Colaboración por Desireé Bianchi
Amante de lectura. Mujer enamorada.

«Cada momento juntos era una eternidad, y al mismo tiempo, pasaba muy rápido cuando nos despedíamos para que cada uno partiera hacia su ciudad».

Nunca podía entender como hacían las personas que a la distancia establecían un amor que perduraba. Lo veía en las películas como algo muy lejano. No podía pensar en la idea de ver a dos personas amándose solo a través de cartas o conversaciones por internet. ¿Cómo harán para consolarse o sentirse cuando se necesitan? ¿Cómo harán  para no dudar el uno del otro?. Quería imaginarme un amor así como en las películas o cuentos de hadas; pero cuando lo pensaba bien (y después de todos mis desamores), sostenía, que eso no era para mí. En realidad había perdido la esperanza. Hasta que lo conocí a él.

Desde la primera vez que lo vi, descubrí un brillo especial en sus ojos; eso que hace especial a una persona en la primera impresión frente a las demás. Nuestro primer encuentro fue muy dulce así que no podía dejar pasar la oportunidad de seguir conociéndolo, aun así sabiendo el “riesgo” que correría si comenzaba una relación, ya que él vivía en otra ciudad.

El tiempo pasó; los encuentros se hicieron más frecuentes;  y me encontré con un joven maravilloso. No sabría decir cuándo ni porqué, pero me enamoré de él. En ese momento me sentí ante el gran reto de llevar adelante una relación a cientos de kilómetros de distancia (con todo lo que eso implicaba); aunque por otro lado sentía que renacía la esperanza de haber encontrado un amor puro y sincero casi soñado.

No verlo todos los días, no poder abrazarlo en las noches de frío, no poder compartir en presencia física cada uno de los momentos cotidianos de su vida, me erizaba la piel y me recurría a pensar: ¿Podré soportar seguir con esto? El solo hecho de estar lejos y vernos de vez en cuando, nos aumentaba el deseo y las ansias incontenibles por estar juntos. Esto se hacía tan fuerte que cuando nos veíamos, nos disfrutábamos con intensidad. Cada momento juntos era una eternidad, y al mismo tiempo, pasaba muy rápido cuando nos despedíamos para que cada uno partiera hacia su ciudad.

La distancia que nos tocó, fue la prueba más difícil para sostener la relación.

Aunque también fue la clave para consolidar un amor que hoy podemos compartir con quienes nos preguntan cómo sobrevivimos tanto tiempo a estar separados el uno del otro.

El amor que nació desde la distancia, generó en ambos, una confianza tan fuerte, que pudo unirnos aún más. El destino hoy nos une bajo el mismo techo y en la misma ciudad después de superar el desafío de amarnos a la distancia.