«Te admiraba mucho, pero todo lo que queda ahora es pura decepción…».

Todo comienza con un pequeño y simple gracias, que tiene miles y miles de significados. Gracias por tus consejos. Gracias por tu apoyo. Gracias por tu cariño, en verdad lo valieron. Gracias por no estar ahí. Gracias por no entenderme. Gracias por no buscarme. Gracias por demostrarme que me quedé queriendo sola.

Fuiste valioso. Me mostraste que eras una persona en la que se podía confiar y, aunque al principio no quería hacerlo, lamentablemente caí en eso y no lo pude evitar. Caí en tus manías y en tu risa. Caí en tus historias y caí en tu alegría. Caí en tus chistes y caí en tu bondad.

Pero siempre hubo algo. Siempre hubo ‘eso’ que no se habló, que nunca me contaste. Lo malo es que confié en ti. Lo malo es que creí que sí me decías todo y nunca fue así. Qué tonta. Qué tonta fui al creer tal cosa. Pero así es la vida. Así se aprende. Y creo que seguiré saliendo lastimada hasta que aprenda.

Te admiraba mucho, pero todo lo que queda ahora es pura decepción. Casi no creo cómo mentiste, casi no creo cómo me engañaste tan fácilmente… como a una niña pequeña.

Gracias por la lección. Dolió pero aprendí. Aprendí que no en cualquiera confías y te desahogas. Aprendí que todos me van a lastimar alguna vez en la vida, unos más temprano que otros, porque nadie es exactamente como quieres que sea. Todo el mundo cambia. Y nadie es perfecto. Aprendí a aceptar y entender eso.

Tu inmadurez me ha dolido bastante porque te apreciaba. Porque eras mi amigo y te quería mucho, pero al mismo tiempo me ha enseñado muchas cosas y, lamentablemente y aunque me duela, eso es lo mejor que saqué de ésta relación.

Todo tiene un motivo. Todo tiene una razón. Y, al final, todo obra para bien.

Gracias.