Colaboración por Doris Guzmán
Comunicadora social especializada en periodismo, escritora locutora y psicóloga clínica en proceso. De nacionalidad dominicana; madre y esposa agradecida y feliz con la vida. Blog

Cuando aprendí a amarme, sencillamente entendí la vida… Y recién ahí comencé a vivirla.

Mi forma de vivir dejó de responder a los requerimientos de la sociedad para cumplir sólo con los míos. Cuando aprendí a amarme, entendí que me toparía en esta vida con todo tipo de personas, pero que yo era la responsable de poner ese filtro de a quién dejar entrar y a quién no.

De pronto ya no me importaba si me señalaban o juzgaban, mientras fuera feliz y no le hiciera daño a nadie. Las modas y estereotipos comenzaron a causarme gracia, y sentí pena por aquellas personas que aún intentaban ajustarse a ellas. Cuando aprendí a amarme, escuché al fin a mi corazón, mi instinto y mis pensamientos; las opiniones o consejos las comencé a ver como palabras de terceros, y no como lo que necesariamente debía hacer.

Un día desperté siendo otra mujer, con el alma tan hermosa y distinta que sólo quise enfocarme en lo que realmente tenía valor en mi vida, no dándole cabida a nada negativo. Cuando aprendí a amarme ya no me afectaban las acciones de otros hasta tal punto de hacerme pedazos, porque también entendí que sus actos eran sus actos y no los míos, y que yo sólo podía decidir cómo actuar ante ello.

Cuando aprendí a amarme comencé a vivir despacito, a saborear cada instante y a bailar al ritmo de la vida. Empecé a reconocer mis virtudes y a amarme con cada uno de mis defectos, busqué la forma de superarme día a día y de ser mejor persona porque así yo lo merecía. Cuando aprendí a amarme, tomé el miedo en mis manos y lo desvanecí con mi fe y fortaleza. Comencé a ir por ahí pisando fuerte, conquistando el mundo con todo lo que soy.

Cuando aprendí a amarme, entendí que querer alcanzar la perfección es un juego peligroso que debo evitar, que las caídas son mis enseñanzas y que cada pequeña victoria significaba mucho más de lo que pensaba. Empecé a apreciar todo lo que me rodeaba, a enamorarme de mi cuerpo y a hacer cosas que me hacían vibrar el alma.

Cuando aprendí a amarme, comencé a reírme a carcajadas, a agradecer por la vida y a disfrutar cada segundo de ella. Toda circunstancia tomó otro sentido y el viento sopló en mi dirección, ya nada parecía detenerme. Todo cambió. El mismo cuerpo pero con alma diferente, dispuesta a darlo todo pero sin perderse en el camino ni maltratar su esencia.

Cuando aprendí a amarme, sencillamente entendí la vida… Y comencé a vivirla.