Por Alvaro Valenzuela
26 enero, 2016

“Di un gran suspiro, solté la mano de mi marido y me agarré con fuerza al teléfono. El sueño todavía nublaba mi mente y intenté luchar contra el pánico”.

La relación de los padres con sus hijos suele tener diferentes etapas muy marcadas. Durante la adolescencia los hijos suelen tener una época de rebeldía en que irán contra todas las reglas que sus padres les impongan. Hay algunos que suelen ir muy lejos y otros que simplemente aprenden la lección y crecen. En esta historia que está dando vueltas en las redes sociales, una mamá cuenta como recibió una llamada de su hija en la mitad de la noche y el resultado es impactante.

Todos sabemos qué se siente recibir una llamada en la mitad de la noche. La llamada de esta noche no fue diferente. No le hice caso hasta que los ruidos terminaron de molestarme y me concentré en la luz roja que iluminaba los números de mi reloj. Medianoche. Pensamientos de pánico repletaron mi mente dormida mientras descolgaba el teléfono.

“¿Aló?”

Mi corazón martilleaba; me aferré al teléfono fuertemente y miré a mi esposo que ahora giraba su cabeza hacia mi lado en la cama.

“¿Mamá?” Apenas podía oír el susurro a través de la estática. Pero mis pensamientos inmediatamente fueron hacia mi hija. Cuando el desesperado sonido de una voz joven llorando se volvió clara, agarré la muñeca de mi esposo y la apreté fuertemente.

“Mamá, sé que es tarde, pero no… no digas nada hasta que termine. Y antes de que preguntes, sí, estuve bebiendo. Casi me salgo del camino un par de millas atrás y…”

Di un gran suspiro, solté la mano de mi marido y me agarré con fuerza al teléfono. El sueño todavía nublaba mi mente y intenté luchar contra el pánico. Algo no andaba bien.

“Y estaba tan asustada. Lo único que podía pensar era cómo te heriría si un policía fuera a tu puerta y contándote que estaba muerta. Quiero…. ir a casa. Sé que haberme escapado estuvo equivocado. Sé que debes estar horriblemente preocupada. Debí haberte llamado días atrás pero estaba asustada… asustada”.

Sollozos de profunda emoción me llegaban a través del teléfono y se derramaban en mi corazón. Inmediatamente me imaginé la cara de mi hija y mis sentidos nublados estuvieron muy claro. “Creo que…”

“¡No! ¡Por favor déjame terminar! ¡Por favor!” Ella pedía no con rabia sino que con desesperación. Me detuve e intenté pensar qué decir y antes de que pueda seguir ella continuó. “Estoy embarazada mamá. Sé que no debería estar bebiendo ahora… especialmente ahora pero estoy asustada mamá. ¡Muy asustada!”. La voz se quebró de nuevo y me mordí el labio sintiendo como mis propios ojos se llenaban de lágrimas.

Miré a mi esposo que se incorporó silenciosamente y preguntó “¿Quién es?”. Yo negué con mi cabeza y al no contestarle el saltó de la cama y dejó la habitación. Volvió unos segundos más tarde con el teléfono portátil pegado a su oído.

Ella debe haber escuchado el click en la línea porque dijo: “¿Estás todavía ahí? Por favor no me cuelgues. Te necesito. Me siento tan sola”. Agarré el teléfono y miré a mi marido buscando una guía. “Estoy aquí, no colgaré”, dije.

“Se que debí haberte dicho, mamá. Pero cuando hablamos tu sólo me dices lo que debo hacer. Lees todos esos panfletos de cómo hablar de sexo y todo, pero todo lo que haces es hablar. No me escuchas. Nunca me dejas decirte lo que siento. Es como si mis sentimientos no fueran importantes. Porque eres mi madre piensas que tienes todas las respuestas. Pero a veces no necesito respuestas. Simplemente quiero alguien que me escuche”

Tragué el nudo que tenía en mi garganta y miré los panfletos que tenía en mi velador. “Estoy escuchando”, susurré.

“En el camino después que tomé el control del carro comencé a pensar en el bebé y cómo cuidarlo. Después vi esta cabina telefónica y fue como si te hubiera escuchado sermoneándome acerca de cómo no hay que beber y conducir. Así que llamé a un taxi. Quiero ir a casa”.

“Eso es bueno cariño”, dije mientras un gran alivio llenaba mi pecho. Mi esposo se acercó, se sentó a mi lado y enlazó sus dedos con los míos. Sabía que por su manera de tocarme que pensaba que estaba haciendo lo correcto.

“Pero sabes, creo que puedo conducir ahora”. “¡No!”, grité. Mis músculos se pusieron tensos y presioné fuertemente la mano de mi esposo. “Por favor, espera al taxi, no me cuelgues hasta que el taxi llegué para allá”. “Sólo quiero ir a casa mamá”, respondió ella.

“Lo sé. Pero haz esto por tu mamá. Espera al taxi por favor”. Escuché el silencio con temor. Cuando no la escuchaba responder me mordía el labio y cerraba los ojos. De alguna forma tenía que impedir que conduzca. “Ahí llego el taxi”, dijo.

Sólo cuando escuché a alguien en segundo plano preguntando por un taxi mi tensión bajo. “Voy yendo a casa mamá”. Hubo un click y el teléfono quedó en silencio. Me salí de la cama con lágrimas en los ojos y caminé hacia el pasillo para pararme en la habitación de mi hija de 16 años. El silencio era denso. Mi esposo vino por detrás me envolvió con sus brazos y puso su mentón en mi cabeza. Limpié las lágrimas de mis mejillas. “Tenemos que aprender a escuchar”, dije.

Me giró hacia él. “Aprenderemos, ya verás”. Después me tomó en sus brazos y yo puse mi cabeza en su hombro. Dejé que me tomara por un momento y luego miré hacia la cama de mi hija. Él me miró por un segundo y luego preguntó: “¿Crees que alguna vez sabrá que marcó el número equivocado?”.

Miré a nuestra hija durmiendo y después a él. “Quizás no fue un número tan equivocado”.

“¿Mamá, papá, que hacen?” dijo la voz joven de mi hija desde su cama y yo caminé hacia ella que ahora se encontraba sentada…

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