Por Raúl Cobo
6 octubre, 2016

Alguien muy, pero muy comprometido con su trabajo.

Para vivir en Londres a principios de los años 70’s tenías que ser todo un rockstar. A lo lejos, podías ver como todo el mundo lo pasaba de maravilla, yendo de fiesta en fiesta y experimentando todo tipo de sensaciones nuevas. ¿Drogas?, ¿por qué no? La época así lo permitía. Sin embargo, detrás de todo el “romanticismo” que para algunos le puede significar esa época, había algo muy oscuro tejiéndose y aprovechándose de todo ese éxtasis juvenil; ese algo se llamaba narcotráfico.

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La intención de la policia en esa época era clara: Eliminar el narcotráfico. Sin embargo, pronto se dieron cuenta que no estaban detrás de uno simples delincuentes, sino que de una organización criminal liderada por científicos, profesores universitarios y jóvenes deportistas que parecían camuflarse en medio de la cultura hippie.

Se trataba de una red de narcotráfico bastante poderosa. Su líder era el intelectual David Solomon, radicado en Cambridge. Junto a él estaba el prestigioso químico de la Universidad de Liverpool Richard Kemp, quien tenía la función de fabricar LSD, una droga que en un principio se pensó como un experimento social capaz de lograr la paz mundial mediante “la expansión de la mente”. También se integró el empresario londinense Henry Todd, quien estaba a cargo de manejar las ventas. Finalmente, Todd se separó de Salomon y Kemp y estos dos comenzaron a ejercer una nueva red de tráfico de LSD al sur de Gales

Si ya desbaratar a una red de narcotráficos dirigida por personas influyentes en la sociedad era una misión ultramente difícil, imaginen lo que era tener que desbaratar a dos.

La única solución para detectar los movimientos de estas redes era ingresando al interior de las mismas; no como policia obviamente, sino que como un consumidor más. Al menos, esa era la idea original de Dick Lee, el comandante de operaciones de la Policía británica por ese entonces.

Las autoridades solo necesitaban a quien pudiera infilitrarse en estas redes, y para tan peligrosa misión, el comandante Lee seleccionó directamente al detective Stephen Bentley, de 28 años y oriundo de Liverpool, a quien consideraba un joven “talentoso, amigable e inteligente”.

Y fue de esta manera como el buen y promisorio detective Stephen Bentley, se convirtió en Steve Jackson, un hippie consumidor de marihuana y bebedor de grandes cantidades de alcohol.

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Al detectives se le dio una identidad falsa además de una historia para encubrirlo como vendedor de autos usados que buscaban a un hermano perdido que había evadido la justicia y unido a una comuna de hippies en Gales.

Tal como Bentley lo recuerda, en ese entonces no existía “un manual de entrenamiento” para infiltrar carteles de las drogas. Por lo tanto, se incurrió a la improvisación de este buen hombre, quien entre otras cosas, dejó de afeitarse y cortarse el pelo, y se puso a vivir en la parte trasera de una furgoneta que tenía unas flores psicodélicas pintadas a los lados para añadir a la imagen hippie. Los Jeans desteñidos y camisas de estopilla se convirtieron en sus uniformes.

Al parecer, su improivisación era tan real que rapidamente se hizo miembro de una pandilla que producía y distribuía la droga psicodélica LSD

“Tenía un trabajo que hacer pero estaba recibiendo un buen sueldo y viviendo una vida despreocupada. Pude deshacerme de las cadenas de ser Stephen Bentley y convertirme en una persona completamente diferente, con otra perspectiva, estándares diferentes, panorama diferente. Esa libertad fue embriagante. Fue emocionante”

Como agente, su primer operativo fue vigilar Plas Llysyn, una imponente mansión en todo el centro de Gales, donde se sospechaba que Kemp y su novia, la doctora Christine Bott, producían LSD.

Según el detective, la mayoría de la vigilancia era “completamente aburrida”. Y quizás por eso él tomó la decisión de entrar a escondidas en la propiedad. Eso implicó ir a la tienda local a comprar herramientas como martillos, destornilladores y guantes de goma.

Finalmente, la incursión secreta en la mansión les proveyó a la policia la evidencia de una fábrica de ácido en el sótano.

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Claro que no todo fue trabajo en su época de infiltrado, ya que también guarda comicos recuerdos. Por ejemplo, en una ocasion junto a sus compañeros de narcotráfico conducían una furgoneta hasta que de pronto un piano salió despedido por la ventana. Al parecer, la pandilla estaba intentando hacer una mudanza, pero todo salió mal por haber bebido en exceso y fumado mucha marihuana.

En otra ocasión, y como la policía local no estaba enterada del operativo secreto, Bentley aumentó sus credenciales al insultar embriagado a un agente de pueblo. El agente, con macana en mano, sacó corriendo a los hippies del bar, aunque Bently recuerda que el estado físico de agente lo había abandonado hacía mucho tiempo así que pudieron escapar. Para entonces, Bentley estaba tan asimilado al grupo que lo apodaron “matapolicías” por la manera en que insultó al agente.

Tambien Bentley recuerda la amistad que forjó con un famoso narcotraficante apodado Sonrisas, a quien le estuvo a punto de confesar todo producto de una noche alocada.

“Estaba sentado con las piernas cruzadas con ‘Sonrisas’ en su sala. Con el fumar de cannabis y la bebida estuve muy cerca de perder el autocontrol y revelarle quién era yo, simplemente porque me caía muy bien. Fue la fuerza de mi voluntad lo que me frenó”.

Finalmente, en febrero de 1977, y ya con toda la evidencia en contra de la pandilla, el detective fue retirado de la misión. El operativo resultó ser todo un éxito: entre marzo y diciembre de 1977, se hicieron grandes redades Gales, Londres, Cambridge y Francia, encontrando equipos de laboratorio, casi US$1,5 millones en efectivo y acciones, y suficiente LSD para 6,5 millones de dosis. La Operación Julie (así fue llamada) contabilizó un total de 120 arrestos, 15 condenas y sentencias de cárcel por un total de 120 años.

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Sin embargo, y pese a ayudar a desarticular dos organizaciones criminales, para Bentley el proceso tuvo un enorme costo personal.

Al parecer, el buen detective se tomó su trabajo muy en serio, ya que meses después de recibir un ascenso, se volvió alcohólico y su reciente addición a la marihuana llegó a tal punto que le costó su matrimonio, y también el segundo que tuvo. Según él, todas sus desgracias fueron producidas por el trabajo que significó estar de agente encubierto.

“Mis hábitos con drogas nunca se hubieran presentado sin estar expuesto a la Operación Julie”, declaró Bentley muchos años después.

Fueron varios años de su vida los que Bentley gastó en controlar sus adicciones, tanto así que el que alguna vez fuera un promisorio detective se retiró tempranamente de la policia para convertirse en un civil más. Fue en esa condición que se reencontró con su buen amigo Sonrisas, quien en un principio no lo reonoció. Bentley recuerda que en esa tarde charlaron y se rieron un buen rato, y que al final del día el ex detective le confesó todo. Sonrisas lo miró y le dijo que ya no guardaba ningún rencor, y ambos se abrazaron. Quizás esa anecdota haya sido de las pocas cosas positivas que le pasaron a Bentley tras impecable labor como infiltrado.

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Con los años, este caso policial se convirtió en todo un ícono cultural de Inglaterra, tanto así que el grupo punk The Clash’s inmortalizó el operativo en su canción “Julie’s Been Working for the Drug Squad

 

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