Colaboración por Giulianna Suriero
Y al abrir los ojos me di cuenta, a mi alrededor estaba todo lo que necesitaba, ¿cómo se me había pasado por alto?

¿Sientes que dependes del amor? Lee esto.

Nacemos, y desde bebés halagan nuestra belleza, como si fuera lo único que venimos a dar. Crecemos, y cada noche nos leen un cuento de hadas, en el que la princesa resuelve, cualquiera sea su problema, con el príncipe, el beso mágico, el final feliz, ideal, como de otra realidad, vago, vacío, reconfortante. Está en las películas, la chica que siempre se sintió excluida, menos que los demás, toda su vida cambia cuando el chico popular decide invitarla a salir, y se enamoran, de alguna manera se entienden, se complementan y así el espectador queda satisfecho.

Lo escuchamos a diario en los dichos “para llegar al príncipe azul tienes que besar sapos”, como si hubiera que ir probando hasta poder alcanzar el objetivo, pisar unas cuantas piedras flojas para llegar a la cima de la montaña, porque la cima lo vale. “Quien bien te quiere te hará llorar” porque claramente, el sufrimiento está justificado, será recompensado. Es parte de todo porque así nos educamos, así lo vemos en nuestros pares, referentes y enemigos, lo vivimos, lo comprobamos y llegamos a creerlo, como algún tipo de dogma incuestionable que nos da una estabilidad desequilibrada.

Es como un suelo con algún tipo de subsuelo oscuro que se ríe de nosotros a carcajadas desde lo más profundo. ¿En qué caimos? ¿En qué embrollo nos metimos? ¿Nos metimos tan adentro en el laberinto que ya no hay manera de salir? ¿Alguien se salva? ¿Es cuestión de género? Abandonemos por un momento las causas, la evidencia, examinemos por un segundo nuestra vida diaria, cerremos los ojos y mantengámoslos bien abiertos, que no se nos escape nada de nuestro interior. Una vez más, mira alrededor.

Cuando nos compramos algo que nos embellece, nos lo ponemos esa noche que sabemos que nos vamos a cruzar con esa persona, de paso, nos miramos en el espejo unas 8469345298 veces para comprobar que estamos lo mejor posible. Dicen que las mujeres se enamoran de lo que escuchan y los hombres de lo que ven ¿no? Claro, cuadra perfecto, por eso nos decían que éramos tan lindas cuando recién llegábamos al mundo. Y qué suerte que lo seamos, aunque nunca creemos que sea suficiente para esa persona, pero no importa, tendremos nuestro final feliz ¿sino? ¿cuál es el sentido de todo? Y de un momento a otro, todo empieza a girar en torno a eso, hacemos otras actividades, claro, pensamos en otros temas, nos preocupamos de otras cuestiones, pasamos tiempo con muchísimas otras personas, sin duda.

Pero no hay día que el oso no se dé una vuelta por el panal, siempre ahí, aunque el oso no lo sepa. ¿Y el oso? ¿Qué pasa por su cabeza? Las abejitas trabajamos a diario tan duro para mantener el panal y su miel, porque claro, sabemos que le gusta a nuestro querido oso, sabemos qué nos llevará al final feliz. Esperen, ¿y si al oso no le gusta nuestra miel? ¿Si prefiere la miel del panal de al lado? ¿Si le gustan todas las mieles por igual? ¿Si no le gusta ninguna, porque prefiere reírse con sus amigos osos sin darle importancia a nada? ¿Para que trabaja tanto la abejita entonces? Un momento… ¿no habrá final feliz? Se cae el sistema, alarmas, gritos, caos, crisis, se da vuelta el mundo y nadie encuentra la pieza faltante del puzzle, la llave que abre la puerta, están todas las pinturas pero no hay pincel.

¿Y ahora? ¿Qué se hace si todo lo que nos enseñaron desde el momento en que llegamos al mundo ya no tiene sentido? ¿Qué pasa cuando al llegar a la realidad que siempre nos contamos, comprobamos que todo es una mentira? Comprobamos las cuentas que hicimos, los signos, los números, la ecuación no da. Miramos alrededor, el resto de los estudiantes no parecen estar teniendo problema, algunos ya se rindieron y entregaron en blanco, otros quizá no dicen nada, y a algunos parece irles bastante bien. Y suponiendo que logramos lo que tanto nos gusta, al oso le gusta nuestra miel, llegamos a la cima de la montaña, encontramos el pincel y pintamos un hermoso cuadro, resolvemos la ecuación ¿y ahora? Llegamos a lo mismo.

Idealizamos tanto al “amor”, al encontrar a esa persona que nos completa, nos hace vibrar, nos hace reír y nos cambia la manera de ver el mundo, que no sabemos qué hacer si no lo tenemos. Es una tragedia si al oso no le gusta nuestra miel, y pobre de la abeja afortunada del afecto del oso. El poder del oso puede destruir la amistad entre dos abejas amigas ¿en serio? ¿Tanto nos gusta que hagan lo que quieran y nos dominen así? Pensemos en el potencial que tiene cada una de nosotras, yo, y la de al lado, y de la al lado y yo juntas, podemos vernos al espejo y sentirnos bien, orgullosas, contentas, satisfechas.

¿Quién dijo que necesitamos un oso que recurra a nuestra miel si sabemos lo deliciosa que es y podemos compartirla con tanta otra gente? Los cuentos de hadas, las películas de Hollywood, los dichos, todo eso que forma parte de nuestro día a día y tanto nos gusta, son mentiras que nos inventamos, no siempre, claro, el amor está en todo y es real, pero no como lo cuentan esas historias. El amor está en uno, en los amigos, en esa persona de la que nos enamoramos de casualidad, que llega cuando menos la esperamos, en la familia que nos dio la vida y está siempre, miremos a un lado o al otro, incluso las partes de ella que no nos gustan y preferiríamos no estar relacionados ni por sangre. El amor es lo que nos hace dejar todo y abrazar a ese amigo que hace tiempo no veíamos, es lo que nos hace reír con pasión, acariciar, besar, abrazar. Es un término tan abarcativo y amplio que es digno de idealización, no como final feliz ni solución irreal a nuestros problemas, sino como lo que da comienzo a la vida y acaba con esta, está en todo, es todo y está en uno mismo, sin necesitar a nadie más, pero como dije, es riesgoso concentrarlo en una sola persona.

Así que te reto, la próxima vez que sientas que cenicienta se ríe de ti mientras limpia el piso, que la bella durmiente sueña lo que te pasa, que blancanieves se burla mientras saborea su manzana o los directores de mean girls, just my luck o Passport to parís se regodean en el dinero que les dio su mentira…. Después de todo parece que solo He’s not that into you y Better Smart than sorry nos dijeron la verdad. En fin, arruínales el chiste, dale un twist a tu película y cámbiale el final, porque el final feliz últimamente vende poco.