Colaboración por Diana R.M.
Periodista colombiana y a veces cantante. Creyente de tiempo completo. Escribo de lo que vivo y veo que otros viven.

Después de TODA tormenta sale el sol, créeme.

No, aún no lo he olvidado. No, no me convenía y de hecho, sé que no conviene. Pero en medio de tanto no, el único sí que me retumba en la cabeza fue el que me di a mi misma. Ese sí a amarme por encima de amarlo a él profundamente. Ese sí a seguir por el camino contrario por mi bien, por el de él, por el de los dos. Porque aunque parecía una decisión egoísta creo que fue la más importante que tomé a su favor. Porque el nosotros nos estaba llevando por un camino que no le convenía a ninguno.

Con él estoy aprendiendo a despedirme, a decir adiós a mis “por siempre” de manera más afable o por lo menos, más madura. He entendido que hay ocasiones en las que marcharse es despojarse tanto de lo bueno, como de lo malo y simplemente quedarse con las manos vacías para volver a recibir las nuevas bendiciones que el cielo te quiere entregar.

 Ahora sé que cuando se ha querido con intensidad muchas veces el “vamos a quedar bien” o el “seamos solo amigos” no es posible y que se debe tomar la decisión de cerrar el ciclo de forma radical para no darle largas al dolor tratando de aliviarlo con pañitos de agua tibia. Así como he valorado mucho más a quienes han decidido quedarse tras los fracasos o los “no funcionó”.

 Él me enseñó que no es suficiente con un “chao”, que hay que soltar los lugares, la canciones, los planes, los sueños juntos, los gustos compartidos y hasta el historial de WhatsApp. He tenido que obligarme a no inventar excusas para enterarme de su vida y más bien interesarme en reconstruir la propia, porque finalmente es más provechoso usar el tiempo en levantarse del suelo que en lamentarse por lo que ya no harás junto alguien que ya no hace parte de tu vida.

 Tuve que aprender a manejar la frustración de ya no estar para él en sus momentos difíciles, aguantar las ganas de reaparecer para darle un mensaje de ánimo o un “mi sentido pésame” y en vez de eso, confirmar que es más efectivo enviar buenos deseos desde lejos en el anonimato que solo se logra a través de una oración hecha desde la intimidad de mi habitación. Estar ahí de corazón, sin que siquiera lo sospeche, puede llegar ser menos dañino que el volver a abrir la herida con una llamada.  

 Descubrí que soy humana, porque por más absurdo que parezca, mi perfeccionismo me había llevado a creer que no podía fallar y a agachar la cabeza ante quienes fueron testigos de nuestro amor fallido. Pero ahora sé, sin dudar, que estas situaciones me hacen más fuerte y más valiosa, que puedo caminar con la mira en alto como quien acepta sus derrotas con dignidad y decoro.

 Confirmé que decir “no”, cuando es necesario, no significa que no quieres a la otra persona o que eres insensible, sino que habrán muchos “no” que tendrás que decir por amor a ti mismo y los otros.

 Lo que vivimos me llevó a comprender que no hay espera que no traiga su recompensa y que parte de esta es darse cuenta que alguien no es para ti a tiempo y no cuando sea demasiado tarde.

 Descubrí que la gratitud es la puerta para encontrar la paz tras el momento de prueba, y que aún el darte cuenta que algo no es para ti es un motivo por el cual sentirte supremamente bendecido.

 Sigo aprendiendo la lección de decirte adiós, pero acaso ¿Quién nació aprendido? Mientras los días pasan, he decidido recobrar la esperanza y creer que todo “chao” trae consigo un nuevo “hola”.