El hilo del destino nos tiene amarrados, bien fuerte, ya que dio varias vueltas por el mundo, se anudó muchas veces… pero es irrompible.

Lo conocí una primavera en un tumulto de adolescentes, yo estaba con mis amigas y en cuanto vi su sonrisa, mis brazos simplemente cayeron por la gravedad. La química fue instantánea y desde ese día nos hicimos inseparables. Nuestros noviazgo fue hermoso, intenso, divertido fue la primera relación seria y verdadera de los dos, conocimos a las familias, viajamos, descubrimos juntos por primera vez el amor de la forma más hermosa…

Cuando nuestros cuerpos se fundían cada segundo era eterno, no hubo un milímetro de piel que no nos conociéramos, ni había lugar en el planeta que no fuera un buen lugar para plasmarlo. Amábamos cada defecto, locura y manía del otro, nos pusimos apodos melosos y nos escribíamos interminables cartas de amor.

Casi al año, la euforia del fin del secundario, sumado a insistentes malos consejos. Todo empezó a carcomer mi cerebro; insistiendo en que para el amor había mucho tiempo, fui débil y me convencieron, me volví fría como la nieve, tanto que tiré todo por la borda un helado día de invierno, sin dar demasiadas explicaciones. Me cambiaron oro por espejitos y ocuparon mis días para que no lo recordara.

Pasó la euforia, y acabé descubriendo que no había valido la pena, pero ya era tarde… nunca tuve el valor de mirar atrás,  sabía que había dejado un corazón desolado y un tendal de miseria de mí misma expuesto ante personas maravillosas que no hicieron más que darme alegrías. Fui cobarde y con la cola entre las patas seguí con mi vida.

La adolescencia había quedado atrás, y con ella: él… mi primer amor… encerrado en una burbuja para que no se manchara con la vergonzante y miserable actitud que tuve, preferí recordarlo así, como lo más dulce y tierno que había tenido y amado. Punto. Nada más. Iba a guardar por siempre ese selectivo recuerdo.

Los años comenzaron a correr, conocí a un hombre, me casé y tuve hijos,  había formado una hermosa familia, en fin, todo parecía estar en orden. Cerca del quinto aniversario, mi matrimonio se vino a pique. Ya no era feliz, me vi sola en una relación dificilísima.

Me deprimí, añoraba reír, extrañaba que me quisieran, deseaba ser mujer además de madre y sentía que tenía por lo menos 20 años más de lo que decía mi identificación. Recuerdo que cada noche imaginaba cómo habría sido mi vida si muchos años atrás hubiera apostado al amor, si hubiera sido un poquito más valiente y menos egoísta.

Poco más de diez años me separaban de la que una vez fui, hasta que un día como cualquier otro, me enteré que él me buscaba… como por arte de magia, me volvió al cuerpo una adrenalina que creí extinguida, y avivó una mariposa moribunda en el  rincón más olvidado de mi estómago. Me buscó hasta que me encontró… -Hola! ¿Te acuerdas de mí? -Decía su mensaje. Y ese fue el inicio, la génesis de lo que yo llamé el revivir de mí corazón.

Y así empezamos a escribirnos cada día, sin excepción, recordando ese amor tan increíble, mi corazón había guardado cada minuto, palabra y caricia, como si hubiese sabido que el destino volvería a ponerlo en mi camino. Le expliqué los porqués sin mentiras ni rodeos, temiendo que fuera peor, pero no le importó, simplemente pasó desapercibido, era tan fuerte la alegría de habernos encontrado que viajamos juntos al pasado, ¿Quién dijo que la máquina del tiempo no existía?, volvimos a ser dos adolescentes enamorados, ¡como antes!

“Te sigo amando”, leí una vez, “yo también te amo” fue mi respuesta,  y no hizo falta nada más, ya estaba escrito. Y así, jugamos a enamorarnos, conscientes de que esperábamos cosas muy distintas de la vida porque cada uno tenía en ese entonces una pareja, una vida formada, pero continuábamos, sin importar lo que pudiera suceder, dispuestos a jodernos la vida de la forma más hermosa, sólo por sentir ese amor en nuestras venas otra vez.

Hablábamos mucho, supo siempre decir la palabra exacta en cada tristeza o preocupación que yo tenía, se convirtió en mi confidente y mejor amigo, y la vida de cada uno seguía su curso.
Soñábamos con vernos, era el próximo paso, pero parecía tan lejano. Nos sorprendimos planeando nuestro encuentro, habían pasado dos años ya desde aquel primer mensaje. El plan no era fácil: incluía viajes, mentiras, coraje, riesgo de perderlo todo y ni así lo dudamos un segundo; pusimos una fecha. Fue día muy frío, casualmente como aquel en el que lo abandoné, todo se daba para que fuera perfecto, mi hermana estuvo ahí para ayudarme, todo estaba listo.

