Por Andrea Araya Moya
5 septiembre, 2019

Dodi Al-Fayed había pedido dos anillos de compromiso para que Diana eligiera uno esa fatídica noche. Pero nunca los llegó a ver.

Ya se cumplieron 22 años desde el fatídico accidente en el que la adorada «Princesa del pueblo», Diana de Gales, perdió la vida. De esa noche constantemente se habla del encuentro de Diana y su amor, Dodi Al-Fayed, y luego la fatal persecución que provocó el fin de Lady Di. Sin embargo, la madre de William y Harry hizo mucho más durante sus últimas horas de vida.

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Eran las nueve y media de la mañana cuando Dodi y Diana miraban juntos las transparentes aguas de la costa Esmeralda desde el Jonikal, el lujoso crucero de 22 millones que era propiedad de Al-Fayed.

Diana deslumbraba con un sencillo traje de baño celeste y una calma que pocas veces se había visto en ella. Ambos estaban dando término a sus increíbles vacaciones y Diana debía volver a Londres para ver a sus hijos, William y Harry, en el inicio de su periodo escolar.

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Según testigos, los dos se veían muy felices.

Ya era mediodía y la pareja se sube a un Mercedez Benz blanco y mirando para ver si no había paparazzi, pues los acosaban a diario. Llegan al avión privado de Al-Fayed y emprenden vuelo a París.

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Una vez en el lugar, Dodi explota de indignación por la gran cantidad de paparazzis en el aeropuerto. Discute con el personal y piden que expulsen a los fotógrafos.

En el avión también viajaban Trevor Rees-Jones, guardaespaldas de Diana, y Kes Wingfield, el de Dodi. En la pista los esperaba el chofer Henri Paul.

Luego un lujoso Mercedes Benz 600 negro los recibe. Diana y Dodi se sentaron en la parte de atrás, mientras que adelante están Trevor y Phillipe Dourneau como chofer. Detrás de ellos va un Range Rover negro, perteneciente a Al-Fayed cuando está en París, y que ahora era conducido por Henri Paul.

Tenían un solo objetivo: impedir que los paparazzi se acercaran.

Pero un sencillo error de Diana cambió el curso de la historia. Lady Di tenía derecho a ser escoltada por el Servicio de Protección de Altas Personalidades, Ministerio del Interior, pero luego de divorciarse del príncipe Carlos, Diana decidió rechazar ese privilegio porque creía que la espiaban.

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Cuando salieron del aeropuerto un motociclista de la policía los acompañó hasta la autopista, pero luego dos motociclistas más y un Peugeot 205 negro los comenzaron a seguir. El auto de Diana aceleró y trató de perderlos, pero el Peugeot se les adelantó y frenó, provocando que el auto de la princesa bajara la velocidad, pero este pudo despistarlos y huir.

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Finalmente pudieron llegar al hotel donde iban a pasar la noche.

Pero la tragedia se acercaba.

Ya en la tarde, Diana quiso ir a la peluquería para darse un gusto, y luego volvió al hotel para cenar con Dodi en la suite.

Horas después, la princesa quiso salir de compras para ver un regalo para su hijo Harry, quien pronto estaría de cumpleaños, pero se encontró con un muro de paparazzis que la esperaban fuera del hotel. Y ella, como no quería dejar sin regalo a su pequeño, envió a un empleado a las tiendas para comprar un presente.

Por otro lado, Dodi tuvo que salir en secreto para poder encontrarse con el joyero Alberto Repossi, pues le había encargado un anillo de compromiso para Diana. Pero luego compró otro más, pues quería que ella eligiera uno de ellos.

Pero eso nunca llegó a ocurrir.

Mientras, Diana hacía unas llamadas desde la suite y hablaba confundida con Richard Kay, su amigo periodista. La princesa estaba preocupada porque la prensa no trataba bien a Dodi, sobre todo porque era millonario y un «playboy musulmán», como ella dijo.

Horas después Dodi y Diana salen por una puerta trasera del hotel y entran en el Mercedes Benz 600 para ir al departamento de Dodi, alejado de los paparazzis y la ciudad.

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Pero los paparazzi nuevamente se involucraron en el camino. Y la princesa se asustó, sobre todo porque los fotógrafos les exigían a gritos que los dejaran fotografiarlos.

A pesar de todo, pudieron llegar al departamento de Dodi, donde los esperaba una noche de intimidad y pasión. Dodi pedía un champagne con hielo para el encuentro.

Horas más tarde la pareja fue a cenar al Chez Benoît, pero los paparazzis volvieron a llegar y Dodi explotó de ira y les gritó. Canceló la reserva en el restaurante y ambos se devolvieron al hotel, pero en el camino más paparazzis los acechaban. Dodi estaba furioso.

Apenas podían salir del auto, pero Diana salió protegida por Kes Wingfield y estaba muy asustada, pues las cámaras casi tocaban su cara y ella se sentía aplastada. Entró al hotel y colapsó.

Después de sentirse incómodos en el restaurante del hotel, la pareja decidió pedir que les llevaran la cena a la suite y comer ahí. Dodi preguntaba cuántos fotógrafos había afuera, pues querían salir. Y comenzó a idear un plan: dos autos, dos Mercedes Benz, uno como señuelo y el otro para Diana y Dodi, y así poder escapar.

Pero el padre de Dodi rechazó el plan y les pidió que no salieran. Diana estaba devastada, pues tenía que volver a Londres para estar con sus hijos, y Dodi insistía en salir del hotel lo antes posible para que su novia pudiera realizar sus planes.

Pero el plan de Dodi iba a fracasar, pues había muchos testigos y el despiste era demasiado evidente.

Diana y Dodi se subieron en los asientos traseros del Mercedez Benz S280, conducido por Henri Paul. Los paparazzis comenzaron a seguirlos.

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Luego se inició una carrera digna de película, más de 180 kilómetros por hora pasando las avenidas Cambon, Course de la Reine y Albert I, hasta que llegaron al túnel debajo de la Plaza del Alma. 23 minutos después de la medianoche Henri pierde el control, pasa al carril izquierdo y se estrella contra una columna.

El auto quedó destrozado y Henri y Dodi perdieron la vida en el acto. Pero Diana seguía viva y consciente.

Un médico pasó por el lugar y le dio los primeros auxilios a la princesa, brindándole oxígeno. Mucho más tarde una ambulancia llegó y la llevó al Hospital Pitié-Salpêtrière, pero Diana tenía el corazón desplazado y no presentaba un buen diagnóstico. Murió a las cuatro de la mañana.

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A las dos de la tarde de ese 31 de agosto, de 1997, sus hermanas y el príncipe Carlos trasladan el cuerpo de la «princesa del pueblo» a Londres.

Y sus hijos irradiaban la tristeza por haber perdido a la persona más importante de sus vidas: su madre.

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Y Diana al fin había encontrado la plena felicidad en su vida, junto a un hombre que realmente la amaba y quería lo mejor para ella. Una nueva vida.

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Y un compromiso que nunca llegó a concretarse.

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