como “ella” también me volvía más única y bella a mis propios ojos. Entendí que el proceso para sanar mi corazón era mío y de nadie más, que al igual que ella lo llevé bajó mis propias condiciones y mi propio ritmo. “Ella” era yo. Cuando finalmente firmé mi “obra maestra”, encontré algo más que un cuadro decorando mi pared, encontré paz, encontré amor propio, paciencia, resiliencia… Me encontré a mí.