“Eres mi ángel, mi elegido”, me decía.

Decididamente el destino parecía estar burlándose de mí. Nunca antes había sentido tanta felicidad como ahora. Nuestro primer hijo, Andrés, había nacido hacía cuatro meses. En Isabel yo había encontrado la pareja perfecta. Ella era el amor de mi vida. La mujer que ni en mis mejores sueños había imaginado que existía. Jamás peleábamos. El respeto entre nosotros era supremo. Por eso no entendimos o no supimos qué hacer cuando la pelea por el bautismo de Andrés se instaló entre nosotros. Discutíamos como si en ese bautismo se nos fuera la vida misma. Ella quería bautizarlo y yo me oponía rotundamente. Me volví una fiera. Fiera desconocida por ella y por mí.

¡Que no! ¿Cuántas veces tengo que decirte que no lo vamos a bautizar? – grité por enésima vez.  – ¿Tú sabes lo que significa el bautismo? ¿Sabes?

Bueno, creo que es como darle la bienvenida a la iglesia cristiana.

¿Ves? ¡ni siquiera sabes lo que significa! – seguí vociferando aunque apenas ya me salía un hilito de voz.

A ver, ¿qué significa para ti? – preguntó Isabel siguiendo la discusión.

No, no, no es para mí, sino para la iglesia. – entre ronco y tosiendo seguí con mi explicación – El bautismo es para borrar en la criatura, el pecado original.

¿y qué tiene eso de malo? – preguntó Isabel con ingenuidad.

¿Tú sabes cuál es el pecado original? ¿Acaso ves algo malo en Andrés? ¿Tiene alguna mancha su almita? ¿Por dónde se le nota el pecado?

El pecado original – balbuceó Isabel levantando los hombros casi como preguntando – es que Adán y Eva tuvieron relaciones sexuales y por eso los echaron del Paraíso.

¡Nooo! ¿Ves que ni siquiera sabés de qué se trata? El pecado original es la “desobediencia”. Dios les había prohibido, según el cuentito de la biblia, comer del fruto del árbol del conocimiento del bien y del mal. – Y me agarró otro acceso de tos. Pero esta vez también escupí un poquito de sangre. La garganta me dolía. El cuello me molestaba y la voz me salía cada vez más ronca, casi inaudible. Así y todo yo seguía gritando con todo el resto del cuerpo. Gesticulaba. Alzaba los brazos. Cerraba el puño.

¿Y cuál es la diferencia?

¿En serio me preguntás cuál es la diferencia? – no lograba salir de mi enojo – La diferencia es que yo quiero con toda mi alma que Andrés sepa exactamente discernir entre lo que está bien y lo que está mal y que sepa desobedecer a cualquier autoridad si hiciera falta. ¡Eso! – y me largué a llorar.

Con mi llanto se terminó toda la discusión. Isabel me abrazó con su ternura de siempre y me susurró – no te preocupes, lo charlamos en otro momento y vemos, no te preocupes ahora.- y me meció igual como hacía con Andrés.

Por dos semanas no hablamos más del tema. Pero la voz no me volvía. Seguía ronco, tosiendo, me costaba respirar y me dolía la garganta y el cuello.

Esto no da para más. – se plantó Isabel cuando escupí un poquito de sangre al toser – ¡Ahora mismo vamos al hospital!

Pero no hace falta, debe ser una angina común y silvestre.

No, no, no, esto ya pasó de angina. Quiero que te vea un doctor. Ponte las zapatillas que nos vamos.

En el hospital nos recibieron sin grandes miramientos. Nos atendió un médico residente. De tan jovencito que se lo veía, al principio no confié pero justamente por ser inexperto y joven no sé quedó con su primera impresión y siguió revisándome. Me mandó hacer algunos estudios y me pidió que volviera en unos días.

A la semana siguiente volvimos a la consulta. El médico estaba acompañado por un grupo de colegas que también me revisaron con cara muy seria.

¿Fumas?

No, nunca fumé

¿Alcohol? ¿Mucho?

No para nada. Alguna cerveza los fines de semana, pero nada importante ¿por?

¿Desde cuándo tosws con sangre? – siguió como si no hubiera escuchado mi pregunta.

Desde hace un par de semanas. No me acuerdo bien pero… ¡sí! me acuerdo perfecto, fue mientras discutíamos acerca del bautismo del bebé.

Cuando volvimos a casa, Isabel le dio la teta a Andrés y luego preparó un mate para sentarnos a conversar.

¿Qué te pasa mi amor? Tiene que ser muy importante para que estés así ¿qué te pasa? – preguntó con su voz suave y sus ojos llenos de amor y lágrimas.

Es que no sé. Me asalta esta angustia que se me acogota en la garganta y no me deja ni respirar. No me entra el aire. Me esfuerzo en dejar entrar esa bocanada de aire, cuando de repente se me desencadena una catarata de dolor… – y llorando como un niño me abracé a Isabel.

