Por Ignacio Mardones
25 enero, 2016

“Cuando era niño no entendía lo que sucedía conmigo ni por qué me habían puesto en una pieza cerrada. Me acuerdo que todo era negro… Yo soy al que llaman “el hombre que nunca ha visto el sol”.

Hay personas que han tenido que pasar por lo peor, vivir experiencias terribles, gente que siente que cada día es un infierno. La salud es frágil y nadie está libre de las enfermedades. A cualquiera le puede tocar tener que cambiar radicalmente su modo de vida por un problema de ese tipo. Pedro Sandoval tuvo que vivir gran parte de su vida en una pequeña habitación en la casa de sus tíos. Él padece de una extraña alergia al sol y la mínima exposición puede traerle consecuencias fatales. Ahora él ha hecho un relato sobre algunos hechos que le tocó vivir y aquí lo compartimos para que se conozca: 

Cuando era niño no entendía lo que sucedía conmigo ni por qué me habían puesto en una pieza cerrada. Me acuerdo que todo era negro. En todas las direcciones sólo había oscuridad. Yo podía tocar las marcas de las cicatrices en mi piel; sólo tocarlas, nunca verlas, y no tenía consciencia de cómo se habían originado. Hoy ya sé que son de cuando comenzó mi enfermedad, pero eso ya fue hace mucho. Intento retroceder en mi memoria, ver el sol de mis primeros meses, sin embargo ese pasado inicial, aunque haya tenido luz, me parece más oscuro que la negrura que vino después.

Mi nombre es Pedro Sandoval. Yo soy al que llaman “el hombre que nunca ha visto el sol”. No lo he visto porque no quiera, sino porque desde temprana edad se desarrolló en mí una fuerte alergia a su luz. Mi piel ardía incluso con los rayos tenues y azulados de la mañana. Mi familia no sabía que hacer. Por cosas de la vida, mis tíos se hicieron cargo de mí. Vivíamos en la pobreza y cuando se dieron cuenta de que mis brazos y piernas de bebé estaban terriblemente lastimados, no se les ocurrió otra cosa que confinarme a una habitación de herramientas que quedaba en la parte trasera de la casa. El lugar estaba medianamente arreglado y yo podía quedarme ahí sin necesidad de salir fuera.

Ellos me cuidaban, es cierto. Se preocuparon de alimentarme, de darme calmantes con el poco dinero que lograban conseguir. Incluso sellaron a la perfección la pieza que estaba destinada para que viviera. El tío Eugenio pasó semanas buscando agujeros y ranuras por las que podrían entrar esos sables de luz. Y lo logró, lo hizo todo bien. Quedó nada más que un pequeño orificio en la esquina del tejado por el que entraba un haz que era del tamaño de la yema de mi meñique. Ese haz de luz que podría haberme asesinado fue la única diversión que tuve hasta mi cumpleaños número 14. Fue entonces que me regalaron un televisor, las paredes se pintaron con los colores emitidos por la pantalla y yo pude entender lo que sucedía en el exterior.

Veía programas desde que amanecía (el haz de luz se situaba bajo una mesa), hasta la noche (cuando éste desaparecía entre bolsas de clavos). Sólo bajaba el volumen del televisor en el momento en que escuchaba niños y personas conversando cerca de la habitación. Esas conversaciones me parecían más interesantes que lo que mostraba el aparato. A pesar de que alguna vez quise participar, intervenir con algún comentario, nunca lo hice. Tenía miedo y sabía que podrían burlarse de mí o quitar de un manotazo alguna teja o plancha de lata de mi refugio.

Los años pasaron, yo me iba enterando de cosas gracias a mis tíos. Por ejemplo: de la boca de mi tío Eugenio supe que mi tía Elvira había muerto. Lo dijo muy triste, creo que nunca había sentido tanta tristeza en la voz de alguien. Luego me explicó que él tendría que mudarse y que estaba intentando buscarme otro lugar para que yo viviera. Los meses se hacían largos. Mi tío Eugenio me visitaba cada vez menos y yo comencé a pasar hambre. No quería decirle nada, sabía que vivía deprimido y que su situación económica estaba peor que nunca. El televisor dejó de funcionar. El haz de luz volvió a ser mi entretención principal; observaba a las hormigas que cruzaban por ese desierto diminuto y circular. Unas cargaban migas de pan, otras cargaban a sus compañeras heridas o agonizantes.

La semana que pasé cuatro días sin comer tuve un sueño revelador. Cerré los ojos y al instante aparecí en una zona blanquísima. Mis pies estaban congelados, corrían ráfagas que helaban la garganta y todas las extremidades. Era un ambiente desolado, muy duro, pero yo me sentía feliz. Seguí caminando, vi un pueblo, me dirigí hacia él, y cuando estaba en recorriendo sus calles comprendí que me encontraba en la Antártida. Antes de que el televisor dejara de funcionar había visto un programa donde explicaban que en los polos los días duran 6 meses y, así también, las noches. Yo paseaba en la oscuridad y la gente hacía su vida cotidiana; los niños iban a la escuela, las personas conversaban entre ellas. Entonces supe que yo podía ser uno de ellos. Ése era el ambiente propicio para que yo pudiera desarrollar mi vida. 6 meses de paz, sólo eso necesitaba.

A la mañana siguiente me despertaron unos golpes en la puerta. Eso fue extraño, porque mi tío tenía llaves y me hablaba para avisarme cada vez que iba a abrir la puerta para que yo me protegiera. Volvieron a tocar. No dije nada. De pronto la puerta se abrió súbitamente y la luz inundó la habitación. Una capa negra nubló mi vista y luego perdí el conocimiento. Desperté en otra sala negra. Una voz me explicó que era una sala de hospital. Quien me hablaba era un doctor. Me contó que mi tío había avisado de mi paradero y que él vendría a visitarme en algunas semanas.

En la actualidad sigo en esta sala de hospital. Han pasado casi dos meses. Las enfermeras son amables conmigo, me hicieron curaciones porque la luz dañó mi piel cuando botaron la puerta para rescatarme. Yo les dije que apreciaría mucho tener un televisor. Ellas se lo comunicaron al médico a cargo y él consiguió uno para mí. Ahora me han dicho que pronto quizás llegue otra persona con mi misma condición. Eso sería genial, compartiríamos pieza. Podría hablar con él sobre lo que es vivir así. Compartir experiencias, ver programas juntos. Pero más que nada me gustaría que llegara mi tío, tengo que contarle del sueño que tuve. Hay una oportunidad para mí. En los polos está la salvación. Voy a tener paciencia, la he tenido toda mi vida, soy experto en eso. Lo que más deseo es salir al mundo.

¿Qué te pareció la vida de Pedro? Esperemos que pueda lograr su sueño o que surja alguna cura para su padecimiento…

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