Es la mejor decisión que he tomado jamás.

Llevaba mucho tiempo pidiendo un perro, pero la respuesta siempre era NO. Lo de siempre; no hay espacio, quién lo va a sacar, no tenemos tiempo, bla, bla, bla. Cuando comencé a vivir solo en Bogotá lo primero que pensé fue ¡quiero un perro! pero en el edificio donde vivía había pegado un letrero que profesaba PROHIBIDO MASCOTAS (absurdo, y no me importó).

Un me enteré de una jornada de adopción y fui, pero salí con las manos vacías y con el pecho apretado, una sensación rara, yo quería un perro pero tenía miedo.

Rocko llego ese mismo día un sábado del 2013. Caminando un indigente nos lo dio, su pelo era esponjoso como el de un peluche, estaba sucio, tenía alrededor de mes y medio y pulgas como humanos en el mundo. Esa noche lo bañamos, le ofrecimos comida y agua pero no quería ni lo uno ni lo otro.

Una amiga (que es veterinaria) me ayudo con él. Al día siguiente ya sabíamos que Rocko tenía parvovirosis. Una enfermedad muy grave de la que muchos perros no se salvaban. Estuvo 15 días hospitalizado. Esta es una de las fotos más viejitas que tengo.

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Rocko es el perro que todos quieren, pero que todos odian (jajá). Por ahí dicen que el perro se parece a su dueño y este enano tiene una personalidad única, es cansón, a ratos dominante, a veces muy consentido otras no quiere ni que lo miren, pero aun así da amor incondicional, se ganó mi cariño y el de los que lo conocen (estoy seguro). En fin, estoy enamorado de él. Han pasado ya tres años y puedo decir que es lo mejor que me ha pasado en la vida.

Con el tiempo comencé a querer tener otro perro. Siempre pensé que lo mejor era adoptar y me engomé con que quería un pastor alemán. Duré casi un año buscándolo, quería una perrita, ya le tenía nombre: «Vida». Los que me conocen saben que soy un poco, sólo un poco, caprichoso. A través de las fundaciones nunca se dieron las cosas y en algún momento consideré comprar uno. Pero un día me llamó Diana, una amiga del parque donde llevamos a los perros, ella muy seca como siempre dijo: Odín está buscando casa, ¿lo adoptas? Sin pensarlo dije ¡¡sí!! De una, cómo no, ya lo conocía. Creo que fue un miércoles. El sábado ya lo estaba recogiendo.

Kenai (antes Odín) llegó ese sábado, estaba flaquito, desnutrido, con su cara de mapache, de perro hermoso. Pero con su mirada triste. Su anterior dueño lo había descuidado mucho, no lo alimentaba bien, casi no lo sacaba y todo por una razón ridícula: ¡había terminado con la novia! En fin al señor le quitaron a Kenai y duró alrededor de 3 meses en una veterinaria que sólo lo tenía vivo.

Esta es una foto del día que llego a mi casa. Por lo que me dijeron nunca se había subido a una cama, pues la mía le encanta.

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Ha pasado ya un año desde que él llegó. Su recuperación ha sido un poco compleja. Descubrí (bueno, la veterinaria que lo tenía me lo dijo, pero no estaba segura) que es alérgico a la proteína de pollo. Aparte de eso Ángela, la veterinaria de Rocko se dio cuenta de que tiene un problema de mala absorción, por lo tanto tiene un tratamiento para que los nutrientes del concentrado surjan efecto y se engorde un poquito. Le cambiamos el nombre para que fuese un nuevo comienzo, una nueva vida lejos de todo lo malo que tal vez vivió antes y digo le cambiamos porque primero se llamó, Fénix, luego Varu, hasta Vida. Terminó en Kenai como el oso de la película (cosa que le debemos a Diana), como símbolo de humildad y nobleza y créanme que el nombre le queda al pelo.

Kenai es sólo ternura, sólo amor. Es un perro que no hace daños a diferencia de Rocko (bueno una vez se comió un cartón de huevos pero eso comparado él no es nada). Es un perro con el que puedes dormir abrazado, apachurrarlo, un guardián seguramente.

Un perro no llega a nuestra vida porque sí, eso me lo dieron a entender Rocko y Kenai. Estos manes me cambiaron mi vida, me dieron paz y sobre todo un amor incondicional, por eso aún digo: adopta, no compres. Tener un perro no es fácil, implica un gasto económico y de tiempo y en esta ciudad tan grande a veces ni lo uno ni lo otro. Son como un hijo, dan felicidad, a ratos tristeza; pero se aman.