-¿Estás lista?-, me dijo por teléfono. -Estoy lista, en 5 minutos te espero -le dije. Vi a lo lejos las luces de un auto, ¡tenía que ser él! Se detuvo y empecé a correr no podía esperar más, él bajó y extendió sus brazos, ¡Sentía que llegába a las puertas del cielo! Nos fundimos en un abrazo eterno, todo a nuestro alrededor desapareció, literalmente,  no podía ver más allá de sus hombros, nuestras caras tenían la sonrisa más grande que podían expresar.

-Hola mi amor, te extrañé…. -le dije, nos dimos un beso, suave, etéreo, inefable y empezamos la aventura tan esperada. -Estás igual, hermosa como siempre esos ojitos- Me dijo tocando mi rostro, ¡No lo podía creer! Soñábamos con ese momento desde hacía más de 10 años y estábamos ahí… cara a cara otra vez.   

Nos detuvimos para ir a un bar, comenzamos a caminar y tomó mi mano, me sentía tan feliz, tan segura a su lado. Bailamos, tomamos unos tragos y el deseo no se hizo esperar, entre tanta gente sólo podíamos mirarnos, y ardernos en esos besos incendiarios que el amor provoca.

A mitad de la noche nos esfumamos del alboroto, necesitábamos calmar esa sed. Ya en silencio, nos dejamos llevar, éramos uno al fin y sin pudor alguno, me atrevo a decir que, para mí, la mejor sensación es esa, la de sus labios sobre mi cuerpo, la de sus besos sobre mi piel, la de sus manos en mi cintura y la de todas esas acciones que en cuestión de segundos hacían que perdiera completamente la cordura.

Nos amamos hasta el cansancio, reímos, lloramos y nos dormimos abrazados hasta el amanecer. Hubiese dado cualquier cosa para que el tiempo se detuviera aquella noche, pero el sol insistía en salir, y había que volver a poner los pies sobre la tierra, después de todo sabíamos que nuestro amor sería así; hermoso y cruel, dulce y amargo a la vez.

Desde el primer mensaje, mi vida cambió de color. Volvía a ser yo, él me trajo las ganas de vivir, sin saberlo quizás, me devolvió el optimismo, la alegría, las ganas de ponerme metas y objetivos nuevos y de disfrutar de mis días.

Después de vernos la cosa se tornó difícil, (más para él que para mí, al fin y al cabo mi matrimonio seguía igual) vivir mintiéndole a su pareja era algo que ya no podía sostener,así que decidimos distanciarnos, para poder enfocarnos de nuevo pero con la promesa de volver sí su relación no funcionaba. Nos habíamos dado alas, sabiendo que no podíamos volar. Aunque en la distancia sabía que en algún lugar del mundo, él pensaba en mí,  y me amaba, eso me mantenía siempre a flote.

Un año después volvimos a escribirnos y nada había cambiado, el amor seguía intacto sólo que desde ésta vez, él tenía que ser más cuidadoso, tirarse de cabeza a mi amor resultaba peligroso.
Siempre tuvo esa capacidad de hacerme sentir amada, incluso siendo distante, con la cara llena de dudas o la boca llena de mentiras.

Al día de hoy, han pasado más de 5 años desde el primer mensaje, incluso nos vimos un ratito hace poco para charlar y tomar una cerveza, ¡ay! amor imposible, amor paciente e infinito, nos necesitamos de cualquier forma, pero cerca siempre para nunca olvidarnos. Nos llevamos en el bolsillo como una moneda, como un amuleto, siempre para el otro ante una emergencia de amor.

Teniendo tantos lugares donde perderme sigo acá, eligiendo perderme en nuestro amor que no parece de este mundo, trasciende el tiempo, es casi perfecto. Casi, porque la gloria fue conocernos esa primavera hace más de 15 años, en una noche que duró cien vidas. Lo amo sin final a la vista.

Hemos tenido que pactar una tregua con el tiempo, para esperarnos sin recibir nada a cambio, para soñarnos, sin la ansiedad de abrir los ojos y vernos.

Amor sin caducidad, sin días que contar, como todo lo que se ama para siempre.

El hilo del destino nos tiene amarrados, bien fuerte, ya que dio varias vueltas por el mundo, se anudó muchas veces… pero es irrompible. No sabemos ciertamente cuándo se dignará a juntarnos definitivamente, lo único que sé,  es que él es mi otra mitad, mi complemento ideal, mi compañero perfecto. Corazones que deben resistir, sin desesperar. Porque como dicen; lo mejor siempre tarda en llegar, así asumo que lo que está por venir para nosotros es increíble.

Él es mi amor, y me espera, yo soy su amor y lo espero para ser feliz, en ésta vida o en las que siguen.