Colaboración por Jimena Cuevas Paulino
Mujer, estudiante, bailarina de pies izquierdos, cantante de regadera, comediante de mis anécdotas pero escritora de mi vida.

Me salvaste de ti y de tus mentiras.

Tal vez lo puedas considerar extraño, cínico o incluso puede que no llegues a comprenderlo pero por más lágrimas que hemos derramado por aquellas personas, palabras o hechos que han llegado a lastimarnos cierta parte de nosotros les debe un agradecimiento.

Quisiera que lo supieras, ¿por qué? Bueno pues espero llegues a entenderlo, tal vez necesitarás más de una leída, porque a mí me tomó varias sesiones con la almohada para llegar a decirlo en voz alta y aceptarlo.

Gracias por todas las veces que me dijiste que no podía, porque me hiciste motivarme y mostrarte que estabas equivocado, en fin me hiciste sacar el lado competitivo de mí y me ayudaste a superarme. Me motivaste a superarme y ahora es algo que no dejo de hacer, o procuro no dejar de hacer.

Gracias por todas aquellas veces que te callaste una felicitación o un aplauso porque hiciste que ese sentimiento de satisfacción sea mío y sólo mío, por más egoísta que suene, en este mundo a muy pocos le importará lo que haya logrado uno, sin embargo sólo a nosotros nos debe de importar porque lo hicimos nosotros para nosotros. Un regalo.

Gracias por todas aquellas veces que me dejaste sola, porque aprendí a valerme por mí misma, aprendí lo que se siente sobarse, lo que se siente el dolor de seguir adelante porque no hay nadie empujándote, aprendí que yo puedo hacer y ser todo lo que me proponga y que en ese momento en que lo logre la satisfacción será mía. Aprendí a llorar lo necesario, a arrojar gritos al cielo porque me costaba y que aun así haya encontrado la fuerza para pararme con las piernas temblando, sacudirme el polvo, inhalar, mirar hacia delante y con las heridas que tuviera seguir caminando.

Gracias por todas esas veces que me rompiste el corazón porque me hice más fuerte y aprendí a recuperarme.

Gracias por todas esas sonrisas falsas que me diste porque aprendí a reconocer las verdaderas.

Gracias por esas mentiras que me dijiste porque aprendí que la honestidad de verdad es algo único.

Gracias por esos “consejos” que me diste porque me di cuenta de cuáles eran ciertos y cuáles no.

Gracias por no darme una mano cuando lo necesitaba. Gracias a esas amistades hipócritas, falsas o interesadas, porque al igual que las sonrisas reconocí las verdaderas y aprendí a cuidarlas.

Gracias por todas esas apuñaladas que dabas a mis espaldas porque aprendí a dar la cara y no sentir nada. 

Gracias por herirme, ignorarme u olvidarme.

Gracias porque sin ti, sin ustedes, no hubiera querido ser mejor persona de lo que alguna vez fueron y fui. Gracias porque no hubiera aprendido a abrazar tanto lo bueno como lo malo que me encontraba en el camino. Gracias porque no hubiera entendido que todo tiene un propósito. Gracias porque no hubiera reconocido las alegrías que me han sucedido, las batallas que he peleado y las derrotas de las cuales he aprendido.

Gracias porque simplemente he aprendido a reír de lo que me ha hecho llorar.

Gracias, porque ahora soy una nueva versión de mí.

Así que sí, debía de agradecerte.