Colaboración por Julieta Traveset
Escritora, pero cuando tengo tiempo estudio derecho y profesorado. Enamorada de mi vida, mi familia y mis amigos. Amante de García Marquez. Blog

Las cosas serían muy diferentes.

La noche anterior siempre es distinta según la persona. No hay “síntomas” para calificar qué es lo que se “debe” sentir antes de comenzar la universidad. Algunas personas no pegan un ojo en toda la noche porque están poseídos por la ansiedad, otros mueren de nervios mientras que algunos -los más afortunados- se encuentran tan serenos como monjes budistas… Lo cierto es que cada experiencia es distinta y está bien que así sea.

Yo pasé la noche anterior en el departamento que ocupo desde que vine a estudiar. Estuve sola con mi papá, sin hablar demasiado. Recuerdo que estaba bastante calmada, aunque de vez en cuando una ráfaga de nervios y preguntas se apoderaba de mí. “¿Y si no me gusta?, ¿qué debo sentir?”, “¿está mal estar tranquila?”, “¿y si me pierdo?”

Papá me acompañó hasta la universidad mientras me enseñaba las calles de la ciudad que se convertiría en mi hogar por los próximos años. Hicimos un camino que yo ya conocía, pero aún así no quise rechazar la oportunidad de repasarlo de la mano de alguien más experimentado, por si yo había dejado pasar algún detalle. Hasta que finalmente llegamos.

Ahí estaba. Dominada por una confianza ciega y con un nudo en el estómago. A punto de dar el primero de muchos pasos hacia mi futuro, convencida de que tenía en claro qué era lo que quería…

Hoy, casi cinco años después de aquel primer paso, pienso que me hubiera gustado saber algunas cositas antes de entrar al maravilloso mundo de la educación universitaria. En primer lugar, me hubiera gustado que alguien que me dijera que no había ninguna necesidad de correr como una loca a la fotocopiadora para sacar todos los programas de las materias y cada una de las fichas que los profesores decían que había que leer. Habría sido genial que me dijeran: “relájate. Hay gente que cursa el cuatrimestre entero sin el programa y después va a rendir y se saca un 9”. Probablemente, si alguien me hubiera explicado eso, me habría ahorrado varias horas en la atiborrada fotocopiadora.

Me hubiera gustado que alguien me dijera que a los profesores les importaba poco si yo traía o no las fotocopias a clase. Que ningún docente iba a tomar lista para chequear que hubiera sacado el material de estudio ni me haría sentir avergonzada de mí misma por no haberlo traído. Hubiera sido útil que alguien me hiciera entender que el material de estudio era únicamente para MÍ y que yo tenía la total libertad de elegir el que me pareciera mejor. Que el profesor sólo hacía una sugerencia sobre lo que podría sernos útil y que esa sugerencia no tenía ningún carácter imperativo.

Hubiera sido genial que alguien me explicara que en mi universidad la asistencia es una formalidad inexistente. Que nadie jamás se queda pierde la regularidad por faltar a clase y que ir a clase o no es algo que debo hacer en la medida de mi comodidad y utilidad. A su vez, también habría agradecido que me dijeran que no sirve de nada ir a los teóricos si te la vas a pasar jugando con el celular o mirando a ese compañero que está guapo.

Me hubiera gustado que me dijeran que muchas veces sentiría que no puedo con las cosas y que eso está bien. Que todos alguna vez se sienten estresados o que el estudio les sobrepasa. Pero que confrontar esa situación es la única forma de superarla.

Hubiera sido genial saber que siempre es bueno escuchar sugerencias de los demás sobre con quien cursar o qué materia rendir primero, pero que al final del día uno tiene que hacer su camino. No importa si tu compañero estudió de tres manuales distintos, si tú sientes confianza estudiando de un libro, entonces tienes que hacerlo. No tenemos que hacer lo que otras personas nos recomiendan, por más bienintencionadas que sean sus sugerencias, parte del aprendizaje de la universidad consiste en aprender a tomar decisiones.

Me habría gustado que alguien me dijera que está bien que te vaya mal de vez en cuando. Que nadie muere por un examen desaprobado. Que cada fracaso, aunque duele en lo más hondo, lleva consigo una lección. Una lección que no está en ningún apunte o libro.

Ojalá alguien me hubiera explicado que ser responsable con el estudio no significa abandonar a tus afectos y descuidar a tus amigos, sino que se trata de aprender a establecer prioridades. La responsabilidad nos obliga a medir nuestros propios tiempos y la importancia de las ocasiones para decidir cómo administrarnos mejor. No sirve de nada internarse a estudiar un fin de semana entero si tu cabeza va a estar sumergida en esa fiesta a la que no fuiste. Ser responsable es tomar una decisión, entender el por qué de la misma y quedar conforme con ello.

Ningún examen vale la pérdida de tu paz mental. Los nervios son normales, pero sentirse mal y estresado ya roza lo insano. En todo momento, debe buscarse el equilibrio entre cumplir con tu deber sin perder la cordura en ese trayecto.

