Colaboración por Roberto Drazich
Me declaro inmensamente feliz. Me declaro un agradecido de Dios, de la vida y de la gente que me rodea. Me declaro amante de mi trabajo, de la fotografía, de la naturaleza y la libertad.

A medida que vas andando y andando, te das cuenta de todo lo que llevas de más. Igual en la vida.

Gonzalo del Carril, un gran amigo y fotógrafo de Buenos Aires que conocí en Cuzco, Perú, me dijo una vez: la mochila no es algo que te pones, es algo que te sacas. Me quedé pensando en esta frase por mucho tiempo. Es algo que sólo los mochileros pueden entender.

Cuando decidí hacer mi primer viaje a la deriva tenía 22. Mi vida hasta ese entonces había sido casi ideal. No había conocido la pobreza, la tristeza, la injusticia. Pero tampoco había conocido al mundo, a mí y tampoco la gloria de vivir. Inmediatamente después de dar el primer paso fuera de mi casa paterna donde vivía en ese entonces, se abrió mi mundo sin saberlo, y hoy soy consecuencia de aquel paso y de mi andar.

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Entre creyendo y no en el destino, la vida se desenlazó en algo fantástico. Creyendo que a veces soy parte de mi esfuerzo y a veces creyendo que ya está todo escrito. La felicidad plena llega cuando te escuchas y no hay forma de escucharse en la famosa zona de confort. Por eso es necesario partir. La vida, atada a varias leyes universales te da y es cosa de creer o reventar: te da lo que deseas con todas tus ganas.

Por eso es muy importante estar conectado con uno mismo, para entenderse. Vivimos en mundo lleno de ruidos, contaminación visual y sonora, ofertas y demandas que nos sacan de eje. Y sobre todo con muchos parámetros y paradigmas sociales. Cuando te pones tu mochila para viajar, dejas todo lo que no te entra ahí y te vas. Pensando que te faltan muchas cosas ahí adentro. A medida que vas andando y andando, te das cuenta de todo lo que llevas de más. Todo lo que tienes que te sobra que es prácticamente innecesario y empiezas a dejar. A vivir de un modo menos material.

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La vida pasa a ser de compleja a sencilla y empiezas a gozar del agua caliente de tu ducha, del agua de tu grifo, de tu heladera llena de cosas y de las sábanas limpias. Te das cuenta del valor de tus amigos, de tu familia y de tus costumbres, que hacen que seas quien eres. El mundo tiene mucho por enseñarte pero tú también tienes mucho para enseñarle al mundo. ¡Sí! Tienes muchísimo para enseñar, somos seres únicos e irrepetibles y no hay ningún manual para entender al ser humano.

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Somos únicos queriendo ser uno más. Eso nos confunde, nos hace vivir incómodos y vemos todo desde un punto de vista subjetivo porque perdemos autenticidad. Quienes me conocen saben que no soy amigo de los consejos, como dice Drexler: no es bueno darlos, ni recibirlos. Cada uno se debe escuchar y viajar más que alas te da oídos, oídos para escucharte. Viajar es maravilloso, es necesario, no hay forma de dejar este mundo sin conocer la magia del Machu Picchu, la majestuosidad del Taj Majal, la inmensidad del Amazonas, los canales de Venecia, comer tacos en México, mirar las estrellas en el Sahara, tomarte un Chang en una isla paradisíaca de Tailandia y cuántas cosas más. Señores, señoras viajar con tu mochila pero ligero de equipaje es la expresión máxima de la vida. Una vez alguien me dijo: “Un viaje es un aljibe donde siempre vas a sacar agua”. ¡Salud!