Me voy con la satisfacción de saber que soy capaz de amar con el alma, que soy de esas que entregan hasta la última fibra de su ser por mantener lo que quieren.

Podría recordarlo por haberme hecho entender lo que es el amor verdadero, por darle sentido a todas esas imágenes con frases cursis que uno se encuentra por ahí. Podría decirle que con él me di cuenta que cuando se ama hasta los defectos más grandes se convierten en cosas para admirar y que no hay error que no se pueda perdonar.

Podría decirle que fue con él que logré dejar tantos miedos y barreras atrás, para vivir experiencias que tal vez jamás encontraré, que fue con él que me di cuenta que la mente a veces nos juega sucio, y que si la ignoramos, podremos encontrar cosas que nos quedarán gustando de por vida y que lo desconocido jamás será algo que podremos tachar hasta que no lo vivamos, porque para decir “nunca más” hay que haber primero dicho “probemos”.

Podría contarle cuan incondicional es y cómo su forma tan particular y cínica de ver la vida era exactamente lo que yo necesitaba en mis momentos más difíciles (porque alguien que pensará como yo solo me habría hundido más). Sí, eso sí que me encantaba de él, su manera de creer que nada era un problema y que nada jamás lograría romperlo, cuando sabía muy bien que yo podía ver a través de sus murallas.

Podría quedarme observándolo todo el tiempo, así como esas idiotas de las películas, intentando descifrarlo, porque él es así, lleno de misterios. No le gusta que nadie se dé cuenta que es un humano, y que sufre y tiene problemas como todos, no le gusta agachar la cabeza, cree que eso lo hace débil; y ahí estaba yo, siempre haciéndolo por él, intentando hacerlo entender que estar mal también está bien.

Podría también decirle que me arruinó la vida, y que jamás nadie me había hecho sufrir como lo hizo él, que de todas las formas posibles de herir a alguien, eligió la peor, y que aunque ha pasado mucho tiempo, yo aún no me recupero, aún me duele. Decirle que fui yo la que siempre estuvo ahí, sabiendo y teniendo muy claro la porquería de persona que podría llegar a ser, jamás me fui de su lado, porque yo podía ver más allá de todo eso, yo conocía ese hombre, y me convencía a mí misma que valía la pena. Y aun así, me dejo ir, sin más ni menos, sin preguntas ni reproches, simplemente, me obligó a irme de su vida (aunque técnicamente jamás estuve en ella).

Podría llorarle, pedirle que no se vaya, que no me deje ir, pero sé que sería en vano. Yo dejé de escribirle, de buscarlo y el jamás lo hizo tampoco, así es como uno se da cuenta que irse es lo correcto (cuando no te buscan para detenerte). Y puede ser, que amores tan puros y tan tóxicos estén simplemente destinados a morir así, despacito y en silencio, amores con tanto desequilibrio solo terminan dejando caer uno de los lados de la balanza, y en ese lado que cayó, estaba yo: una loca enamorada de alguien incapaz de comprometerse, un hermético, incapaz de abrirse, de un narcisista egocéntrico y egoísta.

Podría agradecerle por haber hecho todo como lo hizo, por haberme utilizado y haber jugado conmigo a su antojo, por haberme hecho su todo y su nada, por dejarme conocerlo sin mascarás, por dejarme ver sus lados más oscuros y por haber atormentado de la manera más sutil mi vida durante tantos años. Agradecerle por ser la inconsistencia más constante y por haberme hecho sentir que él era lo más grande a lo que yo podría aspirar como mujer.

Agradecerle, sí, así como se lee, porque es gracias a todo eso que tomo la decisión de irme (tal cual él lo quiso). Me voy para ser mejor mujer, para valorarme y amarme como él no supo hacerlo. Me voy con la satisfacción de saber que soy capaz de amar con el alma, que soy de esas que entregan hasta la última fibra de su ser y sus esfuerzos por mantener lo que quieren. Parto con la determinación que tal vez no habría encontrado de haberse dado todo de una manera menos dolorosa, parto a convertirme en una nueva mujer, en una versión mejorada de mi misma, emprendo esa búsqueda del amor propio que de no haber sido por él, jamás hubiera sentido la necesidad de emprender.

Tal vez no pueda volver a enamorarme de la misma forma o con la misma intensidad (¡vaya uno a saber!), lo que sí sé, es que la próxima vez que me enamore seré una persona distinta, porque es gracias a él, que yo aprendí el valor del perdón y el amor propio, y es sobre todo eso segundo lo que hace que una mujer tenga a su lado un verdadero hombre (no un niño como el que yo solía “tener”), porque como dijo un no conocido mío “estamos destinados a aceptar el amor que creemos merecer”…