Me hubiera gustado que alguien me dijera que ese nudo en la panza que sentí al entrar en la universidad por primera vez era amor. Amor por mi carrera, por lo que elegí estudiar, por la universidad en la que elegí estudiarlo. Y que durante los próximos cinco años, volvería a sentir lo mismo una y otra vez. Esto me hubiera gustado recordarlo todos los días, ya que de ese nudo, de esa cosita linda que siento en la panza, es de donde saco fuerzas para estudiar cuando creo que ya no puedo más. Luego la gente dice que el amor no mueve montañas… Pues bien, ¡al menos te hace aprobar exámenes!

Pero por sobre todas las cosas, me habría encantado que alguien me dijera que el máximo de los aprendizajes que te deja la universidad no está en los libros que lees ni en las materias que apruebas, ni en las palabras de ningún profesor. El máximo aprendizaje que te llevas de esta etapa está en las personas que te vas cruzando. En las historias que escuchas, en las acciones que observas…

Está en la voluntad que ves al escuchar el relato de esa madre soltera que te cuenta que va a estudiar, aunque ya sabe que es grande y que su tiempo está limitado por el cuidado de su hijo. Está en la impunidad con la que ves que se manejan muchos docentes al aprobar o desaprobar alumnos arbitrariamente. Está en el esfuerzo que hizo ese compañero que cuenta que se quedó estudiando toda la noche para poder llegar a estudiar todo. El aprendizaje está en las charlas que tienes con el personal de limpieza o con ese profesor después de clases, cuando te acercaste tímidamente a evacuar una duda y te quedaste hablando de cualquier otra cosa. Está en esa frase aislada que alguien soltó en un pasillo y que a ti te marcó por completo. Está en las marchas que organizan los profesores para protestar por un salario digno. El aprendizaje está en la idea que te queda de un tema por el modo en que un profesor se expresa al respecto o en esa charla ocasional que tuviste con un completo desconocido mientras esperabas que te atiendan en la fotocopiadora.

Está en tu propio comportamiento, en tu propio esfuerzo, en tus propias decisiones que día a día te van moldeando. En la forma en que te tomas las cosas y en cómo todo esto va delineando tu carácter, haciéndote crecer sin que te des cuenta. Conociéndote a ti mismo cada vez más.

Porque sin importar lo que elijas estudiar, lo que más te deja esta etapa es un tajo. Una abertura en tu cabeza que una vez hecha, jamás puede cerrarse. Y esa herida, ese hachazo, aunque pueda doler un poco, es la marca ineludible de la libertad. Es el primer paso para empezar a pensar, para ver las cosas de otro modo. El paso por la universidad nos abre la cabeza a una realidad que no conocíamos y nos invita a conocer muchas otras, por eso es una etapa tan importante.

Mi papá siempre dice que el paso por la universidad es un aprendizaje protegido. Es una forma de conocer cómo funciona el mundo, con sus injusticias y bellezas, sus alegrías y tragos amargos, pero bajo la protección de que aún no estamos en el mundo real. Con el conocimiento de que todavía somos estudiantes, de que todavía podemos equivocarnos y sacar jugo de ello sin que nadie salga gravemente perjudicado.

Sé que al principio de esta nota dije que me hubiera gustado que alguien me contara todas estas cosas, que alguien se sentara a decirme con lujo de detalles todo lo que iba a encontrarme tras cruzar la puerta aquel primer día hace cuatro años atrás. Pero mi conclusión, luego de todo este camino transitado y llegando a la recta final de la carrera, es que en el fondo agradezco que nadie me dijera estas cosas. Porque fue gracias a eso mismo que pude descubrirlas por mí misma y así aprender protegidamente muchas lecciones que más que servirme para la universidad, me sirvieron para muchos aspectos de mi vida.

Aún así, me queda algo por aconsejarle a quienes están por comenzar a transitar este camino. Es una cosa bastante sencilla pero a su vez, muy importante: disfruten.

Disfruten de cada paso, de cada materia aprobada y desaprobada. Del estrés antes de los exámenes y del relax después de ellos. Disfruten de la independencia de tomar sus propias decisiones sobre qué materia rendir o con qué profesor cursar. Disfruten de las clases, de las aburridas y de las divertidas. De la comida fría del bar y de los cafés solitarios en la biblioteca. Disfruten de la gente que se cruzan, pues muchos de ellos serán sus futuros colegas. Pero sobre todo: disfruten de la etapa. Cada día es un paso más cerca del objetivo y cada paso esconde una experiencia. No se queden con las ganas de nada y abracen cada una de estas instancias. No se preocupen tanto por el después, ya que eventualmente llegará a su puerta. Al final, de eso se trata esta etapa. De disfrutar lo más posible, mamando todos los conocimientos. Aprendiendo más allá de lo que está en los libros.