Me lloraban los ojos. Me lloraba cada poro de mi piel.

Me atraganto con un moco que logro dejar salir junto con un grito eterno, descarnado y desgarrador.

  ¡¡¡¡AAAaaaaaaaayyyyyyyyyy Aaagggrrrrr!!!! – rugí como el León que era.

Y con ese grito el dolor guardado en secreto dentro de mi cuerpo salió de su guarida. Dolor que ni yo mismo sabía que vivía en mí. Y de tanto llorar, mientras Isabel me seguía sosteniendo, se me limpiaron los ojos del alma y como flashes de una película, me vi niño. Me vi en clase de catequesis para tomar mi primera comunión. Vi esa sotana negra que se abría y caía sobre mí. Sentí sus manos dentro de mi pantalón

Eres mi ángel – susurró en mi oído mientras un líquido pegajoso y mal oliente chorreaba por mis manos – Eres mi ángel, mi elegido.

Mis padres no entendieron ni aceptaron que yo no quisiera tomar mi comunión. Todo lo que pude explicarles fue que me aburría en las clases de catequesis, que no creía en Dios que…

¿Para qué? No sólo me obligaron a seguir yendo sino que fueron a hablar con el cura catequista quien se mostró sorprendido – pero si León es como un ángel – les contestó – No se preocupen, las dudas siempre son buenas. Yo me voy a ocupar de que siga por la senda de la iglesia.

Y eso hizo.

A la semana siguiente me llamó después de clase.

Por favor, quédate que necesito que me ayudes a limpiar los objetos sagrados.

¿Objetos sagrados?

Esta vez fue más violento. No sólo me penetró desgarrándome de cuerpo y alma, sino que me amenazó.

León escúchame bien – amenazó levantando su índice – una sola palabra sobre esto y tú y toda tu familia sufrirán el infierno en vida.

Obviamente me callé. No quería ver arder a mis padres en el infierno.

Después de tomar la comunión, cuando pensé que el calvario terminaría, el cura le dijo a mis padres en la fiesta frente a mí, que había aceptado mi propuesta de ser su monaguillo…

Mi mamá se relamía de felicidad y a mi papá se le henchía el pecho de orgullo.

No entendieron por qué salí corriendo, pero el cura los calmó diciendo:

¡Es tan humilde! León, mi mejor angelito.

La desesperación y el miedo a que muramos en el infierno, se almacenaron en cada célula de mi cuerpo. Hoy de adulto, sé sin lugar a dudas que el cáncer que carcome mi garganta es ese grito que por años tuve que ahogar.

En aquel entonces, con sólo diez añitos, tomé coraje y fui a confesar mis pecados con otra cura, quien después de escuchar mi balbuceo, me ordenó rezar algunos Padre Nuestro y trabajar en el camino del perdón.

¿Perdonarme a mí mismo? – pregunté esperanzado.

No mi hijito, perdonar al padre tal como lo enuncia el 4to mandamiento “Honrarás a tu padre y a tu madre”.

Esto cerró todas mis posibilidades de salvación. Decididamente yo era el culpable. Todavía no entendía cómo, ni por qué, pero quedaba clarísimo que yo era el único responsable de lo que sucedía.

Hoy sé que allí comenzó mi enfermedad. Me enfermé cuando sentí lo que debía sentir y traté de no sentir lo que se me prohibía sentir. ¡Esas emociones inconfesas!

Pero hoy, ese niño que luchaba con cuerpo y alma por su vida, ya es adulto. Y este León adulto va a salvar al cachorro que fue. Lo va a salvar de todo predador, de todo cáncer. Porque ese cachorro hoy es padre. Padre de Andrés y padre de sí mismo. Porque este León, va a salvarse. Hoy sabe que desde siempre debió comer del fruto del árbol del conocimiento del bien y del mal para poder discernir y ¡desobeder! Para poder salvarse y ¡¡vivir!!

Y mi hijo Andrés, nuestro hijo, no ha nacido con mancha alguna en su alma. No necesita que lo limpien manos ensangrentadas de pecado. Él es la manifestación de Dios, igual como lo es nuestro amor, como lo son las flores de la primavera y la lluvia de abril.  Si nada sucio o pecaminoso hay en todos ellos, tampoco lo hay en nuestro bebé.

*Este relato fue adaptado por Adriana Strupp, Lic. en Psicología y escritora, quien se ocupa a través de sus libros para niños y adolescentes a la prevención de sus sufrimientos tales como el abuso, violencia en el noviazgo, anorexia y bulimia, HIV-SIDA. Son libros para sentir y pensar que después de cada relato, y con el objetivo de no quedarnos con el horror, dolor y angustia, exponen preguntas de debate que nos abren a pensar, identificarnos y pedir ayuda. Son especiales para usar en las aulas. Si quieres más información o conseguir el libro de donde viene este relato (Titulado ‘Cicatrices’), puedes contactarla a [email protected]