Por Colaboradores
12 noviembre, 2015

Esto nos demuestra que un pequeño gesto puede en realidad cambiar vidas.

Luis Emilio Calenda hoy tiene 32 años. Su primer trabajo fue como camarero en un hotel llamado Teramum, de la ciudad de Lechería, Venezuela, cuando sólo tenía 17.

Cuando llevaba apenas dos semanas en el trabajo, el gerente y dueño del hotel quiso despedirlo llamándolo “mesonero de areperas” (las areperas son restaurantes de comida típica venezolana que venden tortas de maíz rellenas, llamadas arepas). Tras tan injustificado ataque, Luis pensó que sería despedido inmediatamente, algo que le preocupaba debido a que su rendimiento había sido, para su gusto, impecable. Además, se encontraba juntando dinero para pagar sus estudios, por lo que un despido definitivamente no le venía nada de bien.

Ese mismo día, el chico fue notificado acerca de una nota que le había sido dejada en recepción. Sus autores eran unos huéspedes argentinos, un matrimonio mayor con una sencillez y amabilidad grandísima. Luis les había servido la cena el día anterior, y ellos le habían manifestado su gratitud, le agradecieron por tan buena atención y le dijeron que partían al día siguiente, pero no sin despedirse de él.

Lamentablemente no lo encontraron, por lo que se les ocurrió dejar la nota para él en recepción. Paralelamente, el encargado directo de Luis, Pier el chef, un italiano de gran carisma y carácter, había demostrado un gran cariño hacia Luis, a pesar de que sólo se conocían hace un par de semanas. Encantado con Luis, Pier decidió pedir una copia de aquella nota, que decía:

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“Luis te pedimos disculpas por no haber podido subir anoche para despedirnos, pero lo hacemos de esta manera. Estamos muy agradecidos con tu gentileza y excelente atención, nos vamos muy contentos por ello y te deseamos que tengas mucha suerte y un gran futuro”.

Amablemente, resultó ser que el chef le llevó la copia de ésta al dueño del hotel, a ver si lograba hacer que cambiara de parecer, y lo logró. Gracias a la nota de los huéspedes y la astucia de Pier, Luis logró conservar su trabajo un año más hasta que consiguió un mejor empleo para pagar sus estudios.

Desde entonces, Pier se convirtió en una especie de segundo padre para Luis, y hasta el día de hoy, no puede estar más agradecido con aquel amable gesto de los huéspedes argentinos, que no sólo lograron que mantuviera su trabajo, sino que permitieron que por esto se desarrollara la linda relación casi paternal entre él y Pier.

Esto nos demuestra cómo los pequeños detalles pueden hacer grandes diferencias, y que un pequeño gesto puede en realidad cambiar vidas.

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Este es Pier junto a Luis y su abuela, cuando él le celebró su cumpleaños número 18 en su propia casa con ambas familias y amigos.

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