Por Andrea Araya Moya
30 septiembre, 2016

«Morirse de amor… toda la vida, a cualquier edad, a toda hora. Es la única manera de desafiar a la muerte… es la única manera de ser quizás un poco inmortales».

La vida, dicen, se hizo para vivirla al máximo, para aprovechar cada momento y aprender de cada experiencia. Sin embargo, a veces el miedo y las constantes preocupaciones nos impiden poder vivir como deberíamos y nos quedamos fuera de esas grandes cosas que pueden llenarnos el corazón y hacernos sentir vivos. Nos olvidamos de soñar, de respirar, de ver lo que está alrededor y, sobre todo, de amar… o morirnos de amor.

Una increíble e inspiradora carta está recorriendo las redes sociales y enseñando a miles de personas que la vida es más sencilla de lo que parece, y que sólo debemos enfocarnos en «morir de amor». La autora, Maru Leone, es una talentosa escritora que nos expresa directamente lo que debemos hacer para disfrutar cada detalle de la vida, sobre todo nuestros amigos, familia, pareja y las grandes experiencias que podemos vivir a diario. En su sitio «Morite de amor, cagón», comparte sus pensamientos y puntos de vista sobre la vida.

Te aseguro que, una vez que lo leas, comenzarás a ser más consciente y a pensar mejor en cómo vivir tu vida.

«Antes de decir que no, piensa que algún día te vas a morir. Sí, te vas a morir.

Métete al mar, despéinate… que la sal te endurezca el pelo y la piel, que te despinte. Métete de día, de noche… que una ola gigante te lleve a pasear y la arena se te meta en los calzones. Que el «toples» sea por la fuerza del agua, menos sexy y más divertido. Cágate mucho de risa, entiérrate en la arena, haz un castillito… sí, estás peludo, pero las ganas de hacer un castillito no se van jamás.Tírate en paracaídas que tienes más probabilidades de morirte entrando el auto a la cochera de tu casa, cruzando la avenida apurado para ir a laburar, o de un ataque al corazón post- estrés, post- chatarra, post- depresión. Acuéstate con tu perro y llénate la ropa de pelos, escucha su corazón… ese sí que late por ti.

Júntate con tus amigos aunque no tengas un puto peso. Siempre hay un paquete de arroz por ahí, o unas criollitas. Júntate con ellos y méate de risa y si los ves con el celular, tíraselos por la cabeza. Putéalos, que están ahí contigo… el resto puede esperar. Coman el asado, vayan a la montaña, pónganse en terlipes en el medio de la calle. Sólo para reír. La amistad sana y no hay antidepresivo que le toque los talones.

Viaja. Ahorra y viaja. Quizás cuando termines de pagar la ropa que te estás comprando ya la hayas dejado de usar. Quizás cuando termines de pagarte tu casa se haya llevado la deuda… toda tu energía. Quizás cuando termines de pagarte el auto te hayas acostumbrado a caminar. Quizás cuando termines de pagar el microondas te des cuenta de que como calentar en el horno no hay. El somnier extra súper archi blah blah «King» puede esperar, mejor una garrafita para la montaña. Escúchame pendejo, viaja.

Viaja, viaja para enriquecer el alma. Conoce gente, culturas, idiomas. Viaja para ver y escuchar que el amor en todos lados tiene la misma lengua. Viaja, tírate al pasto. Vacía cuarenta y cinco termos de «meta mate y charla» y que te quede la lengua verde de chupar la bombilla mientras guardas las fotos de ese paisaje en tu cabeza. Y si no hay dinero, ándate igual. Ándate abajo de una planta. Tres frazadas, fideos blancos y nada más.

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Escucha, escucha a tus viejos. Pregúntales todo lo que no sabes, todo lo que pasó. Cuántas veces amaron y cuántas perdieron un amor. Pregúntales que querían ser de grandes cuando eran chicos. Pregúntales por qué carajos no lo hacen si están vivos. Habla, habla con ellos que te escuchan hasta en silencio. Diles que los quieres y métete el orgullo post-moderno liberal de «todo me chupa un huevo» en el culo. Porque ellos también se van a morir. Abrázalos como si fuera la última vez… que ni las velas de cumpleaños, ni las estrellas fugaces, ni las vaquitas de San Antonio tienen el poder de conceder la inmortalidad.

Dilo todo. Dilo, escríbelo, transmite. Sácate la vergüenza de las venas. Dile que la quieres, dile que lo amas. Métele un beso para que no se olvide más. Dile que te dormís y te levantas pensándolo/la. Dile, dile todo lo que se te cruce por el bocho. Sé asquerosamente romántico/a. Empáchate. Deja de hacerte el/la dura que todos bien sabemos lo que siente el otro. Así que… dilo. ¿Qué puedes perder? Dile lo que te gusta, lo que te enloquece, lo que te excita.

Deja de sobarle la espalda a la tristeza y abrázala, abrázala fuerte y que se vaya un tiempo para volver fresquita como una lechuga y así… la vuelves a abrazar.

Antes de tener hijos… sé un niño, sé un niño todo el tiempo que más puedas. Duerme, sal, ríete, come chocolates y gomitas y ríete. Fulmina tu juventud… antes de envejecer. Y cuando te pongas viejo, cuéntale a la generación entrante… qué significa cada una de tus arrugas. No les dejes tu cuerpo gris, déjales tus ganas de vivir. Dale viejo, déjalos que jueguen a la pelota en la siesta ¿Te acuerdas cuando jugabas a la pelota en la siesta? Dale, no llames a la policía. Cómprate un paquete de bombitas y cuando te toquen el timbre mójalos también. Dale viejo, viejo las pelotas. Sí, viejas las pelotas pero sangre en el pecho.

No fue hace tanto viejo, acuérdate y ríete con ellos… antes de decir que no»

Muérete de amor, que es la única manera de ser inmortal.

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