Hay más encanto en una respuesta espontánea, en una risa, en una lágrima, en una decisión difícil…

Una vez mi madre me dijo: la belleza es darte el permiso de ser feliz, de vivir. Claro, a los 16 años eso no me hacía sentido. Ser bella era ser delgada, tener el pelo largo y sedoso, medir mi cintura y querer abrazarla con mis propias manos. Pero de a poco fui comprendiendo eso que me parecía tan abstracto. Que hay más belleza en una respuesta espontánea, en una risa, en una lágrima, en una decisión difícil. Hay más elegancia y encanto natural en eso, que en un cuerpo bien definido.

Comencé a admirar a ciertas mujeres por su encanto natural. Por su falta de apego a las convenciones sociales. Por su estilo único. Porque su autoestima era el mejor antídoto, era lo que las hacía sentirse (y verse) tan atractivas durante todo el día. Y me decía que de grande me gustaría ser como ellas: femeninas, confiadas y optimistas. Hoy, creo poder decir que lo he logrado. Que me parezco a ellas. Que incluso huelo como ellas: huelo a mujer. Porque ya no persigo ese ideal de belleza tan vacío. Hoy persigo otro.

Es el poder de sonreír luego de haber llorado. De darte cuenta de todo lo que has vivido, de lo que aprendiste y lo que te queda por vivir aún. La belleza es esa fuerza que tuviste para salir adelante, es esa constancia con la que buscas tus sueños y tu propia felicidad. Es esa sonrisa que aflora en tus labios cada vez que logras lo que te propusiste y cada vez que recibes ese cariño que te encanta. Es esa fuerza con la que defiendes lo que piensas, y con la que luchas por lo que amas.

Son todas esas huellas que te quedan, que te enseñaron, que te hicieron la mujer fuerte que eres hoy en día. Son esas cicatrices que quedaron en tu piel desde pequeña. Son esas ojeras que te quedan luego de una larga noche de desvelo recordando todo lo que has vivido.