Colaboración por Carlos Molina
Adoro la playa, el sol y las mujeres. Si no lo haces ahora... ¿Cuándo?

Esa doctora sí que sabía.

Juro que normalmente no soy así, pero la lujuria de un bello cuerpo de una mujer me hizo serle infiel al amor de mi vida. Josefina y yo nos conocimos de casualidad, en una fiesta, hace años. Aunque nos amamos profundamente, nunca lo hicimos, porque tenía miedo a que viera mi problema. Pero si soy sincero gracias a mi amigo tuve la experiencia sexual más grandiosa de mi vida, para luego simplemente perderlo todo. Esta es mi historia.

Josefina era la mujer de mis ojos, la luz y las estrellas. Nos besábamos con pasión y cuando ella intentaba meter la mano en mi pantalón aunque tenía muchísimas ganas de hacerlo lo dejábamos hasta ahí. Tenía disfunción eréctil y me daba mucha vergüenza que lo supiera, tanta que me había restringido a los besos hasta que ella no aguantó más y dijo que lo hiciéramos. Vaya que se llevó una triste sorpresa al saber mi problema y le pedí que no le dijera a nadie, que lo solucionaría.

Un día, al llegar del trabajo, me encuentro con sus amigas a las que llamo “oídos grandes”, no hay mujeres más chismosas que ellas pero mientras no me molestaran no había problema. Saludé una a una hasta que me encontré con una cuya cara no conocía, esta llevaba un enorme escote que me hizo quedar mirando por varios segundos y una minifalda ajustada a sus caderas. Era preciosa.

-Hola, no te conozco, ¿cómo te llamas? – le digo, intentando no sonar nervioso.

Ella batió sus pestañas como si fueran alas y me sonrió pícaramente, bebiendo de un líquido rojo que probablemente sería alcohol.

– Me llamo Sarita. Un gusto, Carlos. – dijo, mientras me miraba a los ojos y luego a la entrepierna.

Subí rápidamente para que no se me notara la poca erección que tenía y fui directamente al baño. En eso, siento que tocan la puerta. Era nuevamente ella.

Salí con toda la dignidad que tenía y la miré a los ojos. Ella sonrió.

– Josefina nos contó tu… pequeño problema. – dijo, y me tocó el pene. – Si quieres, te puedo dar una noche de pasión… adoro los secretos, si me cuentas el origen de tu problema te daré una noche que jamás olvidaré.

Estaba tan enojado con Josefina por contar de mi disfunción eréctil que acepté de inmediato. Salimos a un motel, cada uno con una excusa diferente y le conté el origen de mi problema: de pequeño me mordió un perro ahí abajo y así quedé. Ella lo intentó también y no funcionó. Decepcionada, me dijo que me operara.

Frustrado por perderme de tantas oportunidades sexuales, lo hice. Fui a verme con la doctora Scarlet, una mujer de voluminosos pechos, tez blanca y cabello rojo. Llevaba una bata apretada y unos lentes que la hacían ver más sexy. Ella me examinó y dijo, con estas palabras, “que me pondría el pene más grande y alto del mundo”.

No le conté a Josefina de mis intenciones. Quería sorprenderla y darle una noche como ninguna otra. A la que sí le conté fue a Sarita, quien se emocionó tanto que me dijo que quería ser la primera en probarla.

Y llegó el día. Le dije a mi novia que tenía que trabajar de noche para que no dudara y me fui directo al hospital. Ahí me estaba esperando la doctora Scarlet, más sensual que nunca.

Me acostaron en la camilla, me pusieron anestesia y perdí totalmente el conocimiento. La primera imagen que tuve al despertarme fue la de Scarlet, sonriéndome y mostrándome a mi nuevo amigo. Realmente era enorme y con la emoción, con la doctora ahí transpirando por la operación, se paró como nunca.

Horas después Scarlet entra, se saca la bata sensualmente y me dice que me dará un premio por mi pene sin estrenar.

Tengo que probarlo para ver si funciona correctamente. – dijo. Tenía razón, tenía que estrenarlo. La cara de Sarita y Josefina se esfumaron completamente frente a Scarlet.

Se me lanzó encima y comenzó la primera noche de pasión verdadera que tenía. Fue hermoso, con su cuerpo tirándose para atrás con cada sacudida que le daba. Ella gritaba como loca.

De pronto, Josefina entró. Después me enteraría que Sarita no se aguantó y le contó cómo me haría un cambio ahí abajo. Abajo preguntó por mi número de habitación y llegó.

No le sorprendió tanto que tuviera a una mujer gimiendo mi nombre bajo mi cuerpo, sino cuánto había crecido mi miembro. En vez de terminar o acusarme de infiel, se unió a nosotros. Estaba desesperada por algo de sexo. Lo hicimos toda la noche sin parar. Mi amigo funcionaba a la perfección.

Cuando Josefina le contó a Sarita nuestra aventura en el hospital, esta se enfureció: al fin y al cabo quería ser ella quien estrenara mi nuevo pene. Me chantajeó diciendo que si no lo hacíamos en el momento le contaría todo lo nuestro a mi novia. No me hice de rogar y corrí a su casa. Podría decir que Sarita lo hacía mejor que Scarlet o Josefina, pero ninguna experiencia se compara a hacer un trío.

Lo que no tenía en cuenta es que Sarita invitó a Josefina a la casa, con la esperanza de que volviéramos a repetir el trío pero esta vez con ella. El punto es que a mi novia no le gustó esta vez porque Sarita nunca le agradó mucho por meterse con los novios de sus amigas y yo había caído en su trampa.

Luego de eso terminamos. Me sacó de la casa (que en realidad era suya) y terminé solo. Sarita también estaba enojada conmigo por lo que no me aceptó. Y de Scarlet no supe más, pues después de nuestra aventura se fue del país.

Me quedé solo con mi enorme amigo esperando por nuevas aventuras.