Por Maximiliano Díaz
17 julio, 2019

«Los niños no tienen noción ni conciencia de la muerte». Eso es lo que vive, de cierta manera, en el insconsciente colectivo. Los conocimientos más democráticos y traspasados de la psicología sobre la infancia, nos han dicho que los niños no pueden, por ejemplo, identificar las muertes tempranas. Apenas ellos reconocen que la existencia es efímera, y aprenden sus primeras lecciones sobre el duelo, suelen ligarlo, casi de inmediato, con asuntos como la vejez.

La enfermedad parece un relato viejo y alejado.

Garrett Matthias lo comprendió todo mucho antes. Tenía cuatro años cuando sus padres recibieron el diagnóstico: un extraño cáncer lo estaba matando. Su madre comenta  que la enfermedad comenzó de una forma extraña, y que el cáncer no fue lo primero que se les pasó por la cabeza: «Llegó a la casa desde el preescolar un día, y se veía como si hubiese tenido un ataque. El lado izquierdo de su cara se paralizaba cuando él sonreía».

Lo primero que hicieron los padres fue llevar a Garrett al doctor. El primer diagnóstico no fue severo. Dijeron que, probablemente, fuese Parálisis de Bell, un tipo de parálisis que debilita de manera repentina los músculos en alguna zona del rostro. Según los médicos, puede ser ocasionado como reacción repentina a un virus, y no suele repetirse. El rostro congelado es cosa de una vez. Pero comenzaron a pasar los días y el pequeño no mejoraba. Llegó septiembre. A pesar de estar controlándolo constantemente, los padres quisieron otra opinión. Un segundo diagnóstico arrojó Rabdomiosarcoma, un cáncer que atacó su hueso temporal y su oído interno. Si el cráneo está comprometido, el pronóstico se vuelve complicado. Después de una serie de exámenes, los médicos lo diagnosticaron como «inoperable».

Emilie, la madre de Garrett, conversó con su marido Ryan sobre el asunto. Ambos decidieron viajar cerca de 20 millas, desde Van Meter, Iowa, hasta el oeste de Des Moines. Les aseguraron que había una posibilidad de tratamiento en Iowa City.

Trazaron un plan para Garrett, los médicos determinaron que un programa de 54 semanas de quimioterapia, y seis de radioterapia eran la posibilidad más viable de destruir el cáncer. A esas alturas, aún no había echado raíces en el cerebro.

Garrett no solo se trató en el hospital, sino que también ganó una especie de fama interna. Hoy, doctores y enfermeras lo recuerdan por aber sido un bromista. Su frase característica, era responder «Adiós idiotas» cuando alguien le decía «See you later, alligator» (una despedida lúdica y reconocida por rimar, que podría traducirse literalmente como «hasta luego, cocodrilo»). En el hospital se hizo conocido con el apodo de «Garret Ropa Interior», porque odiaba usar shorts o pantalones. Según su madre, el pequeño soñaba con ser boxeador. Lo tenía todo pensado. Cuando llegara al ring, el presentador hablaría de un tan «Garret Ropa Interior».

Pero la gracia y el ingenio de Garrett solo aguantaron 30 semanas de quimioterapia. Para ese momento, tenía dolores de cabeza tan fuertes que no podía articular palabras. Según su madre, ya no había nada que hacer: «El cáncer se había movido desde el hueso temporal hasta el revestimiento de su cerebro, que es lo que regula el líquido cefalorraquídeo. Eso podía decirnos que el cáncer era resistente al tratamiento».

No había caso. Sacaron a Garrett del hospital. Uno de sus sueños era conocer Florida, así que pensaron realizar un viaje con la ayuda de la fundación Make-A-Wish, pero la enfermedad era demasiado seria. En lugar de ese viaje, decidieron ir hasta el zoológico de Omaha el mes pasado. Cuenta su madre que allá, Garrett conoció a los gorilas y lo pasó estupendo, pero el cáncer lo acortó mucho más de lo que pensaban: «Llegamos al zoológico el viernes en la mañana, y para el viernes en la noche, él ya no podía caminar». El cáncer había llegado hasta la columna.

Garrett murió el 6 de julio.

Pero, curiosamente, durante el tiempo en el que estuvo enfermo, no perdió el tiempo en compasión ni dudas (algo tan típico incluso en los adultos que uno lo creería común en cualquier niño). En lugar de eso, el muchacho se dedicó a pensar largamente en la muerte, y tener conversaciones muy extrañas con su padre. Él aseguraba que no quería un funeral triste, sino uno con un ambiente carnavalesco. Alegre. En su obituario, se puede leer: «Los funerales son tristes, quiero cinco caballos saltarines (porque tengo 5), un Batman y helado».

También tuvo una conciencia bastante peculiar sobre el cuerpo durante su enfermedad. A pesar de que no muchos niños de 5 años tienen conciencia sobre lo que es ser cremado, Garrett exigió que «quemaran» su cuerpo y lo convirtieran en un árbol. Así, podría vivir en el mismo lugar, el mismo cuerpo, cuando fuera un gorila. Según él, volvería de la muerte, en forma de simio, y «le tiraría caca a papá».

A lo largo de 10 meses, las retorcidas genialidades salieron de su boca sin parar. A pesar de que el ambiente de la enfermedad es melancólico, eso no le permitió realizar conexiones que pocas veces se habrán visto en un muchacho criado en un país laico.

En su obituario, que terminó recopilando casi todas las reflexiones de Garrett sobre sí mismo antes de morir, hay un apartado que habla sobre las cosas que más ama. Entre ellas, están: «Jugar con mi hermana, mi conejito azul, el thrash metal, Legos, los días en que mis amigos vienen a verme, Batman, y cómo me duermen antes de conectarme el cateter».

Esa clase de cosas hicieron que la familia de Garrett se cuestionase tremendamente su propia idea de lo que es la vida y la enfermedad. En algún momento, Garrett le habló a sus padres sobre sus superhéroes favoritos. Ellos lo escucharon pacientemente, y terminaron por hacerle caso, también, en sus ideas anteriores sobre lo que él quería para su funeral. Su abuelo terminó construyendo un bote ceremonial adornado con un escudo que Garrett recibió de regalo. El bote se puso en el estanque de un vecino, mientras un arquero disparaba una flecha encendida al cielo. El resto fue todo como el pequeño lo planeó: caballos, helado y superhéroes. Es extraño pensar en la muerte como una especie de celebración, y mucho más cuando esta involucra a un niño.

Ahora, sus padres se preparan para cumplir su última voluntad

 

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