Por Raúl Cobo
15 noviembre, 2016

Esta fue mi experiencia. ¿Tú lo harías?

Dicen que NO DUCHARSE es la nueva tendencia para reducir el cambio climático, al menos algunos famosos así lo creen; por ejemplo, Brad Pitt, Leonardo Di Caprio y Matthew McConaughey son tres confesos enemigos a esta, ya arcaica costumbre, de bañarse todos los días, ¡qué estupidez! Y bueno, si los actores lo hacen, habrá que imitarlos, ya que como bien sabrán, las celebridades salvarán el planeta, no así a Hilary Clinton.

No le avise nada a nadie, simplemente lo hice. Quería ver cuántos días pasaban sin que nadie se diera cuenta, creyendo nadie lo haría y así comprobar que ducharse es solo una costumbre social y que no hacerlo no implica estar sucio o algo así, esa era la idea.

Pese a que nadie me decía nada, yo si notaba que algo raro emergía de mi cuerpo; una acumulación de humedad que amenazaba con podrirlo todo, ¡sí! Se trataba del tradicional y poco ponderado olor a trasero. Recuerdo haber estado en la oficina con una ganas infinitas de pararme para ir al baño, pero sabía que si lo hacía, corría el riesgo de ser llamado a la oficina de recursos humanos por la propagación de olores poco saludables para el buen ambiente laboral.

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No soy el primero ni seré el último en dejar de bañarse, pero sí había una clara diferencia con respecto a quienes ya lo habían hecho. Claro, estando de viaje por un año o más es fácil dejar de ducharse, pero cómo hacerlo cuando todos los días debías levantarte para ir a tu trabajo, y al mismo tiempo, intentar llevar una vida social aceptable.

Pasaban las semanas y la verdad es que al principio me incomodaba esto de salir de mi hogar sin ducharme, era como si no me hubiese despertado del todo, por lo que debía consumir más café de la cuenta. Entrar al transporte público tampoco era agradable, aunque siendo justos, este iba tan lleno que podía pasar desapercibido, o al menos eso es lo que creía… hasta que pasados dos meses sentí el claro rechazo de una bella mujer que se había sentado a mi lado y que pasado unos minutos decidió levantarse para irse parada.

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En la oficina nadie mencionaba nada en los primeros días, o simplemente no querían decirme nada: «pensé que estabas pasando un mal momento, que quizás estabas sin agua en tu casa y me quedé callado», comentó mi compañero Ruben Peña tras enterarse de mi «aventura».

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Lo cierto es que al pasar ya dos semanas sin ducharme, no podía dejar de rascarme por todo el cuerpo, de forma constante e imprecisa. Pensé que ya habían garrapatas y todo tipo de insectos subiendo por mi cuerpo. La amenaza de los piojos también era evidente.

Estaba sucio, y sobre todo, me sentía sucio. Recuerdo haberme encontrado con un ex compañero de universidad en el supermercado, y ya saben, uno intenta de dar su mejor imagen frente a ese tipo de personas, y lo cierto es que yo después de despedirme de él me sentí algo avergonzado: «debió pensar que estoy atravesando mi peor momento», pensé.

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Como les decía anteriormente, traté de hacer mi vida social de la manera más normal posible, asistiendo a los cumpleaños y fiestas que así lo requerían. El primer fin de semana mi olor pasó completamente desapercibido, e incluso fui a una discoteca con mi novia y nadie notó nada, ni siquiera ella. Al segundo fin de semana sin ducharme, me comenzaron a llegar ciertas burlas: «Hace cuanto no te bañas», me preguntó un amigo. «Es que acabo de jugar un partido de fútbol», mentía. Por cierto, si jugaba fútbol y tampoco me duchaba, aunque eso ha sido desde siempre.

Repito, por mi cuerpo solo pasaba el agua que tomaba, más que eso. No es que me bañara en fuentes naturales, no tenía ninguna cerca; tampoco tenía algún tipo de spray con organismos que pudieran reemplazar la ducha. Simplemente estaba sucio día y noche.

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La primera en detectarlo de manera fuerte fue mi hermana, quien mencionó mi desagradable olor en el cumpleaños de mi sobrina. Mis otros parientes se sumaron al disgusto que le provocaba mi olor, y junto a ellos mi novia, a quien ya no le parecía divertido el experimento.

«No me importa, ya se van a acostumbrar» dije en el momento. «Ok, pero conmigo no cuentes, y mejor que ni te acerques a mis amigas o parientes, me da mucha verguenza», amenazó mi novia, ¿dónde quedó el amor?, pensé.

