Por César Ruiz
12 enero, 2016

Una catástrofe y un final de aquellos.

A las personas buenas les pasan cosas buenas. Es como que si siempre te mantienes positivo enfocado en tus propósitos y tratando de cumplirlos haciendo lo correcto, tarde o temprano lo lograrás. Eso es lo que le pasó a esta familia, que tras mucho tiempo de esfuerzo y sacrificio alcanzaron su meta. Y algo más…

Joaquín y Marta habían trabajado muy duro para poder comprar la casa de sus sueños. Durante años ellos y su familia se resistieron a salir de vacaciones o a darse lujos. Su vida había sido austera, pero eso no significaba que su calidad de vida fuera mala. Tenían las comidas más deliciosas con frutas, verduras y productos que cada semana compraban en el mercado. Los lácteos habían sido suprimidos por un tiempo para ellos, no así para sus dos pequeños Sebastián y Karla.

 

Otra de las cosas en las que ahorraban lo más posible era en los pasatiempos. Se habían dado cuenta que no era esencial asistir a los eventos más caros, mirar todos los estrenos en pantalla grande o salir a beber con sus amigos cada viernes por la noche. Con un paseo por las calles de su ciudad, eventos gratuitos y una tarde en el parque en donde sus hijos podían jugar, era más que suficiente.

 

En lo único que no escatimaban era el desarrollo de su hija Karla, quien recientemente había entrado a la escuela primaria, y de Sebastián, un alumno ejemplar que cursaba el tercer grado. Sus padres los dotaban de libros, útiles escolares, cuadernos o cursos extras por si no entendían algún tema. Además se mantenían muy al pendiente de la educación de los niños. Era común que después de trabajar pasaran horas leyendo y repasando temas complicados de ciencias o matemáticas con sus hijos.

 

Las limitaciones materiales habían rendido frutos. Después de 7 años con este estilo de vida, la familia Cárdenas se había hecho dueña de una gran casa en una ciudad costera. 

 

Su nuevo hogar había valido la pena. Era lo que toda familia querría. Cuatro grandes habitaciones, enormes ventanales que tenían vista hacia el puerto, varios baños hechos con los mejores materiales, una cocina como de portada de revista, y el principal; un gran patio trasero en donde florecían árboles de diversas frutas, además con suficiente espacio para que sus hijos pudieran jugar sin salir de casa.

 

La familia estaba feliz y a los niños se les iluminó el rostro cuando vieron su nueva casa por primera vez. En comparación al pequeño departamento anterior, esto era un gran salto. Por si fuera poco, Joaquín y Marta habían conseguido un ascenso en sus respectivas empresas. Sin embargo, sus hábitos seguían siendo modestos, no habían cambiado al mudarse de casa.

 

Todo iba de maravilla hasta que un viernes de octubre un temblor de 7 grados Richter sacudió la zona. Joaquín se encontraba en el trabajo cuando sintió el movimiento. Después de evacuar el edificio, un compañero puso las noticias en su teléfono. No había pérdidas humanas pero sí materiales. La catedral y los templos del centro de la ciudad sufrieron daños severos, al igual que las casas antiguas que le daban identidad a la ciudad. Además, algunas construcciones cercanas al puerto, también habían sido afectadas.

 

El trabajo se suspendió por ese día y Joaquín de inmediato fue a ver a su familia. Había usado taxi, algo raro en él, ya que su esposa es la que tenía el coche ese día. Al llegar vio a sus seres queridos afuera de su casa sin ninguna lesión y se sintió aliviado, aunque después Marta le dijo que la casa -esa que tantos sacrificios les había costado adquirir- si sufrió daños a consecuencia del temblor. “¿Que pasó?”, dijo. Ella le confesó que dos paredes se habían caído, pero aún no se acercaban por miedo a que todo se viniera abajo.

 

Cuando comprobaron que ya no habría más réplicas y que las paredes no afectaban la estructura de la casa entraron. Mucho polvo y algunos escombros fueron los que recibieron a la familia. En el momento que todo se aclaró vieron que una de las paredes que ya no estaba era la que dividía el cuarto de sus hijos. Al echar un vistazo, Joaquín vio 3 pequeñas cajas de madera que parecían incrustadas a la pared. Las quitó, las abrió y no pudo creerlo.

 

Piedras preciosas, monedas de oro. ¡Se habían sacado la lotería! Su casa no estaba muy dañada y habían conseguido millones de pesos con esos objetos. No tenían idea de qué hacer: brincaron, se abrazaron y lloraron. Todas las emociones pasaron por ellos en un pequeño momento.

 

Esa noche la pasaron en un hotel de la ciudad pues su casa no estaba en óptimas condiciones. Joaquín no durmió por estar buscando quien pudiera comprar a buen precio lo que había encontrado. Al día siguiente sólo tomó su coche y se dirigió a vender los objetos. Al revisarlos y valorarlos, el comprador no dudó en adquirirlos y le pagó una fortuna: más de 10 millones de pesos mexicanos es lo que el hombre ganó con el tesoro. 

 

Al hablarlo con su esposa parecía que su vida estaba resuelta, ya no tendrían que escatimar en gastos nunca más si sabían administrarse y podían tener un estilo de vida mucho más lujoso. Todo sonaba genial pero no es lo que querían.

 

Sabían que muchas veces por dinero se desatan muchas peleas familiares y los hijos al tener todo a manos llenas no aprenden a valerse por sí mismos. Además ellos se sentían muy bien con su forma de vida actual. Decidieron donarlo a una asociación que planeaba reconstruir los monumentos derrumbados y ayudar a las familias de menos recursos. Eso sí, se quedaron con dinero suficiente para arreglar su casa. No querían otra, sólo que la que tenían les permitiera sentirse seguros.

 

Puede interesarte