Colaboración por Joel Yañez
Estudiante, lector y escritor por pasión. Tengo la firme convicción de que en el silencio y el vacío de pensamientos es cuando uno puede encontrarse consigo mismo y hacer algo para lo que verdaderamente existe.

«Me sentí hundido en el más oscuro abismo después de haber caído por el precipicio de mis malas decisiones… pero ella estaba ahí».

No puedo decir en el momento en el que pensé en desviarme por el camino. Solo sucedió, como consecuencia de diferentes pequeñas acciones que fueron sumando para que haya tomado decisiones incorrectas. Cuando ella supo lo que había hecho, supe también que un mundo dentro de su mente había maquinado. Todas suposiciones de algo que nos llevaría a pasar por un momento muy difícil en la cual mi conciencia me condenaría a cada instante, y su desilusión sería tan drástica como imaginarse una ciudad en ruinas donde no hay piezas completas.

Nuestra relación parecía estar completamente acabada.

Me sentí hundido en el más oscuro abismo después de haber caído por el precipicio de mis malas decisiones. Estaba débil, pero no solo. Ella estaba ahí, también despedazada en mil partes, pero junto a mí. Eso me dio una luz de esperanza. Una esperanza para volver a soñar con poder comenzar de nuevo. Aunque sabía que su enojo y tristeza le quitaron la mirada tierna en mi presencia; quería demostrarle, de alguna manera, que estaba arrepentido por todo lo ocurrido.

En medio de tanta desazón, se mostró fuerte para sobreponerse a toda la situación y me concedió el perdón. Algo inmerecido para mí. Fue ahí, cuando caí en la realidad de su gran amor, abrazándome por completo con su perdón. Fue como una caricia en mi alma que llenó de alegría nuevamente mi ser. Volvió a confiar en mí , ¿y cómo no iba a hacerlo si su amor era real? ¿debía sentirme afortunado de tener una mujer con el valor de perdonar realmente? ¡Claro que sí!

Me sentí protegido desde el primer momento que la conocí. Ella siempre fue la que demostró tener la solidez para afianzar la relación.

Por otro lado, mi conciencia seguía ahí, actuando como un verdugo que azotaba mi cuerpo, mi mente y corazón; trayendo a memoria los errores pasados; oponiéndose a llevar una relación sana. Esto era así porque quedaba algo por resolver que me seguía pasando factura: el perdonarme a mí mismo.

El amor que me hizo sentir me demostró que no tenía deuda alguna y me hizo preguntarme lo siguiente: ¿Quiénes somos para juzgar a otros y quienes somos para condenarnos a nosotros mismos?

La respuesta la encontré justo en mi propio corazón y entendí que no todos tenemos el mismo proceso para perdonarnos; pero que al final de cuentas, para sanar una herida, debemos aprender a hacerlo.