Por Alvaro Valenzuela
15 Enero, 2016

“Hemos probado todo. Hemos ido a doctores y brujos de todo tipo. Queríamos hacerlo de la manera tradicional…”

Para muchas parejas tener un hijo y formar una familia está dentro de sus grandes planes de vida. Traer a una persona al mundo quizá puede ser uno de los cosas más hermosas y misteriosas que puedan existir. Es el milagro de la vida.  Pero hay muchas personas que, a pesar de intentarlo de muchas formas, no puede concebir a un bebé y la frustración puede ser muy grande.

Eso le sucedió a esta pareja que hizo hasta lo imposible por tener un hijo:

Desde que conocí a María Isabel me enamoré. Nunca me voy a olvidar de ese día en la fila del banco. No pude evitar fijarme en ella desde que se puso tras de mí. No se cómo logré iniciar una conversación; fue sobre el clima, creo. El calor de enero. Terminé invitándola a salir y de ahí todo fue como una bola de nieve de amor que creció inmensamente. Desde ese día han pasado ya 8 años. Es increíble como pasa el tiempo.

Llevamos cinco años de casados. Una ceremonia simple, íntima, pero muy hermosa. Siempre que quiero olvidar malos momentos como los de hoy recuerdo ese día. En el patio trasero de la casa de su abuela, algunos familiares y amigos. Su ramo de rosas blancas, igual que el vestido que tanto le costó arreglar con su mamá y una vieja máquina de coser…

De los cinco años, hemos estado en campaña como tres para por fin tener un hijo. Hemos probado todo. Hemos ido a doctores y brujos de todo tipo. Queríamos hacerlo de la manera tradicional. Y yo siempre me he negado a adoptar. A ella no le importaría… Mi suegra aún jode con sus ideas, sus infusiones, collares y no se qué cuentos. Mi madre dejó de hacerlo después de un año. Todos quieren un bebé. Yo y mi esposa también, pero después de todo lo que ha sucedido parece una tortura.

Cuando me despidieron de mi último trabajo seguimos con el tratamiento de fertilidad. Es que las ganas de por fin tener a mi hijo (o hija, ya la verdad ni me interesa su sexo) en mis brazos era muy grande. Vendimos mi auto al vecino de enfrente. Eso alcanzó para cubrir las últimas cuotas de la operación que por fin harían que mi esposa se pudiera embarazar de mí “semilla”. Fue difícil reunir todo el dinero pero el premio era más importante.

El día en que fuimos a buscar los resultados de los últimos exámenes a la clínica estábamos muy nerviosos. Con María Isabel decidimos que no abriríamos el sobre hasta llegar a casa. Mis padres, mis suegros y unos amigos esperaban en la casa con unos cuantos bocadillos para celebrar. Mi papá compró una botella de champaña.

Antes de entrar al apartamento María Isabel me miró a los ojos y me dijo: “Abrámoslo ahora. Es nuestro. Después le contamos al resto”. Yo asentí. El nerviosismo me estaba matando. Ella rompió la parte de arriba sacó los papeles, leyó de arriba a abajo y se quedó muda. Después rompió a llorar y una sonrisa extraña asomó en su boca. Después me pasó los papeles. “Son lágrimas de emoción”, pensé. “¡Por fin voy a ser padre!”.

Miré el papel detenidamente desde la primera letra que indicaba el nombre de la paciente: María Isabel X y lo leí hasta el final. No entendí mucho hasta que llegué a “Virus de la inmunodeficiencia humana  (VIH): positivo”. Ahí me desmayé. Desperté en el sillón con mi suegra hincada a un lado abanicándome con una revista. “¡María Isabel está encerrada en el baño llorando hace como media hora!”, gritó. Creo que me volví a desmayar.

 

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