Por César Ruiz
11 marzo, 2016

“Mis familiares me dicen que ya no trabaje, pero no me hallo así; siempre quiero estar afuera”.

Tiene 76 años y se levanta todos los días a las 3:30 de la madrugada para ir a trabajar. Hace dos años fue atropellada mientras vendía su periódico pero aún así, ella no quiere dejar de trabajar, solo ya no camina entre los vehículos. Esta es la historia de María Elena Grajeda.

Elena lleva 24 años como voceadora y no piensa retirarse pronto. Se levanta muy temprano para a las 5:30 am ya estar ejerciendo su labor en una transitada calle de la Ciudad de Guatemala. A veces tarda una hora 30 minutos en terminar su venta, a veces un poco más.

Como a miles de personas les sucede a edad avanzada, ella no se siente cómoda sin trabajar:

«Mis familiares me dicen que ya no trabaje, pero no me hallo así; siempre quiero estar afuera».

Eso a pesar de que en 2014 un conductor la atropelló por ir distraído con su celular. Afortunadamente no se dio a la fuga, sino que se hizo responsable de su imprudencia.

Para su mala fortuna, Elena tuvo que guardar reposo, pero cuenta que al mes ya andaba de pie y con más energía que nunca.

Le piden que ya no trabaje y le ofrecen ayuda económica, pero ella se niega rotundamente. No se ve haciendo otra cosa.

Así se lo comentó al periódico Prensa Libre de Guatemala:

«La gente me aconseja que ya no continúe en este trabajo y me ofrece ayuda para mi sobrevivencia; yo les agradezco, pero a mí me gusta trabajar, aunque tenga que caminar con la ayuda de un bastón o que me duela la columna”.

Además agrega que “No me gusta que me mantengan”.

Actualmente vende sus periódicos junto al único hijo que le sobrevive de los 3 que tuvo. En el pasado también trabajo como empleada doméstica pero no continuó. «Se trabaja más de lo que pagan».

Y no cabe duda que María es un ejemplo para todos pues nos da una cátedra de profesionalismo al llevar una vida disciplinada y comprometida. Ve solo un poco la televisión pues no quiere lastimarse la vista, ya que es importante para su trabajo. Además duerme temprano para estar preparada para el siguiente día y poder entregar personalmente el periódico en las manos de sus clientes.

Al final del día, ella se duerme con una sonrisa, tranquila y ansiosa por el día siguiente.

“Aquí estaré hasta que Dios me lo permita; vender periódicos me dignifica y me hace feliz”.

Nuestra sociedad puede estar obsesionada con el dinero, los lujos y el derroche. Entre más experimentes cosas nuevas, tengas el mejor carro o comas en los mejores restaurantes serás más feliz, dicen. Y todos se suman a la carrera en búsqueda de la fortuna económica, probablemente todos estén equivocados.

Historias como la de Elena nos muestran que la felicidad nunca va ser sinónimo de dinero. Ella vive una vida feliz, tranquila y hace lo que le gusta. ¿Necesita algo más? No. ¡Bravo por ella!

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