Colaboración por Daniela Pérez
Venezolana. Ciudadana del mundo. Pasión por la lectura directamente proporcional a la pasión por la escritura. Amante de los animales, viajes y libros. Laberinto de Serendipias

Te veía a los ojos, te abrazaba, te agarraba la mano, te besaba la frente, pero ya no eras tú

Crecí toda mi vida viéndote como un superhéroe, el invencible, el omnisciente y omnipotente; para tí no había trabajo demasiado duro, demasiado difícil, ni siquiera demasiado imposible. Para tí, conquistar el mundo sólo requería pequeñas cosas: esfuerzo, dedicación y amor… amor a toneladas. 

Incluso cuando crecí y me convertí legalmente en una adulta, agarrarte de la mano era sinónimo de sentirme segura, de saber que nunca ibas a dejarme caer. Con el tiempo empecé a notar que tus indescriptibles ojos miel se ponían opacos, que empezaban a perder la chispa que siempre los caracterizó. Me asustó mucho pensar que un día iba a fallarte la vista, porque verte vulnerable era una posibilidad que nunca había considerado. Pero nada podría prepararme, ni siquiera tu magistral enseñanza de vida, para lo que realmente estaba sucediendo detrás de tus ojos, en tu cerebro, en tu mente.

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@tkyantan99

Tal como ese par de lámparas color miel, tus pensamientos también se habían puesto borrosos, también habían sufrido el inexorable paso de los años. Empezaste a repetir frases, a preguntar demasiado, a olvidar hasta las cosas más simples, a ver cosas que sólo existían en tu cabeza. Yo sabía lo que te estaba pasando, pero con esperanza de estar equivocada, te llevé al médico. Ese día supe que había comenzado a perderte. 

En menos de nada, un tsunami de confusión te arrasó ante mis ojos y manos impotentes. A una velocidad demasiado vertiginosa como para poder adaptarme, comenzaste a irte. Te veía a los ojos, te abrazaba, te agarraba la mano, te besaba la frente, pero ya no eras tú. Esa enfermedad conocida como Alzheimer, empezó a quitarme a mi abuelo, a mi compañero, a mi otro papá, a mi amigo, a mi héroe, a mi cómplice y maestro. Supe que los papeles habían dado la vuelta; ahora tú dependías de mí, ahora tú eras el niño asustado viviendo en un mundo desconocido y extraño, ahora yo tenía que enseñarte cosas que tú me enseñaste a mí cuando era niña.

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Ahora era yo quien te hacía el avioncito cuando te negabas a comer, ahora era yo quien te ayudaba a caminar, quien te calmaba en las noches que tenías miedo de la oscuridad, ahora era yo quien te cambiaba los pañales y te contaba tu vida, las historias con las que tantas veces me dejaste maravillada. Aprendí a ser tu mamá, tu hermana o alguna de tus sobrinas… la señora María, Juana, Luisa o cualquiera con quien me confundieras. Aprendí a encontrar la felicidad absoluta en los escasos momentos de lucidez en que me mirabas a los ojos y me llamabas por mi nombre. Aprendí a sonreír frente a ti y enfrentar tu enfermedad con humor, y a llorar tu pérdida en silencio. Pero el Alzheimer no te robó tu magia; incluso cuando yo cuidé de ti, incluso cuando estabas perdido en el olvido y la confusión, tú me estabas dando la última lección, la más importante. En esos meses de agonía, me enseñaste de la forma más magistral y absoluta cómo amar incondicionalmente. 

Un día tu cuerpo también falló, y entonces esa parte de ti también se fue. Tampoco podría abrazarte ni verte más… para eso, tampoco estuve preparada nunca. No hay forma de describir el dolor que es perder a alguien que hemos amado más que a nosotros mismos, pero sólo tamaño amor pudo servirme de inspiración y de fuerza para continuar y honrar tu memoria hasta que la mía me falle.