Ese día te llamaría y entonces sí te diría que quiero una vida contigo.

Te diría que me encantaría meterme en tu cama y volver a despertarme a tu lado. Que no me importaría ir cogida de la mano contigo por la calle. Que el sol de tu ventana ha vuelto a tener un sentido para mí. Que los jueves por la noche tirada contigo en un sofá serían el mejor plan para cualquier día de la semana. Y que tu cuello ha vuelto a ser mi comida preferida. Podríamos cocinar juntos y sentarnos en tu balcón a fumar, como si allí fuera legal. Nos correríamos las calles de la ciudad subidos a nuestras espaldas y el día menos pensado nos diríamos te quiero con un beso en mitad de la calle. El cielo sería nuestro aliado para buscar excusas y estar juntos. Que los días que llueven, llueve más entre tus sábanas y los días de sol consiguen parecerse a estar entre dos palmeras en mitad de tu espalda. Viajaríamos a sitios que nadie va. Me dirías cosas que nadie más me dice. Y aunque a veces no nos entendamos, nos seguiríamos sonriendo cada mañana al vernos.

Te presentaría a mis padres y les diría que tú fuiste el culpable de hacerme llorar, pero también el que más me supo hacer reír. Conduciría miles de kilómetros para verte unos minutos y gritaría a quien hiciera falta que estoy contigo. Volveríamos a ver una serie juntos y nos aprenderíamos los números de teléfono de memoria para preguntárnoslos cuando fuésemos borrachos. Nos subiríamos a la azotea a escupirle a la gente que tiene una vida normal y nos comeríamos los dedos después de tocarnos. Nos coseríamos los huesos para no poder separarnos nunca más y nos tatuaríamos las coordenadas del sitio donde todo empezó. Empezaríamos de nuevo como empiezan las historias de verdad. Nos estrujaríamos y nos pellizcaríamos para saber que no estamos soñando y después dejaríamos que la magia volviese a colarse hasta en la más mínima parte de nuestro sentido común.

Te cogería la cabeza entre mis manos y te diría te quiero tantas veces como minutos han pasado desde el día uno en que te conocí. Tú lamerías mis heridas y sabrías abrazarme de tal forma que no doliese. Respirando en ese sitio de mi espalda donde empiezan los escalofríos. Rodeando los lunares que contaste para saber que soy yo. Investigando nuevos lugares que te vuelvan a impresionar o a enamorar.

Pero hoy no he podido olvidar que me engañaste y tú sigues siendo el mismo capullo que llama después de llamar a otra.