Por Alvaro Valenzuela
29 enero, 2016

“Estuve muy ansioso todo el día. Creo que no puse atención a ninguna clase. Sólo podía pensar en un tipo hipnotizándome, llevándome en un viaje cósmico hacia el pasado”.

Un chico había sido abandonado cuando era muy pequeño y siempre tuvo la inquietud de conocer a sus verdaderos padres. Un día supo acerca de las regresiones para hacer que una persona recuerde acontecimientos de su pasado que han sido bloqueados por causas (traumas) diversas. Y lo que encontró fue mucho más de lo que esperaba. Encontró una verdad que le tocó el corazón:

Nunca conocí a mis verdaderos padres por eso cuando leí el aviso del periódico que decía “¡Conéctate con tu pasado! Se hacen regresiones…” inmediatamente sentí curiosidad. Corté la página con mis manos y guardé el recorte en mi cartera bien doblado. No le quise contar a mis “papás” porque podían pensar que era un malagradecido o que no los quería así que lo guardé como un secreto. Con el tiempo lo olvidé.

Yo fui adoptado a los dos años y medio. No recuerdo cuando eso sucedió, de hecho no tengo ningún recuerdo o registro mío en el hogar de acogida. Mis “papás” me contaron que fue así. Ellos no podían tener hijos por un problema genético y por eso tuvieron que adoptar. Yo siempre lo supe o al menos desde que tengo memoria. Ellos no tuvieron problemas en compartirlo conmigo cuando llegó el momento oportuno. En un principio me dolió muchísimo saber que mi propia sangre me había abandonado pero jamás supe quienes eran ni cómo sucedió todo. Por lo demás mis “papás” siempre han estado ahí para mí, son muy cariñosos y me quieren mucho. Así que intenté ignorar un pasado invisible.

Un día después de la escuela vi el mismo aviso que había visto en el diario pero pegado en un poste en la calle. No quedaban papelitos para recortar con el número telefónico pero me acordé  del recorte de diario que llevaba en la cartera hacía semanas y que no había vuelto a leer. Lo examiné detenidamente. Parecía todo muy profesional pues el aviso era a color, estaba bien hecho, resaltaba frente a los otros, en blanco y negro, que se alcanzaban a ver en la página que había recortado. Saqué mi celular y llamé al primer número. En seguida una contestadora comenzó a hablar con una música de fondo que parecía sacada de Aladino. 

“Para consultas con nuestros expertos parapsicólogos marque 1”. Seguí cada paso hasta que me llevó a una operadora. Tomé una hora para el día siguiente a las 5 pm. Justo era el día que tenía deportes en la escuela así que podía faltar sin problemas, sin que mi “mamá” se diera cuenta. No sé porque no les conté. Pero en ese momento me pareció que era algo personal. Una misión que me había sido asignada por derecho natural. No quería compartirla con ellos. Yo debía averiguar sólo quienes eran mis verdaderos padres.

Estuve muy ansioso todo el día. Creo que no puse atención a ninguna clase. Sólo podía pensar en un tipo hipnotizándome, llevándome en un viaje cósmico hacia el pasado. Imaginaba ver las caras de mis padres, ellos huían, eran muy jóvenes y corrían muy rápido. Yo era muy pequeño para alcanzarlos.

Apenas sonó la campana que decía que se había acabado la última hora de clases tomé mi mochila y corrí sin despedirme de nadie. Salí de la escuela pensando que era una especie de fugitivo de la ley. Pensaba que estaba haciendo algo muy malo que haría enojar a mis padres. Le había sacado la tarjeta de crédito a mi “mamá” para pagar la regresión, pero creo que me parecía peor estar buscando a mi verdadera familia. Era como negar todo lo que habían hecho por mí.

El lugar era igual que cualquier hospital. Tenía una sala de espera con dos sillones ordenados como una “L” alrededor de una mesa de centro de vidrio con revistas. Había una secretaria que te recibía apenas ingresabas al lugar y tres puertas que te llevaban a las oficinas de los parapsicólogos que hacían las terapias y sus cosas. Yo no entendía mucho de que se trataba. Busqué un poco de información en Wikipedia un día, pero creo mi decisión de ir fue bastante impulsiva ahora que lo pienso. Fue ese “Conéctate con tu pasado” que me convenció.

Sólo tuve que esperar como 10 minutos cuando me llamó desde una de las puertas una mujer joven. Parecía muy joven para ser parapsicóloga o al menos yo imaginaba que me atendería una mujer muy vieja, como una especie de bruja gitana. Fue muy simpática y luego de preguntarme mi nombre y mis datos personales me preguntó por qué quería hacerme una regresión. Le conté que quería conocer a mis verdaderos padres y descubrir por qué me habían abandonado.

Noté que su cara cambió cuando dije la palabra “abandonaron”. Luego me invitó a recostarme en un sillón muy cómodo mirando hacia el techo. En seguida comenzó a hacerme preguntas de mi vida personal: quiénes eran mis papás adoptivos, la escuela, mis amigos, el fútbol y muchas otras cosas. Nada sobre recuerdos ni hipnosis. “Esta mujer me está estafando, todo esto es un fraude”, pensé yo antes de sentarme y mirarla. Cuando lo hice pude ver que la mujer sollozaba y que le caían lágrimas de sus ojos. No entendía nada.

“Perdóname”, me dijo y luego carraspeó fuerte, como si tuviera un nudo que le impedía hablar. Más lágrimas comenzaron a brotar de sus ojos. Sacó un pañuelo de una caja que había a un lado del sillón donde yo estaba sentado. Se limpió los ojos y se sonó. “Era muy joven y muy pobre… era madre soltera, tenía 17 años y con suerte podía trabajar. Vivía en la calle y te llevaba conmigo en brazos. Yo fumaba crack para quitarme el hambre y olvidarme de los problemas. Te dejaba con una señora que vendía frutas en un puesto en la calle mientras yo iba a pedir dinero a la escalera del metro. Me gastaba casi todo en las papelinas con crack que compraba en un edificio por ahí cerca. Después de un día muy duro, desperté en un hospital, estuve como 1 mes ahí y a ti nunca más te volví a ver. Cuando logré huir de este hospital, busqué a la vieja de las frutas pero ya no estaba y tú tampoco. Y después toqué fondo…”

Iba a decir algo pero callé. Estaba nublado y creo que también comencé a llorar. Ella continuó hablando pero yo no escuchaba nada, sólo la miraba a los ojos y examinaba su boca y sus orejas y sus manos. Su cuerpo delgado. Su pelo largo y negro amarrado con una trenza. Me habló horas. De su depresión. El proceso de desintoxicación, su viaje, sus estudios. No retuve muchos detalles pero hubo un minuto en que me puse de pie y la abracé. Ella se puso muy tensa pero levemente me fue abrazando. Así estuvimos varios minutos, que parecieron horas, fundidos en un abrazo”.

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