Hay muchas personas que todavía creen en eso que dice “antes muerto que gay”.

Eran las 3 de la tarde en nuestra ajetreada Bogotá e iba en camino a encontrarme con unos amigos. Cuando llegué al punto de encuentro había una persona que desconocía. «Te pareces a una vieja fotografía popular de una chica sosteniendo un cigarro en las calles de New York» fue lo primero que dijo cuando ella misma se presentó. Se rió de su propio comentario. Instantáneamente nos caímos bien. Ese fue el comienzo de una espinosa, peligrosa y muy humana relación con Alejandra.

Caminábamos por la que llamábamos nuestra Bogotá, por los lugares que se ven y por los que no. Hablamos de todo un poco. Debatimos, o peleabamos, en su mayoría nunca estábamos de acuerdo. Nos sorprendíamos por la lejanía de nuestras personalidades. Ella tenía el don de la palabra, sabía qué decir y cuándo decirlo, sabía cómo expresarse, tenía todo fríamente controlado. Yo por otro lado, tartamuda, nerviosa, ansiosa, un desastre. Ella se iba más por Flannery O’connor yo por Paul Auster, ella por Bob Dylan, yo por Tom Waits. Nunca entendimos con claridad por qué nos enamoramos. Sí, fue otra historia mínima dentro de la ciudad de Bogotá.

La madre de Alejandra había crecido en un pueblito olvidado de Dios en Casanare, Colombia, paradójicamente bajo el temor de Dios. Se habían marchado en busca de nuevas oportunidades y habían llegado a Estados unidos, California, West Palm Beach. Conoció al que cinco años más tarde sería su marido. El horizonte prometía. Se casaron y 6 años después tuvieron su primer hijo, Matías, dos años luego tuvieron su segunda hija, Alejandra. Todo marchaba de maravilla, sus hijos crecieron entre Bogotá y Florida. Cuando Alejandra cumpió los 13 sus padres se iban a mudar a Bogotá por cinco años, en donde era previsto ella iba a terminar su bachillerato, luego marcharse otra vez a EE.UU. a estudiar. Pero eso nunca podría llegar a suceder. He pensado en esto una y otra vez, nunca sabré con entera certeza qué tan culpable soy de los siguientes acontecimientos.

Las dos entendíamos bien que era una relación peligrosa, sus padres eran conservadores, tradicionalistas y de tendencias extremas religiosas, y los míos un poco más abiertos a cambio, buscando nuevos horizontes para mí, aún así chapados a la antigua. Yo no era capaz de presentarla a nadie excepto por los que ya la conocían. Ella llevaba lidiando con el sentimiento de gustarle las mujeres un buen tiempo, el único que sabía de mí, era su hermano, que había estado para ella dentro de su disfuncional familia. Así creíamos que fuera de nuestros hogares íbamos a estar más protegidas. Pero Bogotá como alguien dijo es “una ciudad que se come los cuerpos, y vomita las almas”.

No teníamos a dónde huir, fuimos expuestas a todo tipo de escarnios públicos. Nos echaron de un restaurantes, la gente lo aplaudió, nos privaron de ver películas, nos hicieron bullying cibernético, nos tiraron piedras e insultos, y un día, que fue el día que tocamos fondo, nos pegaron, yo tenía todo mi torso y mi cuello lleno de moretones y un acreciente en mi ojo, que nunca pasó a mayores. A ella le habían reventado la boca y tenía piernas y brazos maltratados. El miedo a denunciar equivalía al miedo a nosotras mismas. A ella su hermano le ayudó a ocultarlo con una pelea de hermanos. Como yo no tenía ningún signo visible en mi cara era más fácil. Mi madre hasta el día de hoy no se entera.

Nos asustamos pensando que lo que sentíamos estaba mal, yo hasta pensé en ir a una iglesia. Nuestra relación era difícil, y todo lo que nos pasaba la empeoraba, igual ninguna de las dos estaba dispuesta a dejarlo atrás. Todo se volvió más intenso, más difícil, y ella empezó a ceder a la presión. Los padres empezaron a presinoarla más de lo que ya lo hacían, su familia empezó a hundirse, todos empezaron a notar que algo le estaba pasando, estaba decaída, deprimida, pero en ese contexto el silencio por parte de todos era la mejor opción frente a los hechos. Su hermano le tendía la mano, yo le tendía la mano, pero el peso de nuestra situación y su contexto, era más fuerte. 

