Colaboración por Estefanía Solís Arias
Como dicen por ahí... nada desarrolla más la inteligencia que viajar.

«El mundo es como un libro abierto. Quien no viaja, sólo ha leído la primera página».

Este día hay algo diciéndome que estoy lista para regresar al lugar donde inició todo y que ahora más que nunca extraño a mis seres queridos. Quiero verlos, abrazarlos, apoyarlos, pasar largas horas conversando y comiendo, recorrer las calles de la ciudad, ver qué tiene de nuevo a cuando me fui porque al salir de ahí recuerdo que por donde pasaba habían construcciones en proceso.

Puede que todo esto sea mi motor para retornar, sin embargo hoy desperté pensando que a veces lo que hace especial a un lugar no es el lugar en sí, sino las personas que están ahí, y aunque me encuentre en una ciudad llena de seres humanos, de paisajes coloridos, de lugares bonitos por conocer, me doy cuenta de que si no comparto esta aventura con esos seres queridos no es lo mismo.

Y es que soy de las personas que ha aprendido que la soledad es buena de vez en cuando, pero cuando se trata de explorar me gusta hacerlo más en compañía de mi familia, amigos o pareja imaginando todo lo que podríamos hacer juntos.

Entonces me pregunto yo misma, ¿para qué viajar?

Para darme cuenta de que de la ciudad de donde provengo viene mi historia, mis raíces, mis costumbres, mi cultura, para recordarme que parte de lo que soy es gracias a lo que he vivido ahí. Lamentablemente hay momentos en la vida donde no nos damos cuenta de todo eso, donde no aprovechamos el conocer cada sitio que existe en ese lugar y no es hasta después que no estás ahí que empiezas a valorarlo.

Viajar para darme cuenta de que a veces es bueno ir a ver un cielo diferente, respirar otros aires cuando en el anterior te sentías sofocada. Pero en sí lo que realmente te va a seguir levantando día a día no es el lugar a donde vayas, sino la fortaleza que tienes en ti mismo para seguir caminando, para seguir luchando por estar bien, para recuperar todo aquello que habías perdido. Como dice la película Alma salvaje, “porque todos los días el sol sale y se pone, sin embargo depende de ti poder verlo”.

Viajar para probarme a mí misma de lo que soy capaz de hacer y de aguantar, para conocerme más, para desarrollar todo aquel aspecto en mí que necesitaba, como la paciencia. Porque en un lugar tan grande, en donde las horas vuelan como los pájaros, en donde las distancias son cortas pero largas por el tráfico y los transportes públicos parecen hormigueros, así como en donde el andar en las calles están llenas de personas tratando de sobrevivir día con día, te das cuenta de que lo que queda no es apresurar el momento, sino simplemente vivirlo.

Viajar para darme cuenta de que la vida no es un libro escrito, que las cosas cambian constantemente y que lo planeado a veces no resulta, que es bueno tener planes en el futuro, pero es mejor vivir en el presente, observando el panorama de lo que quieres, necesitas y te conviene más en ese día.

Viajar para en ocasiones disfrutar estar sola pero otras veces preferir estar acompañada. Algunos días te sientes a gusto y feliz por pensar en ti realizándote, pero otros días te sientes triste y extrañando, recordando personas, momentos y deseando por un instante estar ahí.

Viajar para darte cuenta de que en un lugar tan grande habitado por miles de seres humanos al final del día sólo quedas tu entre la multitud disfrutando del panorama.

Viajar para vivir experiencias duras, porque vienen verdades que compruebas. Te das cuenta con quien cuentas realmente a distancia, quien siempre estará en la mayoría de los momentos que lo necesitas. Por igual comprendes que con la libertad viene la independencia y cuando estás dispuesto a vivirla con gusto tienes que cuidar de tu bienestar, tienes que conseguir un trabajo para seguirte manteniendo, porque aunque cuentes con el apoyo de tu familia, aunque tengas dinero ahorrado sabes que todo se acaba un día. 

Viajar para estar en dos trabajos, dos lugares diferentes, de los cuales aprendí que para llegar hacia donde quieres estar tienes que saber exactamente qué deseas. En donde las emociones son un sube y baja, en donde me tuve que confrontar a mí misma, diciéndome que regresar al mismo lugar de antes no es poner un pie atrás, que retroceder no es sinónimo de fracaso. Si no que regresar a donde comenzó todo es más bien seguir continuando por ese camino, acercándome cada vez más a lo que deseo. 

Viajar para conocer personas nuevas, aprender de su idioma, de su cultura y de su forma de vivir. Unas que otras se integran más en tu vida pero que gracias a que comparten buenos momentos crean una bonita amistad que siempre recordarás. Y es en donde te das cuenta que el destino pone a muchas personas en tu vida, pero sólo las mejores permanecen para siempre.

Viajar para hacer lo que yo quiera, sentirme libre y actuar bajo mi propia responsabilidad. Para enfocarme en mí misma y en lo que quiero, simplemente viajar para recobrar lo que había perdido, mi paz y mi felicidad.

Viajar para ver que hay un mundo por conocer, por recorrer, para darme cuenta que aún tengo mucho por hacer y por aprender, que a veces las cosas no serán sencillas, pero quién dijo que las serían, por eso nos tenemos que esforzar si realmente ambicionamos algo.

Así es como viajar cambió mi vida y me ayudó comprender que al final de esto también se trata, de pasar por momentos difíciles, por trabajos, por relaciones y simplemente por experiencias que resultaron no ser lo que esperábamos, pero que al final del camino nos ayudaron a descubrir qué es lo que queríamos, acercándonos cada vez más a lo que queremos llegar a ser.