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Lo cierto, es que al segundo mes, ni mi novia, ni mis amigos y muchos menos mi familia se había acostumbrado al olor, excepto yo, y ese era el problema. «Se puede vivir sin ducharse y ser feliz», me decía a mi mismo todos los días, el problema es que solo yo era quien lo pensaba así.

A mis compañeros de trabajo también le comenzó a afectar el asunto.

«Trabajar al lado de Raúl era insoportable, todos lo comentaban en la oficina pero nadie quería decírselo a la cara. Pensábamos que quizás nuestra jefa se lo diría, pero ella no quería hacerlo por temor a que se tratara de un problema personal grave».

-Josefina Pizarro, redactora creativa, UPSOCL-

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No eran pocos en las oficina los que pensaban que me encontraba viviendo un momento psicológico muy fuerte, probablemente una depresión, y que por esa razón no me duchaba.

Mientras tanto yo seguía feliz por la vida, caminando como si nada, la gente me miraba extraño, sobre todo en esas colas que uno debía hacer en los supermercados o locales comerciales. No había nada de preocuparse; pronto se acostumbrarían… ¿o no?

No, nunca lo hicieron. Yo era el único feliz con el asunto, o al menos lo fui hasta que comenzó a subirme la fiebre una noche, era una gripe, nada más que eso, pero bien podía haberse provocado por no haberme duchado ni lavado durante ya dos meses.

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Al día siguiente me quedé en cama, la alta temperatura del día no ayudaba, creo que hacían 30 grados esa vez, estábamos en plena primavera. Al olor propio de no ducharse se sumo el olor a encierro de mi habitación. No hice más que transpirar y detestar mi vida durante al menos tres horas.

Como no dan licencias por falta de higiene, volví a la oficina como si nada, sin ducharme y peor que nunca. Era un zombie, tanto por mi actitud como por mi olor a descomposición. Ya no era divertido y no me sentía feliz; más bien, estaba avergonzado de mi mismo… pero, ¿qué importa? Estaba ayudado al planeta y eso era lo importante. Para mi lo era, y seguramente para gente como Emma Watson y Natalie Portman, ¿se fijarán ellas en mi ahora que no me ducho y por ende, soy un activista»

Quien no se estaba fijando mucho en mi era mi novia, quien básicamente me cortó hasta que no me duchara, ¡qué poca conciencia ecológica la de ella!

Mis amigos también comenzaron a sentir vergüenza de mí y me dijeron que no iban a salir conmigo por estar realmente asqueroso; seguramente, para los que estaban solteros yo era la perdición al momento de ir a cualquier lugar social. A su vez, comencé a ser ignorado por mi familia.

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La cuestión se volvió política, sí, era una postura ideológica esto de no ducharme. Seguramente en la Edad Media tampoco lo hacían, ni siquiera los señores feudales, princesas o caballeros y nadie decía nada; claro, vino la peste negra y esas cosas… ¡Basta de falsas costumbres sociales!, gritaba en mi mente. Podemos ser una sociedad sin duchas. ¡Lavarse es restringir nuestras libertades individuales!

Leonardo Di Caprio debe pensar como yo, creo, aunque me imagino que el no debe ir todos los días a una oficina y sus compañeros de trabajo no deben sufrir a diario con sus olores, porque los míos sí lo hacían y las quejas se hicieron llegar a las autoridades respectivas. Debía ducharme o literalmente iba a perder mi trabajo, y dudo que alguien me diera otro si seguía con estos olores, y sin trabajo no tendría dinero para irme a viajar por un año y más y así vivir más días sin ducharme.

Por lo demás, me volví a enfermar (gripe de nuevo) y pensé que quizás era bueno ir a un médico y preguntarle si era sano vivir sin ducharse. Él me hablo de numerosas enfermedades e infecciones, pero sobre todo me recomendó un psiquiatra…. Y sí, era el momento de parar.

Al día siguiente me duché y fue quizás una de las mejores sensaciones que he tenido en el último tiempo. Al salir, miré por la ventana y junto con sentirme con vida de nuevo reflexioné que no siempre hay que seguir las costumbres de las celebridades o de esa gente que puede darse el lujo de viajar todo el año; sabemos que ellos no son personas normales como nosotros, quienes debemos seguir duchándonos si queremos ser parte de la sociedad. Una lástima, pero así es la realidad.

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