Por Ignacio Mardones
23 febrero, 2016

«El corazón de Cristina se aceleró al máximo. De pronto, todo se le vino abajo y comprendió la gravedad del asunto».

Las relaciones de pareja son difíciles de llevar, sobre todo si uno tiene desequilibrios emocionales. Ramón y Cristina llevaban tres años de novios. Las cosas no habían sido fáciles, pero ellos seguían intentando mantener el amor. Les costaba mucho convivir. A sus 29 años aún seguían sintiéndose como unos niños. Cristina tenía una obsesión con su propia muerte y manipulaba con eso a Ramón para que aceptara sus caprichos. Las visitas al terapeuta no habían sido útiles y eso quedó claro 2 meses después de la última sesión, cuando el noviazgo se hizo simplemente insoportable.

Afortunadamente, ese punto de quiebre fue beneficioso para ambos. Lo que detonó todo fue una foto que Cristina recibió en su celular. Luego de eso, fue una persona distinta. A continuación puedes conocer más de la historia:

Levantarse junto al otro los hacía sentirse con ganas de vomitar. Los alegatos de Cristina comenzaban exactamente a las 7:44 de la mañana, cuando se ponía de pie para vestirse para ir a trabajar. Ramón seguía durmiendo y eso la ponía furiosa. Él no tenía culpa de nada: había conseguido un empleo de horario flexible y podía disfrutar de aquello. Sin embargo, ella no podía evitar sentir rabia de verlo cubierto con las sábanas y a veces roncando.

Las frases que despertaban a Ramón en la mañana, eran del tipo: “Odio esta casa”, “odio esta vida”, “odio mi trabajo”… E incluso más fuertes, como por ejemplo: “Me voy a matar”, “no quiero seguir con esto”, “sólo me gustaría dormir para siempre”. Cristina tenía una visión muy pesimista de la vida y eso iba contaminando también la relación de pareja.

Ya ninguno de los dos parecía tener fuerzas para arreglar lo que estaba mal. Sólo Ramón a veces hacía gestos de cariño, pero éstos eran nada a los ojos de Cristina. Los regalos, las salidas a comer, los pasajes para escaparse el fin de semana… Nada la entusiasmaba, y ninguno de los dos quería dar el paso final y decir simplemente: “Ya no podemos estar juntos”. Ramón sentía que no podía darse por vencido; en el fondo, estaba enamorado. Necesitaba recobrar a la Cristina alegre y entusiasta de antes, aunque eso pareciera imposible.

Cristina se había acostumbrado a hacer algo que a Ramón le dolía mucho. Cada vez que iban de compras y caminaban desde su casa al supermercado, ella contemplaba los edificios antiguos, muchos más hermosos que el suyo y decía: “Algún día me tiraré de uno de estos techos, buscaré el edificio más bonito de la ciudad, subiré al último piso y le diré adiós a todo”. Ramón sabía que lo decía en broma, pero aún así le dolía. No quería mostrar esos sentimientos y sólo atinaba a responderle: “¿Ya lo encontraste?, ¿encontraste el edificio más bonito de la ciudad? Espero que no, espero que camines con la vista en el suelo para que ese día nunca llegue”.

Cristina se reía, sabía que sus palabras causaban efecto y disfrutaba teniendo cualquier tipo de poder. No parecía capaz de ponerse en el lugar de otro. En el trayecto sólo lo miraba cuando él respondía: «Yo ya encontré mi edificio favorito, es ese de allá». Y señalaba uno antiguo, no muy cuidado, pero que permitía tener una buena vista de la ciudad. Incluso le tomaba la mano y la llevaba a ver su entrada. Se pegaban a los vidrios y contemplaban el interior. Ahí había casi siempre alguien barriendo el piso frente a los ascensores. El tipo los saludaba y luego ellos seguían su camino.

Todo colapsó un 4 de enero, para el cumpleaños de Ramón. Habían estado hablando de hacer algo para celebrar. Más que nada por seguir la costumbre. Sin embargo, Cristina no tenía los ánimos. Ella no le hizo ni la más mínima demostración de cariño. Se levantó e hizo su vida como siempre. Su novio no le ocupó la cabeza, el «feliz cumpleaños» que le dijo en la mañana fue lo único que le dedicó. Ramón sintió que estaba llegando al límite.

Cuando él volvió al departamento, había un plato de tallarines en la mesa. Sólo un plato porque Cristina ya había cenado. Él le dijo que esperaba hacer algo, pero ella se excusó diciendo que tenía demasiada hambre y que no lo pudo esperar. Él enrolló la pasta en el tenedor, dio 3 o 4 bocados y luego volvió a dejar el cubierto en la mesa. Se levantó de la silla, dijo que iba a ir a comprar cigarrillos y salió por la puerta.

Pasaron 15 minutos y Cristina recibió esta fotografía en su teléfono celular:

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El corazón de Cristina se aceleró al máximo. De pronto, todo se le vino abajo y comprendió la gravedad del asunto. Salió corriendo del departamento y fue hacia el edificio donde estaba Ramón. Golpeó las puertas y el hombre que solía barrer le abrió con cara de sorpresa. Llamó al ascensor y subió hasta la azotea. Lo que más deseaba era llegar a tiempo. Evitar una tragedia. Que no le pasara nada a su novio.

Cuando abrió la puerta estaba él sentado en la baranda, a salvo y sus ojos estaban fijos. Se miraron. Ella corrió hacia él y le dijo que no hiciera nada. De su boca sólo salieron disculpas, a la vez que lo abrazaba. Ramón estaba mudo, sabía que Cristina había reaccionado. Fue entonces que él también le pidió disculpas. Le dijo que no pensaba hacerlo, que sólo necesitaba que despertara porque no podía seguir viviendo así. Ella le agarró el rostro y comenzó a llorar. Ramón también derramó lágrimas y se quedaron así hasta que se encendieron todas las luces de las calles.

Al día siguiente se despertaron con una sonrisa. Ninguno de los dos mencionó lo que había ocurrido. Era sábado y desayunaron juntos. La conversación fue agradable. Por primera vez en mucho tiempo se tomaron de la mano.

¿Qué te pareció la historia? ¿Crees que lo que hizo el tipo estuvo bien?

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