Colaboración por Don Gato
Odia todo y a todos. Vive para exigirle mimos a su dueño y para ver películas o series. Hace críticas y se cree mejor que cualquiera.

Iba preparado para salir con la cabeza confundida, pero sinceramente, explotó.

Sabemos de sobra que las películas de Darren Aronofsky (“Requiem por un sueño” y “El cisne negro”) no son para sentarte en el sillón y disfrutar de unas buenas risas con tus amigos. Todo lo contrario, siempre te dan ganas de vomitar, te sientes mal contigo mismo y odias a la humanidad. Son una explosión de sentimientos que no sabes cómo controlar y que quizás aborrezcas. Es por eso que el cine de este director no tiene un término medio: o lo odias o lo amas. En mi caso: me encanta.

Por eso es que fui más que preparado para ver la nueva cinta “mother!” en la que, por cierto, eligió un elenco excepcional. Pero, a diferencia de las demás experiencias, mi preparación estuvo lejos de ser suficiente.

Paramount Pictures

Javier Bardem es un poeta en busca de inspiración que vive en una casa de ensueños con su mujer Jennifer Lawrence. Ella reconstruyó la casa desde cero luego de que, en un incendio, su marido perdiera todo. Ambos tienen un día a día completamente normal a excepción de Lawrence que suele escuchar un corazón al otro lado de las paredes (normal ¿no?).

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Sin embargo, un día escuchan la puerta cuando están a punto de acostarse. Es un extraño (Ed Harris), un doctor (porque en esta película no existen los nombres propios) que dice que le recomendaron la casa porque tenía habitaciones disponibles. Lawrence de inmediato entra en pánico, es un hombre que no conoce. Pero Bardem lo invita a pasar y esa invitación es la invitación al infierno.

Empiezan a llegar los visitantes, empiezas a sentir el pánico y el paraíso libre de tecnología y parecido a un Edén, se comienza a caer. Es inevitable pensar por qué diablos Lawrence se siente tan amenazada y por qué sus visitantes son cada vez más confianzudos y salvajes (sabrás por qué digo salvajes cuando la veas, pero en serio, salvajes).

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Las actuaciones de Lawrence, Bardem, Harris y Michelle Pfeiffer (esposa de Harris en la película), son realmente impecables. Cada frase y diálogo son perfectos para generar la tensión, miedo y duda que el director quiere provocarnos. Y todos merecerían un Oscar por su interpretación.

La fotografía es hermosa, con colores pasteles para hacerte sentir en paz (sí, claro) y el sol entrando en cada mañana que la cámara se digna a mostrar. Mientras que en la noche, vemos primeros planos del rostro Lawrence y sientes que se viene lo peor.

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Entonces ¿dónde diablos está el problema? Más que problema, el límite. Porque quizás a Aronofsky alguien le debería haber dicho que sí había un límite para que esta cinta fuese la más rara que jamás hayas visto. Y de verdad que lo había.

La primera hora del filme estás incómodo en tu asiento y, extrañamente, te va gustando cada detalle de lo que ocurre. De hecho no entiendes por qué todavía quedan 60 minutos más de cinta, qué rayos va a pasar. Hasta que tocan el timbre otra vez y te vuelves a sentir mareado, con ganas de vomitar y con intenso dolor de cabeza (eso sí que es recurrente en toda la película).

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Porque si lo que pensaste que habías visto era extraño, no habías visto NADA. La segunda parte toma un giro completamente extremo y tus sueños más salvajes ni siquiera se podrían comparar a lo que aparece en la pantalla grande. Si diera un adelanto del mínimo detalle, estaría arruinando la experiencia más rara que tendrás en tu vida (y no, no quieres que te la arruine).

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Y claro, ahí es cuando todo comienza a perder un poco de sentido y vemos cosas que quizás podrían haberse ahorrado perfectamente porque en serio, EN SERIO. En ese momento la obra maestra de Aronofsky se desvirtúa y te quedas con el ceño fruncido intentando entender qué rayos acabas de ver.

 

No puede decirse bajo ningún aspecto que es una película mala, porque la verdad es que está lejos de serlo, pero alguien debería haber detenido los impulsos creativos de Aronofsky antes de que fuera demasiado tarde para nuestros cerebros (y de que pusiera todas sus ideas en los últimos 40 minutos de la cinta).

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No obstante, deja un claro mensaje: el ego de un artista hoy en día es más fuerte y potente que cualquier otra cosa, incluso el resto de la humanidad. Y lo más importante: no conoce límites.

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Aún no sé si entendí de qué se trata y quizás tenga que reflexionarlo por años pero tengan claro esto: a esta película o la amas o la odias y yo no sé donde diablos me encuentro.