Por Lolita Cuevas-Avendaño
21 septiembre, 2016

Su día se basa en meditar, romper ladrillos, aprender de eléctrica, plomería, entre otras cosas.

Las prácticas de Kung Fu en el convento de Druk Gawa Khilwa, en Katmandú, Nepal, comienzan a las 5 de la madrugada. Su misión de cada día es buscar la perfección mientras lanzan patadas en el aire una y otra vez. Los incansables gritos de fuerza son acompañados por los sonidos de los tambores. La tradicional túnica marrón ha sido modificada para funcionar como uniforme de karate.

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Ellas son las monjas del Kung Fu: son las mujeres de Nepal que practican el mortal arte marcial que hiciera famoso Bruce Lee. En el sistema monástico budista inherentemente patriarcal, las mujeres son consideradas inferiores a los hombres, como sucede aún en muchas regiones del mundo.

La verdad es que detrás de los rostros sonrientes de estas monjas, se oculta un manojo de poder y fuerza.

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Usualmente son los monjes quienes ocupan todas las posiciones de liderazgo, mientras las monjas se encargan de las tareas del hogar y otras labores tediosas. Pero en 2008, el líder de un linaje de mil años, Su Santidad Gyalwang Drukpa, cambió el panorama al dar un importante lugar a las mujeres. 

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Su idea nació después de un viaje por Vietnam, cuando vio que las monjas recibían entrenamiento de combate, decidió llevar la práctica a Nepal, y animó a las monjas a que aprendieran defensa personal. Su motor más fuerte era el de promover la igualdad de género y la autonomía de las mujeres jóvenes, quienes mayoritariamente provienen de familias pobres de la India y el Tíbet. 

Diariamente, 350 monjas de entre 10 y 25 años de edad, participan en tres intensas sesiones de entrenamiento en donde practican los ejercicios que sus maestros aprendieron en Vietnam, durante dos visitas al año que hacen a aquel país.

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A las monjas que tienen una excepcional fuerza física y mental, se les enseña la técnica de romper ladrillos para realizarlo en ocasiones tan especiales como el cumpleaños de Su Santidad.

Las monjas, en su mayoría cinta negra, coinciden en que Kung Fu les ayuda a sentirse seguras, les sirve para desarrollar confianza en sí misma y los mantiene saludables. Sin embargo, una ventaja añadida es el beneficio de la concentración, lo que les permite sentarse y meditar por períodos más largos de tiempo.

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Jigme Konchok, una monja de 20 años que ha practicado Kung Fu durante más de cinco, explicó el proceso.

«Tengo que estar constantemente al tanto de mis movimientos, saber si es correcto o no, y corregir de inmediato si fuera necesario. Debo enfocar mi atención en la secuencia de movimientos que he memorizado y en cada uno a la vez. Si la mente se distrae, entonces el movimiento no será el correcto. Es lo mismo en la meditación«.

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Apoyando la igualdad de género, Gyalwang Drukpa también anima a las monjas a que aprendan habilidades tradicionalmente masculinas, como el ciclismo, la plomería e instalaciones eléctricas. Además les enseñan inglés. Aprenden a dirigir la oración y nociones básicas de los negocios.

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Cuando el terremoto de abril de 2015 golpeó a Nepal, las monjas se negaron a trasladarse a una zona segura, y prefirieron caminar por los pueblos afectados para ayudar a mover los escombros. Dejaron los caminos despejados, distribuyeron alimento entre los sobrevivientes y los ayudaron a ubicarse en albergues.

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A principios de 2016, las monjas y Su santidad recorrieron en bicicleta 2,200 kilómetros desde Katmandú a Delhi para concientizar a favor del medio ambiente y promover el uso de la bicicleta en lugar de autos. Además, constantemente visitan zonas plagadas de violencia para dar charlas acerca de la importancia de la tolerancia y la buena convivencia. 

Sin embargo, lo más destacado en la agenda de las monjas es la promoción de la autonomía de las mujeres.

¿Qué te parece la iniciativa de Su Santidad?

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