Por Alvaro Valenzuela
8 julio, 2016

Visitó La Casa Blanca en Washington DC e incluso se paseó por la sede de la FBI.

De Pablo Escobar, el famoso narcotraficante colombiano, se ha hablado y escrito tanto que el personaje superó hace tiempo a la persona. Sobre el jefe del cartel de Medellín que llegó a participar en política en su país y poner en jaque al gobierno, se han hecho películas, series de televisión, documentales y libros. Los números y datos curiosos de su incalculable riqueza causan sorpresa en todo el mundo y la gran ola de violencia y terror aún son una cicatriz latente en Colombia.

Uno de los últimos testimonios que hay de su vida fue el libro que publicó su hijo Juan Pablo Escobar, alias Sebastián Marroquín, en 2015 llamado Pablo Escobar, mi padre.

El libro hace un recorrido por la vida del capo colombiano. Primero a través de los recuerdos de su hijo durante su infancia y después mediante una profunda investigación. De la primera parte, la referida a la niñez de Juan Pablo, el autor recuerda cómo creció en un contexto de violencia:

«Mi papá era el jefe del cartel de Medellín. Sus mejores amigos eran los peores criminales de Colombia. Y como a ningún niño le dejaban jugar conmigo, yo pasaba los recreos y las tardes con los hombres de mi papá«.

Algo similar revela su hijo en esta entrevista a un canal de televisión colombiano donde además aprovechó de pedir perdón a todas las víctimas de su padre:

httpv://youtu.be/5bI8j4MgKEY

Fue durante esta época, finales de los 70 y principios de los 80, cuando Pablo Escobar se aproximó a su cima de poder y fortuna. Su hijo recuerda en el libro que tenía tanto dinero que no sabía qué hacer con él. En las piñatas de las fiestas de cumpleaños, por ejemplo, en lugar de caramelos, el capo metía fajos de billetes. Incluso confesó en una entrevista hace algún tiempo que mientras su familia se encontraba sitiada por la policía en una de sus haciendas, su hermana estaba pasando mucho frío y estaba al borde de la hipotermia. Al no tener nada más con que calentarla, Pablo Escobar decidió quemar un montón de dinero para que entrara en calor.

En sus años de bonanza Escobar también decidió construir la Hacienda Nápoles, la mansión en la que tenía elefantes, avestruces, rinocerontes, jirafas y todo tipo de animales salvajes, además de una colección de coches deportivos, otra de motos, dos jets y dos helicópteros.

Pete Hottelet
Pete Hottelet

Escobar traía tres avionetas a la semana desde Perú cargadas de coca base y luego enviaba la droga sintetizada a Estados Unidos. Las ganancias eran inabarcables. Se dice que en los años 80 el Cartel de Medellín, que comandaba Escobar, tuvo una ganancia de 420 millones de dólares a la semana. Son casi 22 mil millones de dólares al año

La cocaína, según relata su hijo en su libro, iba en fardos a través de barcos pesqueros que llegaban a Miami o en avionetas que soltaban la carga en pantanos de Florida. Se contrabandeaban aproximadamente 15 toneladas de cocaína a los EE.UU. cada día y, según el periodista mexicano Ioan Grillola, la gran mayoría entraba por este estado. En otras palabras, cuatro de cada cinco americanos que inhalaban cocaína en aquellos tiempo lo hacían de la droga proporcionada por «El Patrón».

El hijo de Escobar también hace una revelación sorprendente: asegura que el contacto del cartel para vender la coca en Estados Unidos era el cantante Frank Sinatra, muchas veces relacionado con la mafia italiana.

La insaciable actividad de la organización de Escobar volvió loca a la Drug Enforcement Administration (DEA), la agencia antidroga estadounidense y según relata su hijo se jactaba de jugar con ellos. En una ocasión la DEA interceptó una partida de pantalones vaqueros o jeans impregnados de cocaína. El capo siguió enviando los siguientes meses el mismo tipo de pantalones sin droga, solo para que cada semana los agentes tuvieran que registrarlos.

El Espectador
El Espectador

El colmo es que en 1981 Escobar comenzó una serie de viajes a Miami para supervisar personalmente el negocio y comprar propiedades allí. “Lo más increíble, cuenta su hijo, es que mi papá ingresaba en los Estados Unidos sin ocultarse. Llegaba a la aduana, enseñaba su pasaporte y le decían ‘bienvenido a los Estados Unidos señor Escobar”. En casi todos sus viajes el capo portaba cientos de miles de dólares que jamás le requisaron. La DEA buscaba desesperada al responsable de los envíos mientras éste entraba y salía de Florida como Pedro por su casa.

En estos viajes muchas veces el narcotraficante iba acompañado de su familia entre ellos Juan Pablo, su primogénito. Visitaron Disney World e incluso en una oportunidad estuvieron Washington DC, el epicentro de todas las agencias que buscaban a su padre. Fue en ese último lugar donde su madre le tomó esta mítica foto, justo en frente de la Casa Blanca donde en ese entonces presidía Ronald Reagan.

Sebastian Marroquín/Los pecados de mi padre
Sebastian Marroquín/Los pecados de mi padre

Y la provocación no quedó solo en eso. Escobar decidió visitar a continuación el edificio de la sede del FBI. En esta ocasión, como recuerda Juan Pablo en el libro, Escobar optó por usar un documento falso. Pero el hijo y la mujer entraron con sus identidades auténticas. Los tres completaron el tour guiado y se fueron. El narco más buscado del mundo visitó Washington, se fotografió delante de la Casa Blanca, recorrió la sede del FBI y volvió a su casa sin molestias. Un gesto épico que alimenta aún su leyenda.

Después de aquello su figura se consolidó. Escobar se convirtió en uno de los hombres más poderosos de su país: manejaba el 80% del tráfico de cocaína del mundo, entró en política e incluso llegó a ser elegido Miembro de la Cámara de Representantes de Colombia por el departamento de Antioquia.

En 1984 el imperio de la droga y el poder de Escobar desataron una ola de violencia y terror en Colombia luego que sus sicarios asesinaran al ministro de Justicia colombiano, Rodrigo Lara. Después de eso el gobierno declaró la guerra a los carteles y sus dirigentes huyeron. Los de Medellín se instalaron en España mientras que a Escobar lo acogieron en Nicaragua. Todos regresaron al cabo de un par de años a Colombia y continuaron sus actividades. Sin embargo, con la guerra declarada al gobierno y con Estados Unidos molesto por no haber conseguido la extradición, la impunidad de Escobar se vio reducida. Y capítulos de leyenda como hacerse una foto delante de la Casa Blanca no se volvieron a repetir.

Finalmente el narco murió en 1993 después de un tiroteo con el ejército en Medellín. La familia asegura que el capo se suicidó, pero la versión oficial señala que fue abatido. La foto en la Casa Blanca, eso sí, ya es eterna y no ofrece discusión.

Si te gustaría conocer más de su historia te recomiendo más que Narcos, la versión norteamericana, la serie colombiana Escobar: El Patrón del Mal [Está en Netflix] que es mucho más fidedigna y posee mucho material histórico.

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