Por Francisco Armanet
12 julio, 2016

“Créanme, cuando tienes tanta adrenalina, puedes golpear. Incluso a los 61 años y con canas, se puede golpear fuerte”.

Tras años de esfuerzo, lesiones,  sangre y sudor, Rick Nelson llegó a un punto en su vida en el que se dijo a sí mismo que ya era hora de parar. Había dedicado gran parte de su paso por este mundo al boxeo y él mismo sabía que el asunto no aguantaría mucho tiempo más. El deporte te desgasta y llevarlo al extremo del alto rendimiento no es un juego de niños. Rick estaba al tanto de aquello y le bastaba mirarse los nudillos para saber que la pasión había llegado a su fin. Pasó el tiempo, colgó los guantes, y jamás alcanzó a ver su nombre en los diarios, ni en la tele, ni en los rankings. Tampoco vio muchos “ceros” en su cuenta corriente, y nadie nunca le pidió un autógrafo.

No es fácil dedicar la vida al deporte, pero a Rick el boxeo le apasionaba y por eso se sentía orgulloso de haber perseguido su sueño, sin importar cómo hubieran resultado las cosas. Para él, hacerle caso a su corazón había sido suficiente. Entonces, se quitó las vendas y dedicó las décadas siguientes a llevar una vida común y corriente en su hogar en Canada. Lo que él ni siquiera sospechaba era que todos esos años de esfuerzo, sangre y sudor, le salvarían la vida décadas más tarde.

A los 61, mientras paseaba a su perro en medio del bosque en un caluroso y húmedo día de verano, Rick se encontró con la cría de un oso que descansaba en medio de unos arbustos. Era un animal de pocas semanas de edad, tenía el pelaje negro y estaba asustado. El ex boxeador temió que la cría llorara porque su madre no tardaría en aparecer, pero el miedo se hizo realidad.

“Me asusté cuando hizo un ruido, porque sabía que estaba llamando a su mamá“, relató Rick a la cadena CBC.

En pocos segundos apareció la osa madre frente a él. Rick la pudo ver parada en sus patas traseras, desafiante, clavándole la mirada directo en los ojos y amenazando con atacarlo en cualquier momento. Se produjo un momento de tensión y Rick supo que no tenía otra alternativa, debía atacar. 

Se paró frente a la osa, erguido, y apretó los puños con fuerza. El perro miraba confundido, la cría seguía asustada. Pero ya era muy tarde para echar pie atrás; el round entre humano y oso, había comenzado.

El animal de 130 kilos atacó primero, Rick no pudo advertirlo y su hombro y rostro comenzaron a sangrar. Casi cayó al suelo, pero rendirse para él no era una opción. Se vio a sí mismo 35 años antes al interior del ring, y se obligó a mantenerse de pie. Respiró profundo.

CBC
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La osa amenazaba con darle un segundo golpe, tal vez sería el fin. Rick, a sus 61, no lo habría aguantado. Entonces se armó de valor, tomó aire,  y le dio un buen puñetazo en el hocico. Sí, el abuelo había golpeado a la osa en la cara y era ella quien esta vez comenzaba a sangrar. Estaban mano a mano. 

CBC
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Pegué un gancho y le di justo en el hocico“, señaló el ex boxeador, quien luego de eso, tuvo más cuidado con el brazo derecho de la osa. “La mayoría de los osos son diestros, así que estuve más atento a que no me diera con ese brazo“, añadió.

La osa se sacudió del dolor y dio un paso atrás. Rick creyó en sí mismo. “Todos esos años de esfuerzo”, pensó. “Están surtiendo efecto”. 

De pronto, cuando el segundo round estaba por comenzar, la pequeña cría levantó la vista e hizo un ruido pidiendo a su madre que se fueran. La osa la miró, y para sorpresa de Rick, dio media vuelta y comenzó a caminar, alejándose de él y su perro. La pelea había finalizado, Rick había triunfado.

Y no podía ser de otra forma, luego de todos esos años de sangre y sudor, Rick tenía que triunfar. A sus 61 años, entonces, el flamante boxeador escribió su nombre en las noticias, en los diarios y el internet se rindió ante sus puños…

“Créanme, cuando tienes tanta adrenalina, puedes golpear”, dijo Rick finalmente. “Incluso a los 61 años y con canas, se puede golpear fuerte”.

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