Colaboración por Katia Anais Badillo Hernández
Siempre me fijo lo que no se escribe, lo que esta entre lineas, pues a veces es lo más importante.

Ni la más dolorosa ruptura podrá detenerte.

Estás acostada, observando el techo blanco, suave y con un poco de polvo, tus ojos examinan detenidamente las cosas de tu habitación, es lo mismo de siempre o ha sido lo mismo desde los últimos 5 meses. Sigues en la misma posición, boca arriba, con una mirada perdida en la nada.

En tus adentros, piensas en todo y al mismo tiempo en nada. Te llevas las manos a la cara, pasándolas por la frente, cerrando tus ojos, siguen bajando y las regresas al lado de tus caderas. Es en ese momento donde te vino un recuerdo que perturbó tu mente, pasando un pequeño escalofrío por tu cuerpo, tu corazón comenzó a latir un poco más rápido.

Tus ojos son una pequeña televisión de tu vida. Aún no mueves ni un dedo, recuerdas esos días, esas noches, tardes, las llamadas, los mensajes, las caricias, las risas, las promesas, las que nunca se cumplirán, te muerdes los labios y aprietas muy fuerte tus manos. Eres fuerte te dices a ti misma. Lo estás viendo todo.

Te mueves hacia el lado derecho, acomodando tu cuerpo en posición fetal. ¿Ahora qué piensas? Piensas en todos esos días que tu cabeza ha estado tan mareada, tardes que no pruebas ni un bocado, que no contestas un sólo mensaje. Por más que trataste, una diminuta lágrima se dejó caer por tus mejillas chocando con tus sábanas rojas. “Eres débil” te gritas a tus adentros, mientras limpias con tu mano derecha la marca que te ha derrotado.

Sabes perfectamente cuál es el problema y cómo resolverlo, pero sigues igual. Tu mente es invadida por una serie de imágenes que no han podido salir de tu cabeza. Te dejas caer, tu barrera se derriba rápidamente y al mismo tiempo las lágrimas cubren tus mejillas. Es terrible, piensas, es horrible y espantoso cómo una persona que hacía tus días tan felices ahora te tenga tirada en tu cama. Prendes la música, pones los articulares en tus orejas y pones play.

“Maldita sea” te dices. Esa canción que tu reproductor tenia lista para hacer la agonía más larga. Diriges la mirada hacia tu ventana y ves un destello de luz deslumbrante. ¡Basta! Limpias tu cara con las mangas de tu sudadera negra y recuerdas lo que tanto te decía tu mamá cuando estabas triste: “puedes llorar en las noches pero siempre al día te pintas las pestañas y sigues adelante”. Una fuerza que salió de quién sabe donde te ayuda a levantarte.

Das un giro por la mitad, tu mirada es directa hacia la puerta, estas ahí, otro insensible recuerdo llega, pero éste es un poco más verídico. Fue apenas hace unos días, sientes que la vida ha caído, se desvanece frente a tus ojos, llenos de angustia e incertidumbre. Este es un sentimiento que muchas personas hemos sentido, la soledad después de perder a una persona a la cual le has dedicado tiempo y cariño. Pero ya no más, ya no se llora más.