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Barbas y pieles peinadas con arena y sal. Tabacos húmedos de arte e inspiración. Ojos coloridos por el reflejo del mar; un mar que separa dos mundos dentro de uno aún más grande que los une, pero mantiene sus históricas distancias.

La gente camina frente a la playa de la Barceloneta, encontrándose con formas y figuras; unos más, otros no tanto. La arena habla por sí sola transformándose en una obra de Gaudí, o en personajes multiculturales como Homero Simpson. Un castillo de arena puede guiarlos a una indeterminada aventura en tan solo segundos; un dragón, causar miedos e impresiones; una catedral que expulsa humo, risas y asombro. Cuando los niños ríen junto a sus padres, el artista acompaña la geniuna aprobación a su obra con sonrisas y satisfacción, y ese es un buen día.

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Trabajan sin presiones. No hay jefes, no hay oficina, aquí la inspiración es lo que vale. Sí, el dinero siempre es importante pero en este caso, va en segundo lugar. El primer valor es saber que el arte tiene mérito, reconocimiento y que “eres feliz mientras lo haces” , que “no haces daño a nadie, es simple arena”.

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¿Y cómo llegan a hacer estas magnificas y hermosas esculturas de arena? Para sorpresa de algunos, no es espontaneidad pura. Sin excepción, toda construcción comienza con un estudio, seguido de un diseño calculado, una base y luego su respectivo levantamiento. Desde el antiguo Egipto hasta la moderna Dubai, los alzamientos arquitectónicos han buscado producir admiración en sus observantes, y a partir de ella vernos reflejados a todos por igual. Un castillo de arena no deja de maravillarnos, no deja de mover esa pequeña esencia de niños que aún juega en nosotros.

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El sonido de las monedas rebotando en una pequeña caja de cartón al borde de la caminería, se identifica por encima de las bicicletas, las pisadas a diferentes ritmos y los incontables idiomas que se mezclan en una caravana cultural conocida como Barcelona. Un“Can I take a picture, please?” (¿Puedo tomar una foto, por favor?) de la mano de una sonrisa pícara por parte de una señora, interrumpe el esculpido de un Bart Simpson mostrando sus partes nobles. Las miradas con asombro e ingenua complicidad se detienen, algunas con cámaras fotográficas, para disfrutar de la obra. Un “Thank you”, y un “Gracias”, se devuelven por parte del artista, en este caso de Senegal.

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“Cuando trabajamos no estamos molestos porque el trabajo no nos disgusta, cuando trabajamos cantamos sonriendo porque somos felices haciendo lo que hacemos”, dice el senegalés al ritmo de la música de fondo.

Suena Bob Marley desde unas pequeñas cornetas mientras se corrigen los detalles de la obra. Las letras de sus canciones se fusionan en los coros con la voz, de quien delante del paseo turístico, tiene tan sólo en sus manos una brocha y una espátula. “No woman no cry”, canta con orgullo haciendo énfasis en la frase: “My feet is my only carriage, so I’ve got to push on trough. But while I’m gone I say: everything is going to be alright”. Con orgullo la traduce al castellano con el mismo ritmo para los testigos: “Mis pies son mi único vehículo, tengo que seguir empujando hacia adelante, pero mientras me voy, te digo: Todo va a estar bien”. Hay que estar en paz con uno mismo para no caer en las provocaciones y en obscuridad”, afirma mientras la música armoniza a los curiosos con monedas y cámaras.

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A pocos metros en la misma playa un guía turístico agrega en su excursión las exposiciones de arte que ve en la playa de La Barceloneta; “…esa que ven allí, es la Sagrada Familia…”, señalando en dirección hacia el mar, mientras pedalea su bicicleta seguido de media docena de admiradores orientales. Un niño, sin hacer caso al estado de su ropa y con los zapatos a un lado para no llevarlos al mismo fin, trata de imitar la ya terminada Catedral, mezclando agua y arena. “Los niños son lo mejor que hay”, dice el artista de Argelia quien lleva rato observándolo. “La arena es mi elemento y soy feliz al hacer lo que me gusta”, manifiesta sonriendo.

Mientras su obra llama la atención de los caminantes, el representante gótico de las arenas, decide cambiar algo en la estructura. “Los muros no están hablando y ellos deben hablar solos”, asegura. Da unos toques nuevos.“Ahora sí dicen algo”, concluye satisfecho y emocionado.

Argelia ha estado habitada por los bereberes desde hace más de diez mil años. Los bereberes, aquellos pertenecientes a un conjunto de etnias autóctonas al norte de África, construyeron los primeros monumentos de los que aún hoy quedan restos o vestigios. En términos relacionados la palabra “bereber”, significa “hombres libres”; expertos conocedores del desierto, los vientos y las arenas cambiantes. “Son hombres libres de territorio y de espíritu; hombres capaces de ver las edades del alma”, comenta mientras detalla su obra terminada y fuma un tabaco húmedo de arena.

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Un compañero de oficio se dispone a dar forma a un barco pirata a pocos metros hacia la otra dirección de la caminería. Como si trataran de emprender una travesía a través del Mediterráneo, la tripulación, un capitán búlgaro y un teniente albanés, graban en el montículo de arena, el rostro del pirata en la proa de la embarcación encallada bajo el sol. El capitán, como si fuese un maestro de obra en pleno muelle justo antes de soltar la nave, corrige los acabados con un pincel. “Cada detalle cuenta. No es un castillo, es un barco”, le dice a su teniente albanés. Éste, continúa concentrado intentando que la estructura se mantenga en pie.

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El arte tiene la oportunidad de mostrar el mundo como algo en constante cambio. Hombres de diferentes fronteras expresan bajo un mismo elemento, la constante lucha por sobrevivir y estar en paz con ellos mismos. La esencia propia del ser humano.

“…libertad, igualdad y fraternidad. La relación entre ellas es incierta, o más bien, problemática. Hay contradicción entre ellas: ¿cuál es el puente que puede unirlas?”

(Octavio Paz, La Otra Voz. Poesía y Fin de Siglo)

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