Por Ignacio Mardones
28 enero, 2016

“Si hubiera sabido con quién se estaba metiendo, se hubiera dado media vuelta y escapado lo más rápido posible”.

Las relaciones pueden fracasar por infinitos motivos. Sin embargo, a veces estos son tan insólitos que lo hacen a uno pensar que lo mejor es quedarse solo para siempre. Hay algunas personas que simplemente no demuestran empatía y lo único que buscan es velar por el bien propio. Algo así le sucedió a Marcela que se emparejó con un hombre algo mayor que la trató como no debería. Esta es su historia:

Marcela es una mujer de 35 años, vive en un departamento con sus dos gatos, trabaja como dentista y hace poco tuvo que vivir una experiencia sumamente decepcionante. Ella había entablado una relación con Arturo, un tipo mayor que conoció en clases de yoga. Desde el comienzo hubo algo extraño entre ellos. Él la miraba para imitar sus posturas y Marcela se sentía a gusto recibiendo esa atención. Era tímida, frágil y hace años que no tenía un romance, ni siquiera un coqueteo. Arturo la invitó a tomar un trago y ella aceptó. Si hubiera sabido con quién se estaba metiendo, se hubiera dado media vuelta y escapado lo más rápido posible.

En la primera salida él insistió en pagar por todo. Ella aceptó y pasaron un buen rato. Arturo no dejaba de hacerle preguntas y Marcela se limitaba a contestarle. Cuando ella trataba de preguntarle algo sobre su vida, él la evadía y cambiaba de tema. Lo que pudo inferir era que trabajaba como administrador de una empresa, que tenía 52 años y que estaba soltero. Se siguieron viendo clase tras clase hasta que, por alguna razón que Marcela desconocía, dejó de ir. Tras finalizar la sesión, preguntó a la profesora por su paradero. Ella le dijo que desconocía por qué había dejado de asistir a clases.

Ese mismo día, al llegar a su departamento, Marcela encontró un ramo de flores en su puerta. Entre las hojas verdes encontró una tarjeta con un número de teléfono. Ella lo agregó a sus contactos y le envió un mensaje que decía: “Gracias”. A la mañana siguiente, Arturo la llamó para que salieran. Ella lo escuchó cansado, nervioso, pero creyó que se debía a los nervios de invitarla a una cita. Después sabría que, ese día, su vida completa se había derrumbado. Marcela aceptó la propuesta y quedaron en juntarse a las 10 de la noche.

Arturo la pasó a buscar en taxi. La llevó a un restaurante, comieron aperitivos y él quedó algo borracho. Después la acompañó a su casa, preguntó si podía entrar, a lo que ella se negó. Él no dijo nada, sólo bajó la mirada, se despidió y volvió caminando a su casa. Marcela subió a su séptimo piso, se puso en el balcón y lo observó alejarse. Su cuerpo ancho y obeso se tambaleaba con lentitud. Los taxis pasaban, él no los detenía; no le importaba llegar pronto, se notaba deprimido, solo, triste. Fue entonces cuando Marcela comenzó a enamorarse de ese hombre.

En apenas dos meses, lo poco que tenían en común fue suficiente para que se formara una relación. Él seguía siendo muy reservado, pero demostraba interés en conocer a Marcela. Se mudó a su departamento. Vivían ellos dos y la pareja de gatos. Arturo se quedaba en el hogar con el ordenador portátil sobre la panza y los felinos se frotaban contra sus piernas desde la mañana hasta la tarde. Marcela pasaba la mayor parte del día en la consulta. Llegaba cansada y se iba directo a la cama. Como le faltaba tiempo, Arturo le ofreció ayudarla en las responsabilidades domésticas. Le dijo que podía hacer las compras, contratar a alguien para que limpiara y pagar las cuentas correspondientes a los gastos de luz, agua y gas.

Marcela depositó toda su confianza en él. Le daba acceso a sus cuentas y a todo lo que él dijera que necesitaba. Sabía que no le iba tan bien en el trabajo, aunque intentara disimularlo. Pero su desconfianza aumentó cuando en clases de yoga la profesora lo mencionó y dijo que no había pagado las últimas sesiones. Fue tema de burla entre las alumnas más cercanas, Marcela se sintió avergonzada y vulnerable, sin embargo prefirió guardar silencio. Al llegar a la casa, Arturo la recibió con un pastel. Le contó que era su cumpleaños y le dijo que había comprado unos pasajes de avión para los dos. Irían a algunas playas de México y lo pasarían estupendo, le aseguró. Marcela pudo ver en sus ojos la mentira. En vez de gritarle, se puso de pie, lo abrazó deseándole feliz cumpleaños, y luego fue al baño a llorar.

Esa noche durmieron separados. Marcela insistió y Arturo se quedó en el sillón, con los gatos. Él debió comprender que lo suyo no duraría mucho más. Al otro día, en su consulta, Marcela recibió un email inesperado:

“Lo siento, sé que me has descubierto. No soy quién pensabas que era. La verdad es que el día que te invité a salir toda mi vida se derrumbó. Me quedé sin nada. Sin dinero, sin esposa, sin orgullo. Te vi frágil y me aproveché. Ahora, aunque lo lamente, lo hice de nuevo. Tendré luchar con el peso de mi consciencia: he tomado parte de tu dinero, tus ahorros. No todos, pero una buena porción. Sé que te recuperarás. Eres responsable, tienes un buen empleo y saldrás adelante. No quiero alargarme más. Lo que tuvimos, lo valoro. Fuiste buena conmigo. Ojalá algún día puedas perdonarme.

Arturo”

Las lágrimas brotaron de sus ojos. La asistente le preguntó qué le ocurría, pero Marcela no podía hablar. Pensaba que había sido muy estúpida y sentía una rabia tremenda dentro. Tanta era la rabia que se saltó de su puesto y fue a su coche. Condujo hasta su casa, con la última esperanza de encontrarlo y desquitarse con quién la había estafado. Así fue: Arturo estaba afuera, en la calle, llevaba sus maletas e intentaba pedir un taxi. Marcela aparcó, fue hacía él y cuando éste se dio la vuelta por el sonido del caminar apurado, la mujer le dio una tremenda bofetada en el rostro. El golpe lo hizo retroceder. Estaba asustado porque lo había pillado desprevenido. Se tropezó en la vereda y Marcela le dijo que se largara. Tal como lo vio aquella noche, hace alrededor de 3 meses, Arturo fue tambaleándose por las calles.

Marcela subió a su habitación. Se tendió en su cama. Por alguna razón, sus gatos fueron hacia ella y se sentaron a su alrededor. Volvió a llorar. Lloró con mucha fuerza y desesperación. Luego detuvo sus lágrimas y decidió que tenía que irse. Saldría de la ciudad. La idea del viaje, aunque había sido una gran mentira, le resultó atractiva. Tomó su ordenador, ingresó a la web y pagó un destino al azar. Necesitaba alejarse, reordenar su vida y volver hecha una mujer nueva.

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