Mereces mucho, muchísimo más.

Eso de “dejar ir” siempre ha sido un trabajo difícil, al menos para mí; no es sencillo aceptar que algo en lo cual se invirtió empeño, sentimientos, tiempo, dinero… simplemente se va. Personalmente tiendo a aferrarme a esas cosas que se van, insisto en buscarlas, en seguirlas haciendo parte de mí, aun cuando los ciclos han concluido, aun en contra de los deseos del otro, aun en contra de mi propio bienestar, siempre estoy ahí, presionando. El caso con él no fue nada diferente. Pero es que, ¿cómo se suponía que yo fuera a dejar ir algo que en realidad nunca estuvo?

Durante casi tres años su presencia fue una constante inconstante en mi vida: ir, venir, pelearse, reconciliarse… Ya eran ciclos normales, estábamos acostumbrados a ser inestables, pero a la vez, a ser lo único incondicional en la vida del otro, a pesar de todo, sabíamos que jamás dejaríamos de estar (sin estar).

Una persona que jamás quiso ser mía, pero que lo fue, una persona que me daba seguridad sin ser lo único seguro, porque un día estaba, al otro no… Podría decirse que fui el juego que tomó más en serio, porque de eso si sabía él, de juegos. Yo, por el contrario, me acostumbre a él, a sus inconsistencias, a su particular forma de ser, me enamoré por completo de su libertad y a la misma vez quise atarlo.

En toda mi vida jamás he sido de las que ceden el control, me gusta obtener lo que quiero y mantener todo bajo orden, tal vez es por esa misma razón que no pude dejarlo, cada que quería alejarme terminaba volviendo. A él parecía no importarle, le daba igual tenerme cerca o lejos, para él todo era un capricho más porque él sabía que yo volvería, como siempre.

Hasta que llego el día en que decidí que merecía algo más que sólo unas tardes de jueves, de visitas a escondidas y “rapiditos”. Merecía alguien que quisiera hablar conmigo, alguien que se preocupara por mí. Necesitaba algo que pudiera llamar “mío”, que me dedicara tiempo… Así que comencé esa batalla con el control, con la costumbre.

Esa sensación de tener algo sin tenerlo, de saber que habrá siempre alguien ahí, es invencible, es como un vicio, una adicción (y como tal debe tratarse)… Las etapas no son muy distintas a un proceso de rehabilitación: síndrome de abstinencia, recaídas, negación, depresión y todas esas “-siones”  que tanto lo atormentan a uno, pero llega el día en que ya no causan mayor efecto, en que la vida parece sonreír y todo cambia.

Él sigue estando, como se esperaría, pero yo ya no estoy… Ya las tardes de jueves y sus “rapiditos” dejaron de llenarme, de complacerme, ya ni siquiera podemos tener una conversación sin sufrir momentos incómodos, no hubo necesidad de ningún drama ni conversaciones de “no eres tú, soy yo”, simplemente cuando tomé la decisión de irme, también lo hicieron mis sentimientos porque lo más difícil de dejar atrás no es el amor, es la costumbre y el apego.

Así que, a mi querido tormento incondicionalmente inconstante quiero decirle que no hace falta que siga estando sin estar y que no me busque porque no me va a volver a encontrar.