Nuestra relación le hacía daño, intentamos separarnos y era peor. Ella empezó a irse, y aún así, cuando yo estaba con ella la sentía más cerca que nunca. Empecé a ser espectadora de cómo se iba hundiendo, y en mi posición estaba entre la espada y a pared. Los lugares en donde nos podíamos encontrar eran cada vez menos. A los padres nunca les caí bien y estar en su casa, además de ser peligroso, era pesado.

Fuera del mundo que era ella, en las otras dimensiones sociales de mi vida tenía que estar bien, en mi contexto era más fácil, ella no corrió con tanta suerte. Sus “amigos” la habían rechazado cuando ella subió una foto a su cuenta de Instagram de las dos, el colegio era un infierno y el hogar también. Nos habíamos creado nuestro mundo, cuando sostenía su mano, todo se sentía como si valiera la pena. Pero ella, ya estaba tocando fondo, tomaba y se drogaba con tal de tener un escape. Trataba de decirme que ya no sentía nada por mí, que ya no le gustaban las mujeres. Sabía por qué me hería, y aún así, siempre llegaba a mí. 

Más tarde el colegio la sometieron a una cruzada, La cazaron, le pegaron, la metieron a un retrete. Había tocado fondo. Ese día llegó con la nariz y con el corazón rotos, y su confianza y su dignidad habían muerto. Su hermano no iba a llegar a casa esa noche y yo no me iba a encontrar con ella hasta la tarde del día siguiente. Sus padres se encontraban en casa, y ella en un ataque decidió que no le importaba. Salió del closet, y les contó todo, entre llantos y gritos de desesperación. Sus padres no lo pudieron soportar. Le pegaron, la maltrataron tanto y tan duro que terminó en el hospital, en el hospital que sus padres decidieron abandonarla en plena calle con una maleta para que se fuera de la casa. Su hermana la cuidó la noche. A las 4:30 a.m del  día siguiente Matías en representación de Alejandra habló por teléfono con sus padres que respondieron con palabras hirientes, de odio, «Si no cambia, la mataré yo mismo», «Olvídalo, ella ya no es mi hija, es una vergüenza», «Le volaré la mierda a ella y a su noviecita si no se mueren primero», «No tendremos un engendro que ignoró a Dios por hija, la preferimos muerta, ella ya no es nada». Así nada más Alejandra había quedado huérfana. A las 1:20 p.m de esa misma tarde, la esperé en el lugar del encuentro. Ella nunca apareció, intente localizarla por todos los miedos y medios posibles. Esa noche Alejandra con sus últimas fuerzas, compró alcohol adulterado y se embriagó hasta casi pasar, agonizó por 30 minutos y en el intento desesperado de buscar ayuda, un carro pasó. Y murió. Una carta de despedida me llegó el día de su funeral. Los padres estaban heridos y bravos. Tuve que pelear para entrar a su funeral, pues sus padres no me querían allí. Me echaron la culpa de su muerte y de su final, tan trágico. Alejandra murió el día antes que iba a conocer a mis “amigos del barrio”. Sí, su muerte no fue casualidad. La carta la guardo con recelo. Aún así no me atreví a salir del closet tiempo después.

Escribo esto pues no quiero que su muerte sea en vano. Hoy un amigo estaba con su novio y fue víctima de escarnio público. El hecho de que se pueda adoptar, es un gran paso, pero a Colombia, y al mundo entero, le falta mucho. Tenemos que quitarnos esa idea que algunos padres todavía poseen  que dice “antes muerto que gay”, tenemos que educar para la comprensión, tenemos que educar no para la igualdad si no para la diversidad, una cultura de respeto y de la tolerancia. Hoy en día, a mis padres todavía les da duro aceptar y más que todo entenderlo. Para llegar a ser ciudadanos de la paz, para llegar a ser ese país que tanto queremos, tenemos que empezar con cosas que parecen pequeñas y fáciles como esta, pero no lo son. En mi posición, ser lesbiana no define mi identidad, pero tampoco puedo rechazarlo como mío propio que es. Mis padres con todo los males y en todo los tiempos, siempre hicieron lo mejor que pudieron. Mi historia sigue y hasta el día de hoy me he encontrado con situaciones similares.