Por Alvaro Valenzuela
26 mayo, 2016

“Creo que nunca recuperaré la confianza en el mundo”.

Las estafas telefónicas son una táctica muy usada por los ladrones porque suelen jugar con los sentimientos y la vida privada de sus víctimas para robarles. Hay casos de personas que cayeron tan profundo en la mentira que les llegó a su celular que han entregado gran parte de su patrimonio. Ese fue el caso de la protagonista de esta historia que pecó de ingenua y terminó pagando un precio muy alto.

“Estaba sola en mi casa y era domingo. Mis papás habían salido de paseo a la playa por el fin de semana. Era tarde, como las 7, cuando recibí un extraño mensaje a mi celular. Era un mensaje de texto de un número desconocido pero lo que contenía me dejó muy asustada. Decía que a mis papás lo habían secuestrado y que tenía entregar mucha plata y artículos valiosos para salvarle la vida. Conocían mi nombre y el de mis papás eso me dejó helada.

Obviamente pensé que era una mentira. Es lo primero que cualquiera hubiera pensado. Pero apenas los llamé me salió que sus celulares estaban apagados. Ahí comencé a creer todo.

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Lo primero que me decía era que lleve mi coche con la televisión, joyas de mi mamá, mil dólares en efectivo y otras cosas de valor a diferentes direcciones que no conocía. Me advirtieron que si llamaba a la policía ambos morirían. Entonces hice caso. No podía permitir que hicieran daño a mis papás por cosas materiales…

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Mientras conducía desesperada a la tercera dirección donde tenía que llevar las joyas. Me di cuenta que tenía una llamada perdida de mi papá. Quizás estaba haciéndolo sin que los secuestradores se dieran cuenta. Tenía miedo de llamarlo de nuevo y que lo descubrieran y le hicieran daño. Siempre suceden cosas así en las películas.

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Ya había dejado el dinero en efectivo que me habían pedido y la televisión en dos lugares diferentes. Creo que recorrí gran parte de mi ciudad. Recién había sacado la licencia así que se me hizo muy estresante todo el camino. Me guiaba por el mapa de Google de mi celular. Pero esa llamada perdida de mi papá me seguía penando en mi cabeza. Fue entonces que tuve un momento de calma mental, frené en una avenida grande y comencé a pensar en todo lo que había hecho. 

No tenía nada que perder así que llamé a mi papá. Cuando me contestó muy tranquilo y me preguntó si había quedado de la pizza que había ordenado me puse a llorar a mares. El resto es una larga historia que involucra policías, un gran reto de mis padres y una lección que nunca olvidaré. Nunca recuperamos las cosas. Y creo que nunca recuperaré la confianza en el mundo”.

 

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