Colaboración por Leslie Garibay
Soy la chica de la sonrisa rota y mi alma se llama letras. Escribir es posibilidad.

Este vacío me recordará que conocí la lealtad, la humildad, la obediencia, la gratitud y el amor. Porque todo lo aprendí de ti.

Y de pronto te das cuenta de la fragilidad de la vida y de la finitud del tiempo. A pesar de que todo el tiempo escuchas frases para aprovechar el día y convivir con tus seres queridos, no haces caso. Importan, pero no se ponen en práctica. Después vienen sucesos como el de hoy y nacen arrepentimientos increíbles. Creo que el arrepentimiento, el dolor y la partida de alguien es la peor combinación que existe.

Hoy partió mi mejor amigo. El ser que me acompañó durante once largos años, que creció a mi lado, que vivió conmigo. Y es indescriptible. Sigo esperando que no sea verdad.

“Mañana le iba a cortar las uñas”, “últimamente no ladraba tanto”, “ni siquiera me fijé cómo estaba cuando llegué de la escuela”, “no dio ningún aviso, ni siquiera sé a qué hora murió”. Todos los pensamientos giran a mi alrededor, me atormentan.

No quiero realmente pensar en ello, porque ya duele bastante. Duele darse cuenta de que ya no está aquí. Duele ver su cuerpo rígido en su cama. Duele no haber podido cerrar sus ojos. Duele imaginar el último instante de su vida. Duele darse cuenta de que no fue la única vez que no estuve para él. Duele recordarlo el primer día que estuvo en la casa, mordiendo aquel viejo tapete.

Quién iba a decir que ese pequeño perro me traería tanta felicidad. Lo amé desde los primeros momentos, claro que sí. Tenía apenas semanas cuando llegó a casa. Creció y jugamos y salimos a pasear. Me lastimó y yo lo lastimé a él. Estuvo a mi lado cuando lloraba, lamía las lágrimas que caían por mis mejillas. Dormimos, nos acurrucamos, nos enojamos también. Él no soportaba que le quitara la correa ni que lo bañaran.

¿Dónde está ahora?

No mienten cuando dicen que el perro es el mejor amigo del hombre. Mi mejor amigo me enseñó la lealtad en su máxima expresión. Me enseñó a ser feliz con lo que se tiene, a ser agradecida.

Nunca voy a olvidar sus ojos llenos de alegría cuando sabía que lo sacaría a pasear. Ni su mirada llena de “gracias” cuando le lavaba su plato o le servía comida. Ni las maniobras que hacía para que lo dejáramos entrar a la casa cuando estaba castigado.

Nunca voy a olvidar cómo enseñaba los dientes cuando estaba enojado, ni el tono de sus ladridos ni los sonidos que hacía cuando brincaba emocionado.

Me quedo con el cuerpo saltarín y lleno de vida que fue todos estos años. Estarás siempre en mí, campeón. Te llevaré conmigo y me acompañarás siempre. El vacío que dejas hoy permanecerá para recordarme que fuiste real y que te amé, más de lo que hice, más de lo que demostré. Ese vacío me recordará que conocí la lealtad, la humildad, la obediencia, la gratitud y el amor. Porque todo lo aprendí de ti.

Mil millones de “gracias” no me alcanzarán jamás.

Pero, gracias, amigo.

Te amaré y recordaré siempre.